El encargo
—Deduzco por sus palabras que ha perdido la fe.
—Dudo que haya podido perder algo que no he tenido nunca… Por cierto, Pilar, se ha
preguntado dónde estaba Dios cuando murió su hija.
Breve silencio que rompió de nuevo él:
—Y volviendo a la fe, dígame, ¿qué le queda ahora? Sí, me ha oído bien —continuó—. ¿Qué le
queda?... ¿La fe? ¿Cambiaría la fe por su hija? ¿Lo haría si pudiera?
—No sea cruel. Esa pregunta no tiene más que una respuesta. La vida ya nunca será igual sin
ella. Ahora, lo único que tengo es un vocablo de cuatro letras: su nombre. Y su voz llamándome
presa del dolor retumbándome en el cerebro. Y yo estoy allí, impotente, arrodillada junta a ella sin
poder hacer nada, tan solo apretar su mano. Oigo sus súplicas y no puedo aliviar su dolor. Es
increíble, ¿no? Es en esos momentos cuando te das cuenta de que todo es banal, de que no somos
nadie, de que no controlamos... absolutamente nada.
«Y aún así mantienes la fe», pensó Demetrio mientras observaba como sacaba de la manga de
su chaqueta un pequeño pañuelo de seda, en cuya textura enjugó unas incipientes lágrimas.
—Lo siento. ¿Y tú? Y perdona por el tuteo —se excusó con un hilo de voz.
—No, eres tú la que me tienes que perdonar a mí. No tenía ningún derecho a ser tan mordaz.
Yo intentaba descubrir entre las llamas del fuego de ese hogar, las cosas que nos dijimos un día
frente a un lugar parecido. Por favor, ¿me puedes dar un pitillo?
Pilar extrajo en silencio un paquete de Ideales del interior de su bolso y lo dejó encima de la
mesa. Demetrio cogió uno y lo encendió, y al igual que había hecho ella tan solo hacía un instante,
expulsó fuera el humo de sus pulmones muy lentamente, mientras observaba los caprichosos
dibujos que se formaban.
—¿Sabes? —le comentó— Al igual que tú, odio la noche. Odio las frías y negras noches que
llegan en silencio, implacables, sin hacer el menor ruido, y que te engullen en la trampa del sueño
donde crees vivir una vida que no te corresponde. Resulta muy duro cerrar los ojos y continuar
viendo. Y entonces ruego a.… ese Dios tuyo que no haya más amaneceres y que me deje ahí,
viviendo esa épica felicidad donde todavía puedo contemplar su bella imagen. Pero mis deseos
nunca se cumplen, y con el alba, tengo que volver a afrontar un nuevo día sin ella, que es igual de
monótono y vacío que el anterior, y el anterior, y el anterior... Ese es… el maldito castigo divino.
—¿A qué te dedicas Demetrio? —le preguntó Pilar cambiando de conversación.
—A vagar. Simplemente a vagar con mi docente pasado. Soy una especie de sombra errante
que transita perdida por las horas del reloj. ¿Y tú?
—¿Yo? Yo trato de encontrar... ni lo sé. Quizás el calor que se me ha negado.
—¿Y te va bien?
—Hay veces que sí, otras no tanto. Ya me ves —le dijo sonriendo—. Sobrevivo.
—Ya lo creo que te veo. No puedo dejar de mirarte. Hacía días que no veía ni hablaba con
alguien como tú, exactamente setecientos treinta y dos. ¿Sabes a quién me recuerdas, Pilar? ¿A
quién eres clavadita?
—Sorpréndeme.
—A, Madeleine Carroll.
—¿A la Carroll? ¿A la actriz americana?
—A ella misma.
—Qué más quisiera yo.
—Te lo digo completamente en serio. Esta tarde, cuando cruzaba por el paseo de la
Independencia, junto al cine Dorado, me he quedado fascinado viendo el cartel anunciador de su
última película “El prisionero de Zenda”. Corte de pelo, ojos misteriosos, labios sensuales...
—¿Pretendes ruborizarme?
—No, simplemente hacer justicia.
—Bueno… te agradezco el cumplido. Y hoy, ¿qué te ha traído vagando hasta aquí Demetrio?
—El encargo de un amigo.
—¿El encargo de un amigo? —repitió enarcando una ceja— ¿Y ya lo has hecho?
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