El último romántico
En tal mala hora.
…/…
Grisel
22 de noviembre de 1909
Lentamente alza su rostro. Alza su solapa. Sus manos rebuscan por los bolsillos lápiz y papel.
Brilla en sus ojos una chispa de lúcida locura. Lágrimas de cristal. Su turbia mirada busca en la
noche… ¿Respuestas? ¿Inspiración? ¿Quizás solamente la complicidad de la luna? Luna que le
sonríe burlona cuando las apáticas nubes se lo permiten. Se echa el aliento sobre los dedos, y sobre
los lentes, que limpia con la punta de la bufanda. Luego, con pulso tembloroso, desliza el lápiz por el
papel dando rienda a sus sentimientos.
Cuando termina, solloza convulsivamente. A continuación, y tras releer lo escrito, estruja los
versos contenidos y los arroja con desdén. Una ráfaga de cierzo juguetea con el envoltorio llevándolo
de aquí para allá hasta quedar atrapado en un zarzal. Y entonces, cual flor que abre sus pétalos a la
vida en primavera, el papiro muestra su preciado secreto: la escritura.
Una escritura de trazos indecisos.
Una rima de amargura.
¡Oh! Celosía traslúcida,
¿por qué tuviste que mostrarme
el desamor de mi amada?
¡Oh! Llama flameada,
¿por qué castigaste mi retina
con la imagen traicionada?
¡Oh! Mísera llama fugaz,
¿por qué no estabas sofocada
a tan alta hora de la madrugada?
¡Oh! Maldita llama tiritona
por suspiros robados mecida.
Turbia, confusa, vaga,
me has ajado el alma.
¡Oh! Llama, lamento de la nada,
lágrima derramada,
dime, ¿quién te apagará ahora?
¡Oh, espíritu atormentado!
Perdóname, por quererla tanto.
Abatido, se pone en pie. El metal golpea contra las piedras. Repara en ello y vuelve a introducir
las manos en los bolsillos. Reluce el arma en la noche.
—¿Para qué llevas esa pistola? —le había preguntado uno en la celda del monasterio.
—No sé… Por… seguridad —le respondió dubitativo.
—Haces bien, nunca se sabe lo que te puedes encontrar de noche— aseveró un tercero.
¡Y tenía razón!
«Nunca se sabe lo que te puedes encontrar en la noche», pensó, sospesando el arma,
sospesando la muerte.
Entonces le vino a la mente el recuerdo de Larra. Mismo mal de amores que Mariano José de
Larra. Veintisiete años tenía. Los mismos que ahora tiene él. Veintisiete años cuando se suicidó por
amor disparándose un tiro en la sien delante de un espejo. El año anterior había estado con algunos
de los representantes de la Generación del 98 —Azorín, Unamuno y Baroja— depositando ante su
tumba una corona de flores en un sencillo homenaje a su redescubrimiento.
Veintisiete años, y las mismas penurias económicas y de salud, y el mismo monasterio para
recuperarse, que Bécquer. Su maestro, como gustaba llamarlo, Gustavo Adolfo Bécquer. Su muerte,
acaecida el 22 de diciembre de 1870, con treinta y cuatro años, coincidió con un eclipse total de sol.
Un homenaje del cielo a uno de los grandes románticos.
La deflagración ilumina brevemente la noche.
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