El encargo
—No. Creo que lo dejaré para mañana —le respondió observando por la ventana como se
había instalado en la calle el manto oscuro de la noche.
—¿Tienes a dónde ir?
—El techo de la ciudad es mío.
—¡Orinas alto!
La expresión de Pilar le arrancó una sonrisa por primera vez en más de dos años.
—Yo no tengo tanto, sólo un piso ahí enfrente. Si quieres puedo preparar algo de cena y me
acompañas. No me apetece pasar esta noche sola.
—Es tentadora tu oferta. ¿Cómo diablos podría rechazarla?
Hacía escasos minutos que había cesado de llover cuando salieron a la calle. La irregular
calzada se encontraba atestada de charcos. Tuvieron que esperar a que pasase un vehículo para
cruzar sorteándolos. Tras franquear el portal, subieron por unas empinadas y delatadoras escaleras
de madera hasta la primera planta. Pilar abrió con la llave la segunda puerta que daba al rellano y
ambos accedieron al interior. Directamente fueron a la cocina, a través del supuesto largo, famoso y
frío pasillo. Demetrio, en su recorrido, trataba de discernir mentalmente, cuál de aquellas puertas que
iba dejando a su paso comunicaría con la habitación de los recuerdos prohibidos.
Y tras una frugal cena, dos personajes desarraigados, dos sombras perdidas, se fundieron en
una sola.
Parte III
El desenlace. Nada es lo que parece.
Nadie alcanza a abatir, la fuerza del destino.
Esquilo (525-458 a.C.)
—Pilar, has entrado en mi vida como un soplo de aire fresco —le dijo Demetrio cuando
terminaron de hacer el amor—. ¿Me permites que me fume otro cigarrillo?
—Cómo no. Espera, te lo iré a buscar.
—No, deja, ya voy yo. Bastantes cosas has hecho hoy por mí.
Demetrio se levantó de la cama y con paso firme se dirigió a un amplio butacón en cuyo
respaldo se encontraba colgando el bolso. Lo abrió, cogió el paquete y al girarse, encima de una
cómoda, frente a un gran espejo, contempló su imagen desnuda totalmente desencajada al descubrir
en un portarretratos la figura de un sonriente Pablo Valbuena, acompañado de una espectacular
morena.
—¿Te ocurre algo? —le preguntó ella desde la cama.
—¿Quién es el de la foto?
—¿Ése de ahí? Mi marido… Para mi desgracia.
—¿Tu... marido? —repitió Demetrio, aún a sabiendas de conocer la respuesta.
—Si, ya te lo he dicho. ¿Por qué? ¿Acaso lo conoces?
—Y entonces, ¿ese pelo? —le señaló con el dedo.
—Me lo he cortado y teñido esta tarde. Antes de entrar en el bar venía precisamente de la
peluquería. Necesitaba un cambio.
—¿Un cambio? ¿Necesitabas un cambio? Un cambio, ¿también de nombre?
—¿Qué estás insinuando?
—¡Dios! ¡Por qué! —exclamó rebuscando en el bolsillo interior de su americana la pequeña
pistola—. ¿Qué te he hecho yo?
Palmira, al ver el arma en su mano, se incorporó y sin inmutarse lo más mínimo le espetó:
—Hace días que te estaba esperando “muerte” y me ha encantado conocerte. Durante unas
horas me has hecho verdaderamente feliz. Por favor, señor maestro, sé certero y no me produzcas
dolor. Este era el encargo de tu amigo, ¿verdad?
—¡Y ella tremoló como una flor ardiente sobre mi gélido pecho! —gritó Demetrio con voz
desgarrada—. Maldito espectro del miedo yo, Demetrio, ¡te maldigo y te desafío! —continuó
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