El regreso
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Sí. Quizás muchas cosas estuvieran cambiando, pero desde luego, una de ellas no era el Arrabal que le había visto nacer y crecer, pues su estructura actual parecía estar anclada en la lejanía de los tiempos. Nazario, de espaldas a las vías, se quedó observando la fábrica de cerveza situada enfrente, así como el convento de Carmelitas. Tras los edificios, y hasta donde alcanzaba la vista, las Balsas del Ebro Viejo dominaban un paisaje esmeralda que se ensamblaba con el violáceo horizonte del ocaso. Aquel malsano lugar lo destinaba el Ayuntamiento para pastos, extraer barro para los Tejares del Municipio y para lavaderos públicos de ropa. La acequia del Arrabal, con sus pasarelas movibles —tablones montados sobre rodetes—, hacía las veces de improvisada frontera. En una de sus orillas, un grupo de mujeres departía en animada charla. A su lado se apilaban cacharros de barro y pañales recién escurridos expuestos al sol. Su presencia no parecía importunar a unas caballerías que, un poco más adelante, en las mismas aguas que usaban para lavar, abrevaban saciando su sed. Junto al convento, una chiquillería provista de piedras ejercitaba su puntería contra una rama que iba a la deriva. Su algarabía, sobre todo cuando acertaban, era festejada por los ladridos de un famélico perro que no cesaba de corretear alrededor de ellos meneando incansablemente el rabo. Las lluvias de los últimos días habían dejado sobre el largo y polvoriento camino, paralelo a la acequia, una extensa galería de rodadas, de carros y tartanas. La derecha conducía a la carretera de Huesca. La izquierda al puente del río Ebro. Nazario tomó esta última, encaminando sus pasos hacia la posada de Altabás, situada junto a la iglesia y convento de su mismo nombre. Tras pasar su ancho portalón, y una vez entrevistado con el posadero, se internó por un patio de suelo de guijarros dirigiéndose a unas escalinatas que se hallaban situadas al fondo del mismo. En su trayectoria se cruzó con unos borricos de aguadores que permanecían estáticos atados a unas estacas. Subió los escandalosos peldaños de madera de dos en dos, hasta dar con una gran galería que forraba todo el caserón. Una simple hojeada le bastó para localizar el número de su alcoba. Abrió la puerta y entró en ella. Un catre y un arcón eran todos los muebles del cuartucho. Como se encontraba agotado por el viaje, dejó el bulto en el suelo y se echó encima del camastro. Con los dedos entrelazados por detrás de la nuca se quedó mirando el techo. Había regresado al lugar de origen. Al lugar donde comenzó todo. …/... «Sortea los árboles corriendo lo más rápido que puede. La fatiga le impide respirar. El viento azota la hojarasca que revolotea a su alrededor. Cuando ve el cuerpo tendido, se detiene jadeando. Hay un olor agridulce en el ambiente. Siente pinchazos en el pecho. Una hoja se ha posado sobre la sien del caído. El olor se torna entonces agridulce y sangre. Sale volando la hoja a un embate del cierzo. Tiene la boca espantosamente abierta y los desorbitados ojos observan fijamente un punto lejano. ¿Quizás miran a las nubes? No. A las nubes no. Miran hacia todas las partes, pero sin ver. Instintivamente su mano derecha recoge la volátil hoja que casualmente ha ido directa hacia él. De rodillas, grita histérica su madre, llevándose las manos a la cabeza. El revólver, todavía caliente, aún humea junto al cuerpo. Entonces se da cuenta que tiene sangre entre los dedos. Es sangre de la hoja. Horrorizado retrocede unos pasos cuando comprende la espantosa situación: es sangre de su padre» …/... Nazario se despertó bruscamente con la frente empapada en sudor. Como un poseso se restregó el rostro con ambas manos antes de quitarse la camisa, limpiarse con ella y arrojarla hecha en un rebullo contra el arcón. Luego se metió entre las sábanas tiritando y con los ojos abiertos. Muy abiertos. Tenía miedo de cerrarlos. Tenía pánico a dormirse y que regresasen las pesadillas. …/... Al día siguiente se acercó hasta el puente de Piedra. San Lázaro se encontraba abandonado. La Guerra contra los franceses y las desamortizaciones de Mendizábal y Pascual Madoz, habían convertido el antaño majestuoso edificio en estado de ruina. Sin embargo, la vista del Pilar con sus verdes y hermosas cúpulas, y la elevada Torre Nueva al fondo con los altos campanarios alrededor, consiguieron conmoverle erizándole la piel. Se había quedado sin papel de fumar, así que entró en el estanco de la esquina de la calle Juslibol y aprovechó también para comprar fósforos. Luego enfiló camino abajo, hasta el cruce de Ranillas, donde se encontraban los lavaderos, junto a los desagües de las Balsas. Mientras se liaba un pitillo se quedó observando a las charlatanas lavanderas, en especial a una de ellas, una chiquilla que no tendría más allá de quince o dieciséis años, diecisiete a lo sumo, que no cejaba de reír. Su cabello le caía alborotado por el rostro, ocultándoselo parcialmente, y cuando se lo retiraba hacia atrás con un ensayado movimiento de cabeza, mostraba unos grandes ojos, negros como el azabache. A Nazario aquella mirada le resultó familiar, pero al no ponerle rostro, dio media vuelta y se marchó. A la hora de la cena se personó en el mesón. Directamente pasó a la cocina sentándose en un ancho banco, al lado de arrieros, trajinantes y muleros. Una sirvienta entrada en carnes, de mofletes y pecho tan redondos como su descaro, le sirvió de un puchero situado en un hogar repleto de ascuas y perolas, un humeante cazo de legumbres. Nazario aprovechó para preguntarle si alguien había traído algo para él y la contestación fue que no, pero que allí estaba ella, para lo que gustase mandar. Sonriendo declinó la invitación y la moza, pavoneándose cuando se retiraba, le dijo a voz en
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El regreso
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Sí. Quizás muchas cosas estuvieran cambiando, pero desde luego, una de ellas no era el Arrabal que le había visto nacer y crecer, pues su estructura actual parecía estar anclada en la lejanía de los tiempos. Nazario, de espaldas a las vías, se quedó observando la fábrica de cerveza situada enfrente, así como el convento de Carmelitas. Tras los edificios, y hasta donde alcanzaba la vista, las Balsas del Ebro Viejo dominaban un paisaje esmeralda que se ensamblaba con el violáceo horizonte del ocaso. Aquel malsano lugar lo destinaba el Ayuntamiento para pastos, extraer barro para los Tejares del Municipio y para lavaderos públicos de ropa. La acequia del Arrabal, con sus pasarelas movibles —tablones montados sobre rodetes—, hacía las veces de improvisada frontera. En una de sus orillas, un grupo de mujeres departía en animada charla. A su lado se apilaban cacharros de barro y pañales recién escurridos expuestos al sol. Su presencia no parecía importunar a unas caballerías que, un poco más adelante, en las mismas aguas que usaban para lavar, abrevaban saciando su sed. Junto al convento, una chiquillería provista de piedras ejercitaba su puntería contra una rama que iba a la deriva. Su algarabía, sobre todo cuando acertaban, era festejada por los ladridos de un famélico perro que no cesaba de corretear alrededor de ellos meneando incansablemente el rabo. Las lluvias de los últimos días habían dejado sobre el largo y polvoriento camino, paralelo a la acequia, una extensa galería de rodadas, de carros y tartanas. La derecha conducía a la carretera de Huesca. La izquierda al puente del río Ebro. Nazario tomó esta última, encaminando sus pasos hacia la posada de Altabás, situada junto a la iglesia y convento de su mismo nombre. Tras pasar su ancho portalón, y una vez entrevistado con el posadero, se internó por un patio de suelo de guijarros dirigiéndose a unas escalinatas que se hallaban situadas al fondo del mismo. En su trayectoria se cruzó con unos borricos de aguadores que permanecían estáticos atados a unas estacas. Subió los escandalosos peldaños de madera de dos en dos, hasta dar con una gran galería que forraba todo el caserón. Una simple hojeada le bastó para localizar el número de su alcoba. Abrió la puerta y entró en ella. Un catre y un arcón eran todos los muebles del cuartucho. Como se encontraba agotado por el viaje, dejó el bulto en el suelo y se echó encima del camastro. Con los dedos entrelazados por detrás de la nuca se quedó mirando el techo. Había regresado al lugar de origen. Al lugar donde comenzó todo. …/... «Sortea los árboles corriendo lo más rápido que puede. La fatiga le impide respirar. El viento azota la hojarasca que revolotea a su alrededor. Cuando ve el cuerpo tendido, se detiene jadeando. Hay un olor agridulce en el ambiente. Siente pinchazos en el pecho. Una hoja se ha posado sobre la sien del caído. El olor se torna entonces agridulce y sangre. Sale volando la hoja a un embate del cierzo. Tiene la boca espantosamente abierta y los desorbitados ojos observan fijamente un punto lejano. ¿Quizás miran a las nubes? No. A las nubes no. Miran hacia todas las partes, pero sin ver. Instintivamente su mano derecha recoge la volátil hoja que casualmente ha ido directa hacia él. De rodillas, grita histérica su madre, llevándose las manos a la cabeza. El revólver, todavía caliente, aún humea junto al cuerpo. Entonces se da cuenta que tiene sangre entre los dedos. Es sangre de la hoja. Horrorizado retrocede unos pasos cuando comprende la espantosa situación: es sangre de su padre» …/... Nazario se despertó bruscamente con la frente empapada en sudor. Como un poseso se restregó el rostro con ambas manos antes de quitarse la camisa, limpiarse con ella y arrojarla hecha en un rebullo contra el arcón. Luego se metió entre las sábanas tiritando y con los ojos abiertos. Muy abiertos. Tenía miedo de cerrarlos. Tenía pánico a dormirse y que regresasen las pesadillas. …/... Al día siguiente se acercó hasta el puente de Piedra. San Lázaro se encontraba abandonado. La Guerra contra los franceses y las desamortizaciones de Mendizábal y Pascual Madoz, habían convertido el antaño majestuoso edificio en estado de ruina. Sin embargo, la vista del Pilar con sus verdes y hermosas cúpulas, y la elevada Torre Nueva al fondo con los altos campanarios alrededor, consiguieron conmoverle erizándole la piel. Se había quedado sin papel de fumar, así que entró en el estanco de la esquina de la calle Juslibol y aprovechó también para comprar fósforos. Luego enfiló camino abajo, hasta el cruce de Ranillas, donde se encontraban los lavaderos, junto a los desagües de las Balsas. Mientras se liaba un pitillo se quedó observando a las charlatanas lavanderas, en especial a una de ellas, una chiquilla que no tendría más allá de quince o dieciséis años, diecisiete a lo sumo, que no cejaba de reír. Su cabello le caía alborotado por el rostro, ocultándoselo parcialmente, y cuando se lo retiraba hacia atrás con un ensayado movimiento de cabeza, mostraba unos grandes ojos, negros como el azabache. A Nazario aquella mirada le resultó familiar, pero al no ponerle rostro, dio media vuelta y se marchó. A la hora de la cena se personó en el mesón. Directamente pasó a la cocina sentándose en un ancho banco, al lado de arrieros, trajinantes y muleros. Una sirvienta entrada en carnes, de mofletes y pecho tan redondos como su descaro, le sirvió de un puchero situado en un hogar repleto de ascuas y perolas, un humeante cazo de legumbres. Nazario aprovechó para preguntarle si alguien había traído algo para él y la contestación fue que no, pero que allí estaba ella, para lo que gustase mandar. Sonriendo declinó la invitación y la moza, pavoneándose cuando se retiraba, le dijo a voz en grito que no sabía lo que se perdía.
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