El regreso
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
palabras de bienvenida por parte del alcalde don Manuel Marías, y de cumplimentar al monarca las distintas comisiones representativas, incluidas las de Huesca y Teruel, se organizó la comitiva para asistir al «Te Deum» en el Templo del Pilar. Su Majestad declinó la oferta de utilizar la carretela del banquero don Cipriano Muñoz y prefirió hacer el recorrido a lomos de un caballo blanco. Tan simple y humilde gesto, fue agradecido por el respetable con atronadores aplausos. En tal acto festivo, no podía faltar la comparsa de Gigantones y Enanos, que no cesaban de danzar. Nazario se introdujo entre el gentío y a la altura del Puente, al estrecharse el paso a causa de los pretiles, tuvo a su “presa” a metro y medio escaso de distancia. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón asiendo fuertemente la culata. En ese momento, Amadeo I, que lucía sus mejores galas, giró el rostro y se le quedó mirando. Era una mirada límpida de inocencia. Y Nazario así lo entendió, cuando la misma le atravesó el alma. El monarca, tras lanzarle una sonrisa, le saludó con su enguantada mano. Instintivamente correspondió al saludo. Luego retrocedió lentamente y con la cabeza gacha enfiló hacia las pantanosas tierras de las Balsas del Ebro Viejo. El implacable destino, no podía ser cambiado. …/... Cuando Raquel, sentada en el porche de su casa de la calle Villacampa, con la maleta preparada tal como había convenido con Nazario, escuchó el cercano disparo, se sobrecogió toda. «Habrá sido algún cazador» —pensó. Y siguió esperando.
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El regreso
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de unas palabras de bienvenida por parte del alcalde don Manuel Marías, y de cumplimentar al monarca las distintas comisiones representativas, incluidas las de Huesca y Teruel, se organizó la comitiva para asistir al «Te Deum» en el Templo del Pilar. Su Majestad declinó la oferta de utilizar la carretela del banquero don Cipriano Muñoz y prefirió hacer el recorrido a lomos de un caballo blanco. Tan simple y humilde gesto, fue agradecido por el respetable con atronadores aplausos. En tal acto festivo, no podía faltar la comparsa de Gigantones y Enanos, que no cesaban de danzar. Nazario se introdujo entre el gentío y a la altura del Puente, al estrecharse el paso a causa de los pretiles, tuvo a su “presa” a metro y medio escaso de distancia. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón asiendo fuertemente la culata. En ese momento, Amadeo I, que lucía sus mejores galas, giró el rostro y se le quedó mirando. Era una mirada límpida de inocencia. Y Nazario así lo entendió, cuando la misma le atravesó el alma. El monarca, tras lanzarle una sonrisa, le saludó con su enguantada mano. Instintivamente correspondió al saludo. Luego retrocedió lentamente y con la cabeza gacha enfiló hacia las pantanosas tierras de las Balsas del Ebro Viejo. El implacable destino, no podía ser cambiado. …/... Cuando Raquel, sentada en el porche de su casa de la calle Villacampa, con la maleta preparada tal como había convenido con Nazario, escuchó el cercano disparo, se sobrecogió toda. «Habrá sido algún cazador» —pensó. Y siguió esperando.
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