El regreso
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
grito que no sabía lo que se perdía. Aquella noche, sus delirantes sueños por primera vez en mucho tiempo quedaron relegados a un segundo término. Nazario se durmió con los ojos negros de la chiquilla en su mente. …/... El segundo día fue un calco del primero. Se limitó a observar y preguntar, con resultado negativo. Sin embargo, en el tercero, algo cambió. —Aparte de mirar, ¿sabes hacer alguna otra cosa? —la chiquilla de los ojos oscuros se dirigía a él, que se encontraba recostado en un árbol, con una colilla pegada al labio inferior. —No sé —le respondió recomponiendo su postura tras la inesperada pregunta—... Ponme a prueba —le sugirió apurando la última calada y colocándose bien la camisa por dentro del pantalón. —¿Sabes... llevar a cuestas cestos de ropa recién lavada? —Hace tiempo que no lo hago, pero no creo que se me haya olvidado. Puedo intentarlo si quieres. —¿A qué esperas pues? —le apremió dando palmas. Nazario se acercó, cogió la cesta en un voleo, y echándosela al hombro procedió a seguirla. —¿Cómo te llamas? —le preguntó tras haber recorrido unos cuantos metros. —Raquel —le respondió sin mirarle. —¿Raquel? —se extrañó—. Raquel no es nombre cristiano. —¿Y qué? —se revolvió con los brazos en jarra—. Yo tampoco lo soy, ¿pasa algo? —Por supuesto que no. Tranquila mujer, ha sido un simple comentario por mi parte, sin ánimo de ofender. Además, no sé ni porque he dicho eso, cuando en realidad formas parte de mi parroquia, o yo de la tuya. —¿Qué quieres decir? —le preguntó poniéndose de nuevo en marcha. —Pues que soy anticlerical, antipapista y creo que... antimundista. Estoy en contra de cualquier sistema social que intente manipular e imponer sus ideas. Y por supuesto del poder del Estado. No creo absolutamente en nada que no sea la acción directa y la fuerza de las armas. La vida me ha... —No te esfuerces—le interrumpió—, conozco muy bien toda esa cantinela. Me parece estar escuchando a mi madre. Sin embargo, a pesar de todo, abrigo serias dudas. Muchas veces me contagia su estado. Yo... es la única forma que tengo de salir de aquí. Sería tan triste mi existencia si tan solo conociera esto… —El otro día me pareciste muy feliz —le hizo saber tras notar su cambio de ánimo. —Que no te equivoquen unas risas. Sabía que me estabas observando. «Desde luego, más sincera no puede ser» —pensó para sus adentros. —Pues no te rindas a la evidencia y lucha Raquel. En este mundo nadie regala nada. Es lo que hay. No esperes ninguna ayuda, y mucho menos de detrás de aquellas nubes, que están vacías. Sabes, yo soy partidario de la teoría de un tal Darwin. —¿Quién es ése? —Un inglés que ha publicado una obra sobre el origen de las especies. En ella niega implícitamente la creación divina, y, según su versión, descendemos del mono. —¿Del mono? ¿Yo descender del mono? ¿Con este salero que tengo? —zarandeó sus caderas recuperando su atractiva sonrisa—. No conocía esa teoría, pero prefiero antes volver a la iglesia. Madre mía, descender de un mono —se santiguó—. Tú estás loco. En mi caso será de una mona. ¿O qué? —Probablemente —le dijo Nazario soltando una carcajada. —¿Y tú cómo te llamas? Señor mirónllevadordecestos. —Nazario —le respondió sonriendo entre dientes. —¿Y de dónde vienes, Nazario? —De Barcelona.
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El regreso
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Aquella noche, sus delirantes sueños por primera vez en mucho tiempo quedaron relegados a un segundo término. Nazario se durmió con los ojos negros de la chiquilla en su mente. …/... El segundo día fue un calco del primero. Se limitó a observar y preguntar, con resultado negativo. Sin embargo, en el tercero, algo cambió. —Aparte de mirar, ¿sabes hacer alguna otra cosa? —la chiquilla de los ojos oscuros se dirigía a él, que se encontraba recostado en un árbol, con una colilla pegada al labio inferior. —No sé —le respondió recomponiendo su postura tras la inesperada pregunta—... Ponme a prueba —le sugirió apurando la última calada y colocándose bien la camisa por dentro del pantalón. —¿Sabes... llevar a cuestas cestos de ropa recién lavada? —Hace tiempo que no lo hago, pero no creo que se me haya olvidado. Puedo intentarlo si quieres. —¿A qué esperas pues? —le apremió dando palmas. Nazario se acercó, cogió la cesta en un voleo, y echándosela al hombro procedió a seguirla. —¿Cómo te llamas? —le preguntó tras haber recorrido unos cuantos metros. —Raquel —le respondió sin mirarle. —¿Raquel? —se extrañó—. Raquel no es nombre cristiano. —¿Y qué? —se revolvió con los brazos en jarra—. Yo tampoco lo soy, ¿pasa algo? —Por supuesto que no. Tranquila mujer, ha sido un simple comentario por mi parte, sin ánimo de ofender. Además, no sé ni porque he dicho eso, cuando en realidad formas parte de mi parroquia, o yo de la tuya. —¿Qué quieres decir? —le preguntó poniéndose de nuevo en marcha. —Pues que soy anticlerical, antipapista y creo que... antimundista. Estoy en contra de cualquier sistema social que intente manipular e imponer sus ideas. Y por supuesto del poder del Estado. No creo absolutamente en nada que no sea la acción directa y la fuerza de las armas. La vida me ha... —No te esfuerces—le interrumpió—, conozco muy bien toda esa cantinela. Me parece estar escuchando a mi madre. Sin embargo, a pesar de todo, abrigo serias dudas. Muchas veces me contagia su estado. Yo... es la única forma que tengo de salir de aquí. Sería tan triste mi existencia si tan solo conociera esto… —El otro día me pareciste muy feliz —le hizo saber tras notar su cambio de ánimo. —Que no te equivoquen unas risas. Sabía que me estabas observando. «Desde luego, más sincera no puede ser» —pensó para sus adentros. —Pues no te rindas a la evidencia y lucha Raquel. En este mundo nadie regala nada. Es lo que hay. No esperes ninguna ayuda, y mucho menos de detrás de aquellas nubes, que están vacías. Sabes, yo soy partidario de la teoría de un tal Darwin. —¿Quién es ése? —Un inglés que ha publicado una obra sobre el origen de las especies. En ella niega implícitamente la creación divina, y, según su versión, descendemos del mono. —¿Del mono? ¿Yo descender del mono? ¿Con este salero que tengo? —zarandeó sus caderas recuperando su atractiva sonrisa—. No conocía esa teoría, pero prefiero antes volver a la iglesia. Madre mía, descender de un mono —se santiguó—. Tú estás loco. En mi caso será de una mona. ¿O qué? —Probablemente —le dijo Nazario soltando una carcajada. —¿Y tú cómo te llamas? Señor mirónllevadordecestos. —Nazario —le respondió sonriendo entre dientes. —¿Y de dónde vienes, Nazario? —De Barcelona.
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