El regreso
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
—¿De Barcelona con ese acento? ¡Anda ya! —Perdona, tú me has preguntado de dónde vengo, no de dónde soy. —Eso también es verdad. ¿Y? —De Zaragoza. No podemos evitarlo, ¿verdad? Se nos nota a la legua. Nací en el camino de los Molinos. —Vaya, que casualidad. Bien cerca. Donde vive mi abuelo. Pues yo vivo aquí mismo —dijo parándose a la entrada de la calleja de Pedro Villacampa. —¡Mira! —exclamó al darse cuenta del rótulo— Por fin encuentro un cambio en el Arrabal que dejé. Esta calle antiguamente se llamaba de los Tejares. ¿Vives sola? —No, con mi madre. Pero ahora está cuidando de mi abuelo. El pobre está un poco chota. Según dicen las malas lenguas el caserón está embrujado. Por eso lo de mi madre debe de ser cosa hereditaria —le dijo moviendo la cabeza de izquierda a derecha—. Hay días que le dan unos aires... —¿Y tu padre? —Ni lo conocí. Nadie me quiere hablar de él. —Entiendo. ¿Puedo volver a verte mañana? —Si me llevas el cesto… …/... Aquella misma noche, nada más sentarse a cenar, se le acercó la exuberante criada con un pequeño paquete envuelto con papel de periódico. Nazario le dio las gracias y sin probar bocado se fue directamente a su habitación. Sobre el colchón volcó su contenido: una pistola de corto cañón y un trozo de papel. Comprobó el arma. Estaba cargada, engrasada y lista para ser usada. Desdobló el papel. Mostraba un burdo dibujo del casco de Zaragoza. El trazo de una flecha marcaba un camino a seguir. Comenzaba en la Estación, y tras marcar la calle don Jaime, plaza de la Constitución, Coso, Mercado y Manifestación, terminaba en la plaza del Pilar. Detrás del plano, una fecha: 26 de septiembre. Ése era el día señalado. Día que aprovecharía también para intentar despojarse de todas sus pesadillas. Como suponía que se armaría un gran revuelo, primero se encargaría de Asensio. Un, José Asensio, a quién culpaba del suicidio de su padre. Sabía que no le temblaría el pulso al apretar el gatillo. Tres muescas sobre su conciencia, lo garantizaba. …/... Como todavía faltaban seis días, decidió familiarizarse con el recorrido e invitó a Raquel a que le acompañara. En la calle don Jaime, a la altura de la plaza Ariño, sus paisanos habían montado un suntuoso arco con banderas y farolillos de vistosos colores. En su parte más alta figuraba el escudo de Aragón. Monumento similar se repetía en el Coso, aunque éste mucho más suntuoso. Cuando llegaron a la altura de la Subidica del Temple, se sorprendió de la rectilínea calle que encontró tras la faraónica obra llevada a cabo. Varias callejas y unas cuantas replazuelas, habían pasado a mejor vida víctimas de la piqueta. Al fondo de la misma se asomaba tímidamente parte de la inconfundible traza del Pilar. —Parece que andáis bien de trabajo —aseveró sin perder detalle. —No te lo creas, la nueva calle Alfonso, como la han bautizado, es un espejismo. A los obreros los despiden sin más por falta de trabajo. Muchos talleres han tenido que cerrar sus puertas. En otros se trabaja tan solo a media jornada. La mendicidad ha aumentado alarmantemente. Y para terminar de enredarla, todavía arrastramos las secuelas de la riada de primeros de año. Las cosas están muy mal, Nazario. Muy mal. Ya lo decías tú el otro día. —Pues habrá que intentar cambiarlas —masculló por lo bajo. …/... Cuarenta y ocho horas antes de su misión, cientos de sensaciones insondables cruzaron por su mente cuando la fresca y suave hierba les sirvió de lujurioso lecho, la frondosidad de los árboles ocultó su pasión y toda la arboleda en si les hizo un guiño de complicidad. —¿Sabes? —dijo abrazado a Raquel—. Este lugar me trae inolvidables recuerdos. En este entorno me crié. Bajo estos mismos árboles jugué al escondite. Mira, junto aquella arcada del Puente, nadando un día con mi padre...
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El regreso
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—¿De Barcelona con ese acento? ¡Anda ya! —Perdona, tú me has preguntado de dónde vengo, no de dónde soy. —Eso también es verdad. ¿Y? —De Zaragoza. No podemos evitarlo, ¿verdad? Se nos nota a la legua. Nací en el camino de los Molinos. —Vaya, que casualidad. Bien cerca. Donde vive mi abuelo. Pues yo vivo aquí mismo —dijo parándose a la entrada de la calleja de Pedro Villacampa. —¡Mira! —exclamó al darse cuenta del rótulo— Por fin encuentro un cambio en el Arrabal que dejé. Esta calle antiguamente se llamaba de los Tejares. ¿Vives sola? —No, con mi madre. Pero ahora está cuidando de mi abuelo. El pobre está un poco chota. Según dicen las malas lenguas el caserón está embrujado. Por eso lo de mi madre debe de ser cosa hereditaria —le dijo moviendo la cabeza de izquierda a derecha—. Hay días que le dan unos aires... —¿Y tu padre? —Ni lo conocí. Nadie me quiere hablar de él. —Entiendo. ¿Puedo volver a verte mañana? —Si me llevas el cesto… …/... Aquella misma noche, nada más sentarse a cenar, se le acercó la exuberante criada con un pequeño paquete envuelto con papel de periódico. Nazario le dio las gracias y sin probar bocado se fue directamente a su habitación. Sobre el colchón volcó su contenido: una pistola de corto cañón y un trozo de papel. Comprobó el arma. Estaba cargada, engrasada y lista para ser usada. Desdobló el papel. Mostraba un burdo dibujo del casco de Zaragoza. El trazo de una flecha marcaba un camino a seguir. Comenzaba en la Estación, y tras marcar la calle don Jaime, plaza de la Constitución, Coso, Mercado y Manifestación, terminaba en la plaza del Pilar. Detrás del plano, una fecha: 26 de septiembre. Ése era el día señalado. Día que aprovecharía también para intentar despojarse de todas sus pesadillas. Como suponía que se armaría un gran revuelo, primero se encargaría de Asensio. Un, José Asensio, a quién culpaba del suicidio de su padre. Sabía que no le temblaría el pulso al apretar el gatillo. Tres muescas sobre su conciencia, lo garantizaba. …/... Como todavía faltaban seis días, decidió familiarizarse con el recorrido e invitó a Raquel a que le acompañara. En la calle don Jaime, a la altura de la plaza Ariño, sus paisanos habían montado un suntuoso arco con banderas y farolillos de vistosos colores. En su parte más alta figuraba el escudo de Aragón. Monumento similar se repetía en el Coso, aunque éste mucho más suntuoso. Cuando llegaron a la altura de la Subidica del Temple, se sorprendió de la rectilínea calle que encontró tras la faraónica obra llevada a cabo. Varias callejas y unas cuantas replazuelas, habían pasado a mejor vida víctimas de la piqueta. Al fondo de la misma se asomaba tímidamente parte de la inconfundible traza del Pilar. —Parece que andáis bien de trabajo —aseveró sin perder detalle. —No te lo creas, la nueva calle Alfonso, como la han bautizado, es un espejismo. A los obreros los despiden sin más por falta de trabajo. Muchos talleres han tenido que cerrar sus puertas. En otros se trabaja tan solo a media jornada. La mendicidad ha aumentado alarmantemente. Y para terminar de enredarla, todavía arrastramos las secuelas de la riada de primeros de año. Las cosas están muy mal, Nazario. Muy mal. Ya lo decías tú el otro día. —Pues habrá que intentar cambiarlas —masculló por lo bajo. …/... Cuarenta y ocho horas antes de su misión, cientos de sensaciones insondables cruzaron por su mente cuando la fresca y suave hierba les sirvió de lujurioso lecho, la frondosidad de los árboles ocultó su pasión y toda la arboleda en si les hizo un guiño de complicidad. —¿Sabes? —dijo abrazado a Raquel—. Este lugar me trae inolvidables recuerdos. En este entorno me crié. Bajo estos mismos árboles jugué al escondite. Mira, junto aquella arcada del Puente, nadando un día con mi padre...
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