El encargo
—Le ha pedido a la Remedios, ya sabes, la de la calle La Paja, que busque una mano fría que
no haga preguntas para que apriete el gatillo y le vuele la cabeza.
—¿Por ponerle los cuernos?
—Busca una mano que no haga preguntas.
—Entiendo… Y a ti, ¿quién te lo ha dicho?
—A mí quién me lo va a decir, la misma Reme, que me lo ha propuesto.
—Entonces, ¿por qué no haces tú el trabajo y arramblas con toda la pasta?
—Te recuerdo —le dijo sacudiéndose su inservible manga derecha—, que ya perdí este brazo
en una movida parecida y cinco años de mi libertad. No quiero arriesgarme a pasar otra vez por la
jaula. No lo soportaría. Además, tú eres la personal ideal. Estás desesperado, no tienes domicilio fijo,
llevas dos años sin trabajar y... por lo que se ve, no le tienes mucho apego a la vida… No me mires
así, lo acabas de decir hace un momento... El dinero te vendría muy bien, Demetrio, son ¡quinientos
duros!
—¿Cómo es ella?
—Es una morenaza de rompe y rasga, pero eso... qué más da. Es una morenaza cadáver.
Tras el despectivo comentario, se abrió un paréntesis de silencio que rompió el propio
Demetrio.
—¿Y ya está? ¿Eso es todo?
—¿Para qué quieres saber más?
—¿Me dirás su nombre al menos?
—Se llama Palmira García. Y ahora dime, aceptas el encargo ¿sí o no? Ten por seguro que, si
no lo haces tú, lo hará otro. Es mucho dinero el que hay en juego para los tiempos que corren.
Demetrio se limitó esta vez a asentir afirmativamente.
—¡Muy bien, Demetrio! —exclamó el manco satisfecho por la respuesta dando una palmada de
alegría sobre el cartón y levantando una nube de polvo—. Entonces, estamos de acuerdo. Toma,
aquí tienes un pequeño adelanto para gastos. Lo primero que tienes que hacer es pasarte por casa
de la Paca y adecentar un poco las pintas que llevas. En este envoltorio —dijo al tiempo que sacaba
del bolsillo de su abrigo un pequeño bulto liado con un pañuelo—, se encuentra la dirección y un
revólver. Ya está cargado, solo tienes que apretar el gatillo. Luego, cuando hayas terminado, te
deshaces de él arrojándolo por el puente de Piedra al Ebro, a poder ser desde el pozo San Lázaro,
que es el sitio más profundo. Es muy sencillo, Demetrio: una bala… ya sabes… quinientos duros.
—Sí —musitó cabizbajo cuando recogió el paquete—, tremendamente sencillo.
Parte II
La preparación. La espera. Cambio de planes.
El agua caliente del baño, con la ayuda de un plato de lentejas y una botella de vino convirtió a
Demetrio en un hombre nuevo. En el portal de casa de la Paca se acarició el rostro. Sintió una
sensación placentera, casi olvidada: la de su propia piel recién afeitada, tersa y fresca. Cuando salió
a la calle se encasquetó la gorra, se subió la solapa de la americana y tras comprobar que en su
interior se encontraba la pistola, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se puso en
marcha. Demetrio caminó por la calle de San Miguel y desde el paseo de la Independencia, por el
Coso, enfiló hasta Escuelas Pías. Una vez en ésta, cuando sacó el escrito que le había entregado
José para comprobar la dirección, se le mudó la cara. En la nota solo figuraba el número del portal.
No hacía ningún tipo de referencia a piso o puerta. Soltó una blasfemia mientras levantaba la vista al
encapotado cielo, cubierto por unas nubes plomizas preñadas de malos augurios. Se volvió a meter
las manos en los bolsillos y sus manos rozaron las monedas que le quedaban. Las contó. Sumaban
catorce pesetas. Echó un vistazo a la solitaria calle. Un poco más adelante, en la otra acera, se
encontraba un bar, el Palacio. Decidió entrar y tomarse un último trago antes de realizar el encargo.
Cuando se dirigía hacia la barra del mostrador, cambió de parecer sobre la marcha sentándose junto
a una mesa de mármol con patas repujadas de hierro, que se hallaba estratégicamente situada junto
a un ventanal desde el cual se divisaba perfectamente la entrada de la casa donde se suponía
residía la mujer del industrial Valbuena. Pensó, que, de esa forma, con las indicaciones que tenía,
podría controlar sus posibles idas y venidas. El tasquero le sirvió una copa de anís, que bebió
despacio, saboreándola. Antes de que le diera tiempo a terminársela, la lluvia repicó en el cristal de
la ventana con su rítmica monotonía. Demetrio, con la mirada ausente, se dedicó a confeccionar
apuestas mentalmente sobre cual sería la gota más veloz que ganaría la hipotética carrera de
recorrer en menos tiempo el recién empavonado vidrio.
—Por favor, ¿me da fuego?
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