El regreso
palabras de bienvenida por parte del alcalde don Manuel Marías, y de cumplimentar al monarca las
distintas comisiones representativas, incluidas las de Huesca y Teruel, se organizó la comitiva para
asistir al «Te Deum» en el Templo del Pilar. Su Majestad declinó la oferta de utilizar la carretela del
banquero don Cipriano Muñoz y prefirió hacer el recorrido a lomos de un caballo blanco. Tan simple y
humilde gesto, fue agradecido por el respetable con atronadores aplausos. En tal acto festivo, no
podía faltar la comparsa de Gigantones y Enanos, que no cesaban de danzar. Nazario se introdujo
entre el gentío y a la altura del Puente, al estrecharse el paso a causa de los pretiles, tuvo a su
“presa” a metro y medio escaso de distancia. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón asiendo
fuertemente la culata. En ese momento, Amadeo I, que lucía sus mejores galas, giró el rostro y se le
quedó mirando. Era una mirada límpida de inocencia. Y Nazario así lo entendió, cuando la misma le
atravesó el alma. El monarca, tras lanzarle una sonrisa, le saludó con su enguantada mano.
Instintivamente correspondió al saludo. Luego retrocedió lentamente y con la cabeza gacha enfiló
hacia las pantanosas tierras de las Balsas del Ebro Viejo.
El implacable destino, no podía ser cambiado.
…/...
Cuando Raquel, sentada en el porche de su casa de la calle Villacampa, con la maleta
preparada tal como había convenido con Nazario, escuchó el cercano disparo, se sobrecogió toda.
«Habrá sido algún cazador» —pensó.
Y siguió esperando.
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