El encargo
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Regresa con tu escudo, o sobre él. (Las madres espartanas a sus hijos)
Zaragoza, en el segundo tercio del siglo XX, despertaba todas las mañanas tratando de olvidar. El crudo invierno del cuarenta y dos, con su niebla fundiéndose en las aguas del río Ebro, la convertían en una ciudad barroca y grisácea, saturada de escombros, y aire viciado que costaba respirar. Arruinada económicamente tras el desastre de la guerra civil, intentaba sacudirse de odios y malquerencias dejando malvivir en el anonimato a vencedores y vencidos, cuyas siluetas, distorsionadas por la bruma en patéticos jirones, se aglomeraban en las largas filas que provocaban en sus calles las cartillas de racionamiento. En la empobrecida ciudad que en tiempos fundara el César Augusto, se daban graves casos de enfermedades por carencias nutritivas y por frío, y el denominador común para un amplio sector de su población, era el hambre y el desamparo social.
Parte I La búsqueda. El contacto. La proposición. Tumbado en el portal de una casa deshabitada en la plazuela de La Corona, envuelto entre sacos, papel de periódico y cartón, con una mugrienta gorra calada hasta los ojos y dos gruesos jerséis bajo una raída chaqueta de pana marrón, fue como lo encontró su viejo amigo el manco. —¡Demetrio! ¡Demetrio! ¡Soy yo, despierta! —le gritó zarandeándolo. Cuando Demetrio consiguió entreabrir sus ojos y reconocer la procedencia de tan estridente voz, se giró dándole la espalda. —Déjame en paz, José —le espetó. —Demetrio, levanta. ¿No sientes el frío? Te vas a morir si continúas aquí. —¿Y quién te ha dicho a ti que tenga ganas de lo contrario? —¡Venga hombre! Levanta de una vez. Tengo un negocio que proponerte donde hay muchos duros a ganar. Tu haz el trabajo, cobramos, y luego si quieres te mueres. Esta vez Demetrio ni le contestó, simplemente se limitó a retirar de su hombro la única mano hábil que le quedaba al tal José de un sonoro manotazo. —Que son muchos duros Demetrio —insistió el manco en su perorata sin darse por aludido—. Y eso supone muchas botellas de vino. Anímate, hombre. Mueve de ahí. —¿Cuánto son muchos duros para ti, pesao? —preguntó al final con evidente desgana. —¡Quinientos, Demetrio! ¡Qui-ni-en-tos! —remarcó la cantidad. Al oír la cuantía, Demetrio se lo quedó mirando con los ojos entornados. —Has dicho... ¿quinientos? —Sí, quinientos, has oído bien —repitió mientras abría y cerraba varias veces los dedos de su mano izquierda—. Eso significa muchas juergas amigo mío. Demetrio, tras unos instantes de vacilación, se incorporó como pudo y sentándose en un rincón de las escalinatas apoyó su espalda contra la desconchada pared. —¿Cómo me has encontrado? —le preguntó mientras se echaba el aliento sobre las manos. —Tampoco hay tantos sitios donde mirar. ¿Qué tal estás? —Creo que vivo, ¿no? Al grano José, que mi salud ya sé que te importa un pimiento —le apremió—. Desembucha rápido lo que tengas que decir. —Así me gusta, al pan, pan... ¿Conoces a don Pablo Valbuena? El industrial de paños que tiene una tienda aquí cerca, en la plaza de San Felipe, precisamente. —He oído hablar de él. —Pues bien, su mujer le pone los cuernos. —¿Y?
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Zaragoza, en el segundo tercio del siglo XX, despertaba todas las mañanas tratando de olvidar. El crudo invierno del cuarenta y dos, con su niebla fundiéndose en las aguas del río Ebro, la convertían en una ciudad barroca y grisácea, saturada de escombros, y aire viciado que costaba respirar. Arruinada económicamente tras el desastre de la guerra civil, intentaba sacudirse de odios y malquerencias dejando malvivir en el anonimato a vencedores y vencidos, cuyas siluetas, distorsionadas por la bruma en patéticos jirones, se aglomeraban en las largas filas que provocaban en sus calles las cartillas de racionamiento. En la empobrecida ciudad que en tiempos fundara el César Augusto, se daban graves casos de enfermedades por carencias nutritivas y por frío, y el denominador común para un amplio sector de su población, era el hambre y el desamparo social.
Regresa con tu escudo, o sobre él. (Las madres espartanas a sus hijos)
Parte I La búsqueda. El contacto. La proposición. Tumbado en el portal de una casa deshabitada en la plazuela de La Corona, envuelto entre sacos, papel de periódico y cartón, con una mugrienta gorra calada hasta los ojos y dos gruesos jerséis bajo una raída chaqueta de pana marrón, fue como lo encontró su viejo amigo el manco. —¡Demetrio! ¡Demetrio! ¡Soy yo, despierta! —le gritó zarandeándolo. Cuando Demetrio consiguió entreabrir sus ojos y reconocer la procedencia de tan estridente voz, se giró dándole la espalda. —Déjame en paz, José —le espetó. —Demetrio, levanta. ¿No sientes el frío? Te vas a morir si continúas aquí. —¿Y quién te ha dicho a ti que tenga ganas de lo contrario? —¡Venga hombre! Levanta de una vez. Tengo un negocio que proponerte donde hay muchos duros a ganar. Tu haz el trabajo, cobramos, y luego si quieres te mueres. Esta vez Demetrio ni le contestó, simplemente se limitó a retirar de su hombro la única mano hábil que le quedaba al tal José de un sonoro manotazo. —Que son muchos duros Demetrio —insistió el manco en su perorata sin darse por aludido—. Y eso supone muchas botellas de vino. Anímate, hombre. Mueve de ahí. —¿Cuánto son muchos duros para ti, pesao? —preguntó al final con evidente desgana. —¡Quinientos, Demetrio! ¡Qui-ni-en-tos! —remarcó la cantidad. Al oír la cuantía, Demetrio se lo quedó mirando con los ojos entornados. —Has dicho... ¿quinientos? —Sí, quinientos, has oído bien —repitió mientras abría y cerraba varias veces los dedos de su mano izquierda—. Eso significa muchas juergas amigo mío. Demetrio, tras unos instantes de vacilación, se incorporó como pudo y sentándose en un rincón de las escalinatas apoyó su espalda contra la desconchada pared. —¿Cómo me has encontrado? —le preguntó mientras se echaba el aliento sobre las manos. —Tampoco hay tantos sitios donde mirar. ¿Qué tal estás? —Creo que vivo, ¿no? Al grano José, que mi salud ya sé que te importa un pimiento —le apremió—. Desembucha rápido lo que tengas que decir. —Así me gusta, al pan, pan... ¿Conoces a don Pablo Valbuena? El industrial de paños que tiene una tienda aquí cerca, en la plaza de San Felipe, precisamente. —He oído hablar de él. —Pues bien, su mujer le pone los cuernos. —¿Y?
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