El último romántico
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Grisel 22 de noviembre de 1909 Sofocado por la carrera la sombra se detiene jadeante junto al castillo. Tiene la garganta reseca y le pinchan las fosas nasales. Los empañados lentes le nublan la visión. Siente que le falta aire. Sujetándose los riñones agacha la cabeza y a bocanadas introduce oxígeno en sus pulmones. Languidece el otoño. Jirones de niebla sobre el paisaje. Languidece la madrugada. Efluvios ancestrales sobre el caserío, sobre el bosque, sobre sus sombras. Sobre la abatida figura que, apoyando la espalda en los ásperos muros, se deja deslizar hasta quedar sentado sobre la hojarasca. Sombra y hojarasca entremezclada. Hojarasca moribunda. Sombra moribunda. «¿Por qué?», se pregunta con las retinas todavía impregnadas por la impactante imagen, pero ni su cerebro ni su corazón herido le responden. Inmóvil, el relente se introduce a través de su capa raída. Carcome sus huesos. Lame sus heridas. Acurruca su cuerpo buscando calor entre sus rodillas. Buscando respuestas a su infortunio. …/... Monasterio de Veruela 16 días antes Sus ojos verdes eran luminosos y transparentes. Sus cabellos, cascada dorada que se depositaba sobre sus hombros. Su nariz recta y fina. ¿Y su risa?... Su risa era trinar de pájaros, porque todo en ella irradiaba alegría, irradiaba primavera. Y entonces se giró. Iba rodeada de gente y se giró. Tras una espontánea carcajada se giró. Él se encontraba sentado en un banco, leyendo un libro. Llevaba tiempo observándola por encima del mismo, pues era el centro de atención del grupo de visitantes del monasterio de Veruela. Toda conversación giraba alrededor de ella. Alzó la vista por encima de los lentes. Se cruzaron las miradas. Y por un instante se paró la vida, se paró el mundo, porque él entendió que le sonreía. Sí. De forma fugaz, pero le había sonreído. Estaba seguro de que le había dedicado una sonrisa. Luego la vio alejarse del monasterio. Y durante horas permaneció estático. En la misma posición. Con la mirada perdida en el camino. Impregnándose de su perfume, de su contagiosa risa, y de aquellos ojos verdes que le habían hechizado y encendido en su pecho una pasión desacerbada. Incluso tomó un boceto de sus huellas, que luego borró, pues no quiso que nadie las mancillara. Y a partir de entonces vivió para el recuerdo. Sin saber quién era su amada, su vida se transformó. Le entró la inapetencia. Empezó a dar largos paseos en los atardeceres. Siempre solo. Cabizbajo. Pensativo. No se concentraba en la lectura, ni en la escritura. Y cuando quiso darse cuenta, la melancolía había invadido su ser cayendo en una profunda tristeza. Y las noches de insomnio pasaban inexorables, pues, aunque cerraba los ojos seguía viéndola. ¡Qué duro resultaba cerrar los ojos y seguir viéndola! Bendita y a la vez implacable vigilia. Y su maltrecho corazón sangraba por dentro mientras los fantasmas que pululaban por su cerebro no cesaban de atormentarle. ¿Cómo se puede ser traicionado cuando no se ha asumido lealtad? ¿Cómo se puede ser engañado si se desconoce la amistad? ¿Cómo se pueden dar los celos donde nunca existió el amor? Por todo ello tenía miedo de dar el paso, conocerla y declararle su amor, ya que… ¿Y si no era correspondido? ¿Y si se burlaba de él? ¿Y si la perdía? Él era consciente de que ahora sí la tenía. Sin tenerla, la poseía. Aquella sonrisa siempre sería suya, nadie se la podría arrebatar. Y con ella malvivía, y malviviría. Pero un día, tras otra larga noche en vela, decidió que así no podía continuar, que tenía que arriesgarse y buscarla. Y empezó a indagar por los alrededores, por los pueblos circundantes al Monasterio: Vera, Trasmoz, Litago, Alcalá, Ambel… Preguntando a unos y a otros: panadero, chamarileros, aguadores… Y una mañana, el bondadoso fray Andrés, ¡cómo no había pensado en él antes!, le sacó de dudas: se llamaba Isabel, era de familia cristiana y vivía en Grisel, justo enfrente de la Iglesia. No lo dudó un instante. Estaba plenamente decidido. Aquella misma noche le declararía su amor. Aproximadamente cuatro horas le separaban de su amada, así que dejó su fría celda y se puso en marcha.
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En medio de la sombra misteriosa su vidriera lucía iluminada, dejando que mi vida penetrase en el puro santuario de su estancia. (Bécquer, Rimas y Leyendas, LXXXVIII)
El último romántico
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
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En medio de la sombra misteriosa su vidriera lucía iluminada, dejando que mi vida penetrase en el puro santuario de su estancia. (Bécquer, Rimas y Leyendas, LXXXVIII)
Grisel 22 de noviembre de 1909 Sofocado por la carrera la sombra se detiene jadeante junto al castillo. Tiene la garganta reseca y le pinchan las fosas nasales. Los empañados lentes le nublan la visión. Siente que le falta aire. Sujetándose los riñones agacha la cabeza y a bocanadas introduce oxígeno en sus pulmones. Languidece el otoño. Jirones de niebla sobre el paisaje. Languidece la madrugada. Efluvios ancestrales sobre el caserío, sobre el bosque, sobre sus sombras. Sobre la abatida figura que, apoyando la espalda en los ásperos muros, se deja deslizar hasta quedar sentado sobre la hojarasca. Sombra y hojarasca entremezclada. Hojarasca moribunda. Sombra moribunda. «¿Por qué?», se pregunta con las retinas todavía impregnadas por la impactante imagen, pero ni su cerebro ni su corazón herido le responden. Inmóvil, el relente se introduce a través de su capa raída. Carcome sus huesos. Lame sus heridas. Acurruca su cuerpo buscando calor entre sus rodillas. Buscando respuestas a su infortunio. …/... Monasterio de Veruela 16 días antes Sus ojos verdes eran luminosos y transparentes. Sus cabellos, cascada dorada que se depositaba sobre sus hombros. Su nariz recta y fina. ¿Y su risa?... Su risa era trinar de pájaros, porque todo en ella irradiaba alegría, irradiaba primavera. Y entonces se giró. Iba rodeada de gente y se giró. Tras una espontánea carcajada se giró. Él se encontraba sentado en un banco, leyendo un libro. Llevaba tiempo observándola por encima del mismo, pues era el centro de atención del grupo de visitantes del monasterio de Veruela. Toda conversación giraba alrededor de ella. Alzó la vista por encima de los lentes. Se cruzaron las miradas. Y por un instante se paró la vida, se paró el mundo, porque él entendió que le sonreía. Sí. De forma fugaz, pero le había sonreído. Estaba seguro de que le había dedicado una sonrisa. Luego la vio alejarse del monasterio. Y durante horas permaneció estático. En la misma posición. Con la mirada perdida en el camino. Impregnándose de su perfume, de su contagiosa risa, y de aquellos ojos verdes que le habían hechizado y encendido en su pecho una pasión desacerbada. Incluso tomó un boceto de sus huellas, que luego borró, pues no quiso que nadie las mancillara. Y a partir de entonces vivió para el recuerdo. Sin saber quién era su amada, su vida se transformó. Le entró la inapetencia. Empezó a dar largos paseos en los atardeceres. Siempre solo. Cabizbajo. Pensativo. No se concentraba en la lectura, ni en la escritura. Y cuando quiso darse cuenta, la melancolía había invadido su ser cayendo en una profunda tristeza. Y las noches de insomnio pasaban inexorables, pues, aunque cerraba los ojos seguía viéndola. ¡Qué duro resultaba cerrar los ojos y seguir viéndola! Bendita y a la vez implacable vigilia. Y su maltrecho corazón sangraba por dentro mientras los fantasmas que pululaban por su cerebro no cesaban de atormentarle. ¿Cómo se puede ser traicionado cuando no se ha asumido lealtad? ¿Cómo se puede ser engañado si se desconoce la amistad? ¿Cómo se pueden dar los celos donde nunca existió el amor? Por todo ello tenía miedo de dar el paso, conocerla y declararle su amor, ya que… ¿Y si no era correspondido? ¿Y si se burlaba de él? ¿Y si la perdía? Él era consciente de que ahora sí la tenía. Sin tenerla, la poseía. Aquella sonrisa siempre sería suya, nadie se la podría arrebatar. Y con ella malvivía, y malviviría. Pero un día, tras otra larga noche en vela, decidió que así no podía continuar, que tenía que arriesgarse y buscarla. Y empezó a indagar por los alrededores, por los pueblos circundantes al Monasterio: Vera, Trasmoz, Litago, Alcalá, Ambel… Preguntando a unos y a otros: panadero, chamarileros, aguadores… Y una mañana, el bondadoso fray Andrés, ¡cómo no había pensado en él antes!, le sacó de dudas: se llamaba Isabel, era de familia cristiana y vivía en Grisel, justo enfrente de la Iglesia. No lo dudó un instante. Estaba plenamente decidido. Aquella misma noche le declararía su amor. Aproximadamente cuatro horas le separaban de su amada, así que dejó su fría celda y se puso en marcha.
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