El regreso
Nadie alcanza a abatir, la fuerza del destino.
Esquilo (525-458 a.C.)
EL REGRESO
17 de septiembre de 1871
—Parece mentira, ¿verdad? Adónde vamos a llegar. Y se lo digo yo, que lo he visto con estos
ojitos. Como le iba diciendo, es una cabina en la que caben hasta seis personas y que funciona,
según me explicó un ingeniero, con una máquina de vapor y una serie de… para que me entienda,
de chirimbolos y poleas que lleva sujetos al techo. Todos esos artilugios hacen que suba para arriba,
a una velocidad aproximada de unos diez metros por minuto. ¿Se imagina? Seis personas
elevándose al mismo tiempo, sin tener que patear escaleras… Una verdadera locura oiga. Quién nos
lo iba a decir. A este paso, cuando nos queramos dar cuenta, estaremos pisando la luna.
Nazario Huertas, semioculto entre las volutas de humo que arrojaba al aire su cigarrillo de
picadura, se dejaba seducir en un hipnótico silencio por la locuaz palabrería de aquel charlatán que
se había presentado de buenas a primeras como tratante de ganado y vividor. Nazario, con los ojos
entornados, instintivamente y por gajes del oficio, se dedicó a desmenuzarlo mentalmente.
El sujeto en cuestión, que se tocaba con un viejo sombrero de color marrón, rompía con todos
los estereotipos que tenía formados. Sus cejas caídas y sus ojos hundidos le delataban como una
persona apática y de escaso interés por cuestiones del intelecto, sin embargo, su pertinaz insistencia
por hacerle partícipe de su monóloga y en aparente interesante conversación, le daba un cierto aire
extrovertido. Vestía un descolorido y arrugado traje de pana y el raído cuello de su camisa
desabrochada mostraba unas puntas retorcidas y negruzcas. Del bolsillo de su americana sobresalía
un fragmento de pañuelo que se desparramaba sobre la misma y que usaba, sin sacarlo en su
totalidad, para limpiarse el sudor de su bronceado rostro. Tenía las orejas muy grandes, al igual que
la nariz. Al igual que su verborrea.
—¿Y a quién se le ocurrió la idea? —prosiguió con su perorata mientras movía sus huesudas
manos en complicados círculos, haciendo ostentación en su dedo anular de un aparatoso anillo de
dudoso valor—. Pues a un simple mecánico que trabajaba en una fábrica de camas, no se vaya
usted a creer. Por lo general la inventiva está directamente relacionada con el estómago vacío. O te
espabilas...
Nazario pensó en ese momento que qué tendría que ver una cosa con la otra, pero no se
atrevió a interrumpirle y se dedicó a juguetear con un tornillo suelto que extrajo de uno de los listones
de madera de su asiento.
—Esto es un gran invento. De verdad que hacía falta. Nueva York es una ciudad tremenda y
todas sus avenidas están plagadas de edificios monstruosos. Como no andes espabilado, lo mínimo
que te puede pasar es que te pierdas. Qué tiempos nos está tocando vivir amigo. La nación está
cambiando a pasos agigantados. Fíjese, nuestros abuelos luchando contra los franceses en la
Guerra de la Independencia, y ahora... ¡Si levantaran la cabeza!
—Ya. Puede que tenga razón —por primera vez Nazario rompió su silencio que coincidió con el
estridente silbato del tren anunciando su llegada a destino y con el cese de su monótono
traqueteo—, pero si verdaderamente nos paramos a pensar —le dijo levantándose y recogiendo del
portaequipajes un bulto liado con un enorme pañuelo de cuadros rematado en un tosco nudo—,
¿para qué diablos quiere Zaragoza una máquina de esas, si las viviendas de aquí no levantan un
palmo del suelo? —concluyó su disertación abandonando el vagón en dos zancadas, sin dar tiempo
a que pudiera rebatirle su, hasta entonces, solitario interlocutor.
Nazario salió al andén de la estación del Norte, adentrándose en el negro penacho que se
desperdigaba por la misma y que había venido adornando durante todo el trayecto a la potente
locomotora.
No había nadie esperándole.
Nadie salió a recibirle, a excepción del hedor proveniente del agua corrompida de los depósitos
de las máquinas, de los pescados apilados en cajas de madera bajo las marquesinas, de grasa de
motrices y bielas, de vapor, y de la pegajosa carbonilla que se adhería a todos los rincones, incluida
su garganta.
Sí. Quizás tuviera razón aquel charlatán. Eran otros tiempos. Y sin poder evitarlo evocó con
tristeza, más que con añoranza, el viaje de ida a Barcelona en compañía de su madre, cuando
ambos se vieron obligados a huir de la ciudad en una destartalada galera tirada por cuatro pares de
mulas. En aquel incómodo carromato, que partió de la posada de los Reyes en la ribera del Ebro, y
amontonados sobre una carga de alforjas, talegos y sacos que ascendían hasta los mismos
arranques de las arquillas del toldo, habían compartido sus miserias, su hambre y los baches del
camino, con seis desconocidas almas durante los siete interminables días que duró el trayecto. Siete
días de viaje escuchando a todas horas el estrépito de las campanillas y los trallazos de un cochero
de toscos modales y lenguaje soez. Ahora, sin embargo, aquel monstruo de hierro y larga chimenea
le había retornado a su lugar de origen en tan solo doce horas. Dieciocho años hacía de todo
aquello. Dieciocho años de destierro.
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