El encargo
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
La pregunta, emitida por una sugerente voz femenina, le tornó a la cruda realidad. Ante él y con un pitillo en la boca, se encontraba una rubia de melena corta y rasgados ojos negros. La expresión de su rostro desprendía un cierto aire de misterio y melancolía a la vez. La rubia vestía sobria pero elegante, un traje oscuro entallado de chaqueta corta y falda larga que le cubría las rodillas y calzaba zapatos cerrados de hebilla con un fino tacón. Sobre el brazo izquierdo le descansaba una gabardina de corte clásico y color hueso. —Si, por... supuesto —se sorprendió al verla allí, de pie, frente a él. Demetrio sacó un chisquero del bolsillo de su americana y con un golpe certero de su mano le prendió chispa. La rubia, tras encender el cigarrillo, lanzó una gran bocanada de humo que se perdió en el aire. —Este humo que se aleja —dijo sin mirarle—, está tan vacío como mi vida. Y sin saber ni el cómo ni el porque, observando como se deshacían aquellas volutas en el espacio, le respondió: —Vacío, dice... Si yo supiera que ella sabe de mi angustia y de mi dolor, si no me cupiera la menor duda de que me espera en el más allá, abandonaría inmediatamente esta corteza de mortal e iría directo a su encuentro. —Atormentado también, ¿eh? —se le quedó mirando la rubia mientras arqueaba una ceja—. Esa impresión me ha dado cuando me dirigía hacia aquí. —¡Qué sabrá usted! —le contestó de forma airada, como avergonzado por haberse sincerado con una desconocida en una espontánea confesión. —¿Acaso tiene la patente de las desgracias, amigo? —le replicó ella al tiempo que tomaba asiento en una de las dos sillas desocupadas que se encontraban frente a la mesa—. Puedo, ¿verdad? —Bienvenida sea... o mal-venida, a no sé dónde —le dijo sarcásticamente girando en el aire su mano derecha. —Terribles fechas estas, ¿verdad? —¿Y cuándo no lo son? —Efectivamente, y cuándo no lo son. Los fantasmas de los recuerdos te agarran con sus zarpas y ya no te sueltan. Las pesadillas te devoran por las noches y hacen que te despiertes agitada y empapada en sudor. Entonces te levantas y te diriges hacia su habitación caminando descalza por el largo y frío pasillo. Tomas la manilla de la puerta con mano temblorosa. La giras lentamente, la abres... y te encuentras para tu desesperación con su cama vacía. Y entonces caes abatida al suelo, envuelta en llanto, sabiendo que nunca más volverás a escuchar su tierna voz y que jamás sentirás en tu cuerpo el contacto de su cálida piel abrazándote. Aquella triste y desgarrada confidencia, provocó la atención de Demetrio. —Me llamo Demetrio —le dijo extendiendo su mano derecha abierta. —Yo soy... Pilar —se presentó ella estrechándosela. —¿Algún pariente cercano? —se interesó. —Lisa, mi hija. Tenía cuatro años cuando se la llevaron unas terribles fiebres. Si resulta tremendamente duro enterrar a nuestros mayores, aún lo es mucho más enterrar a nuestros propios hijos. Demetrio se echó hacia atrás en la silla y le soltó a bocajarro: —Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y que rehúsa el consuelo, porque ya no viven» Pilar achicó los ojos al aspirar una nueva calada de su cigarrillo. —¿De las sagradas escrituras? —sondeó curiosa. —Si es que alguna vez han tenido algo de sagrado. —Yo quiero pensar que sí, y que ella se ha trasladado a un mundo mejor. —Está en su perfecto derecho de creerlo así. —Acaso usted, ¿no? —Yo, como el apóstol santo Tomás, solo creo en lo que veo. Y todo lo que veo actualmente a mi alrededor, me resulta tan sumamente repulsivo y descorazonador, que me produce nauseas.
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La pregunta, emitida por una sugerente voz femenina, le tornó a la cruda realidad. Ante él y con un pitillo en la boca, se encontraba una rubia de melena corta y rasgados ojos negros. La expresión de su rostro desprendía un cierto aire de misterio y melancolía a la vez. La rubia vestía sobria pero elegante, un traje oscuro entallado de chaqueta corta y falda larga que le cubría las rodillas y calzaba zapatos cerrados de hebilla con un fino tacón. Sobre el brazo izquierdo le descansaba una gabardina de corte clásico y color hueso. —Si, por... supuesto —se sorprendió al verla allí, de pie, frente a él. Demetrio sacó un chisquero del bolsillo de su americana y con un golpe certero de su mano le prendió chispa. La rubia, tras encender el cigarrillo, lanzó una gran bocanada de humo que se perdió en el aire. —Este humo que se aleja —dijo sin mirarle—, está tan vacío como mi vida. Y sin saber ni el cómo ni el porque, observando como se deshacían aquellas volutas en el espacio, le respondió: —Vacío, dice... Si yo supiera que ella sabe de mi angustia y de mi dolor, si no me cupiera la menor duda de que me espera en el más allá, abandonaría inmediatamente esta corteza de mortal e iría directo a su encuentro. —Atormentado también, ¿eh? —se le quedó mirando la rubia mientras arqueaba una ceja—. Esa impresión me ha dado cuando me dirigía hacia aquí. —¡Qué sabrá usted! —le contestó de forma airada, como avergonzado por haberse sincerado con una desconocida en una espontánea confesión. —¿Acaso tiene la patente de las desgracias, amigo? —le replicó ella al tiempo que tomaba asiento en una de las dos sillas desocupadas que se encontraban frente a la mesa—. Puedo, ¿verdad? —Bienvenida sea... o mal-venida, a no sé dónde —le dijo sarcásticamente girando en el aire su mano derecha. —Terribles fechas estas, ¿verdad? —¿Y cuándo no lo son? —Efectivamente, y cuándo no lo son. Los fantasmas de los recuerdos te agarran con sus zarpas y ya no te sueltan. Las pesadillas te devoran por las noches y hacen que te despiertes agitada y empapada en sudor. Entonces te levantas y te diriges hacia su habitación caminando descalza por el largo y frío pasillo. Tomas la manilla de la puerta con mano temblorosa. La giras lentamente, la abres... y te encuentras para tu desesperación con su cama vacía. Y entonces caes abatida al suelo, envuelta en llanto, sabiendo que nunca más volverás a escuchar su tierna voz y que jamás sentirás en tu cuerpo el contacto de su cálida piel abrazándote. Aquella triste y desgarrada confidencia, provocó la atención de Demetrio. —Me llamo Demetrio —le dijo extendiendo su mano derecha abierta. —Yo soy... Pilar —se presentó ella estrechándosela. —¿Algún pariente cercano? —se interesó. —Lisa, mi hija. Tenía cuatro años cuando se la llevaron unas terribles fiebres. Si resulta tremendamente duro enterrar a nuestros mayores, aún lo es mucho más enterrar a nuestros propios hijos. Demetrio se echó hacia atrás en la silla y le soltó a bocajarro: —Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y que rehúsa el consuelo, porque ya no viven» Pilar achicó los ojos al aspirar una nueva calada de su cigarrillo. —¿De las sagradas escrituras? —sondeó curiosa. —Si es que alguna vez han tenido algo de sagrado. —Yo quiero pensar que sí, y que ella se ha trasladado a un mundo mejor. —Está en su perfecto derecho de creerlo así. —Acaso usted, ¿no? —Yo, como el apóstol santo Tomás, solo creo en lo que veo. Y todo lo que veo actualmente a mi alrededor, me resulta tan sumamente repulsivo y descorazonador, que me produce nauseas
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