El regreso
Y ella acalló el murmullo de sus palabras con caricias y besos. Y entre lágrimas y frases
entrecortadas, le suplicó que la llevase con él, que hiciese el favor de sacarla de aquellas
pantanosas y malolientes tierras, que no quería terminar esquizofrénica como su madre. Y él, con un
nudo en la garganta, se lo prometió.
26 de septiembre de 1871
Nazario Huertas no tuvo ningún problema para acceder a su antigua vivienda. José Asensio se
encontraba en el primer piso, recostado sobre un enmohecido y floreado sillón de orejeras, con la
boca semiabierta, ronroneando en un beneplácito sueño. Una pertinaz mosca le hostigaba
tenazmente revoloteando alrededor de su escaso cabello. El anciano levantó instintivamente su
mano derecha intentando sacudírsela de encima. Al escuchar el clic del percutor, giró lentamente la
cabeza.
—Sí... ¿Eres tú, Isabel? —preguntó con trasnochada voz al abrir los ojos y descubrir la
amenazante figura.
—Abuelo, no vales ni los seis reales que va a costar tu mortaja —le manifestó mordazmente.
—Padre, ¿otra vez está hablando solo?
La entrada en escena de una mujer llevando una jarra de agua y un vaso, trastocó todos sus
planes. Nazario cambió rápidamente la trayectoria del arma. La intrusa, al verlo, levantó ambas
manos soltando la jarra y el vaso, que cayeron al suelo causando un gran estrépito al hacerse
añicos. El agua, al sentirse libre, buscó escondrijo entre el agrietado suelo y por debajo de los
escasos muebles. Se produjo entonces un expectante silencio que rompió la mujer al echarse a
correr y arrodillarse junto al anciano.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? —le increpó seguidamente.
—Yo soy... nadie —le costó responder—. Por culpa de ese vejestorio no tengo pasado, ni
presente, ni futuro. Eso es lo que soy, nadie.
—¿Nazario? ¿Tú no serás... Nazario? —le preguntó titubeando.
—¿Isabel? —repitió el nombre que la había llamado el anciano.
—¡Sí! Eres Nazario. ¡Nazario Huertas! —exclamó alzando el tono de voz y señalándolo con el
brazo extendido—. Pero aún no habéis tenido suficiente. Será posible vuestra catadura moral. Yo,
Isabel Asensio, maldigo vuestro apellido. Maldito sea mil veces en los infiernos. Tu padre destrozó
nuestras vidas y ahora te presentas tú, al cabo de los años, amenazándonos con un arma. ¿Para
qué, si puede saberse? ¿Para repetir su faena? ¿Quieres que me tumbe ya, y me remangue las
sayas?
—Eres indigna de nombrar la memoria de mi padre. Por vuestra culpa se pegó un tiro en esos
pantanos.
—Cien se tenía que haber pegado. ¡Cien! Un momento —se quedó un instante pensativa—... tú
no sabes la verdad. Tu madre no te ha contado nada, ¿eh? Su soberbia se lo ha impedido. La
mosquita muerta te ha mantenido al margen. Ella sigue pensando que la culpable fui yo. Que fui yo
quién buscó a su marido y lo incitó.
—¿De qué demonios estás hablando?
—¡Tu padre me violó con trece años! —le gritó llena de rabia—. Mi hija Raquel es el fruto de
esa violación. Por eso se mató. Prefirió morir antes que ir a la cárcel. Por eso huisteis de Zaragoza,
porque tu madre no podía soportar la vergüenza, ni la humillación. Maldito seas... Nazario —le volvió
a recriminar, esta vez entre sollozos—. Me robasteis... la inocencia. Malditos seáis todos, que entre
todos me matasteis en vida.
Y entonces recordó el día que conoció a Raquel y su esfuerzo en buscarle parecido con
alguien. Aquellos ojos eran los ojos de Isabel, su madre, la chiquilla con la que había crecido.
Nubes negras cruzaron por sus párpados cerrados cuando bajó el revólver. La verdad era más
dolorosa que una bala. Un simple chasquear de dedos había sido suficiente para acabar con toda
una etapa de mentiras, rencores y noches de insomnio. Dieciocho años de esquemas rotos. Su
idealizado progenitor, no era tal.
Nazario abandonó la casa en silencio, como había entrado, encaminándose hacia la Estación.
Le hervía la sangre por dentro de la misma impotencia. Y dentro de su impotencia, lo que le resultaba
tremendamente duro de asimilar, era lo de Raquel. ¡Dios! ¡Qué sutil ironía del destino! ¡Raquel era su
hermanastra! Al traste con todos los sueños. No existía futuro. No había un mañana.
Los vítores de la muchedumbre le retornaron a la cruda realidad. Amadeo I saludaba a los
zaragozanos desde el tren real procedente de Barcelona. Le acompañaba el ministro de la Guerra,
señor Córdova, el séquito y las autoridades de la capital, senadores y diputados que habían salido a
la cercana Zuera a recibirle. El andén se hallaba profusamente engalanado. Después de unas
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