El encargo
gritando, encarándose con el techo y los brazos en alto—. ¡Te maldigo mil veces por tu eterna
persecución!
Luego, desesperado por no poder liberarse de su despiadado destino, se despidió de Palmira
en silencio y apuntándose a la sien apretó el gatillo. La sangre salpicó el espejo formando trágicos
dibujos. Palmira lanzó un agudo chillido al saltar del lecho.
—¡Nooooooo! ¡Esa bala era para mí!
Y agachándose junto a su cuerpo, lo recogió entre sus brazos acunándolo.
—Maldito seas Demetrio, esa bala era para mí. Me has robado mi bala y mi felicidad. Y encima
te vas sin haber cumplido el encargo de tu amigo. ¿Pero qué clase de hombre eres tú, que no
cumples los encargos que te dan los amigos? —le reprochó.
Luego, depositándolo sobre el charco de sangre que se había formado en el suelo, le arrebató
el revólver y se lo introdujo en la boca apretando el gatillo, pero lo único que salió del corto y negro
cañón fue el sonido del tambor al girar en vacío.
—Esa bala era para mí —repitió golpeándole en el pecho—. Era mía.
Palmira entonces se colocó en posición fetal y acurrucándose a su lado le continuó hablando
con la voz entrecortada por los sollozos:
—Si ves... a mi niña... dile que la quiero mucho. Se lo dirás, ¿verdad? Que no se te olvide, por
favor. Demetrio, dile que... no pasa un día, sin que me acuerde de ella.
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