El último romántico
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Se despierta el silencio. Lo rompe, las bandadas de aves que buscan en una loca huida refugio en las copas más altas. Y el quejido ronco de un buey en un establo. Y un perro que ladra a lo lejos. A continuación, un imperativo: «chucho, cállate de una vez»; y el golpetazo del postigo de una ventana al cerrarse con violencia. Después... enmudecen los sonidos. Se impone la calma. Domina la nada. La sombra se funde con la tierra. Tan solo un reguero rojo, que nace en su sien y recorre la pálida mejilla, rompe la monotonía tenebrosa del inexistente color. Sus ojos siguen buscando la complicidad de la luna. Una luna que sonríe burlona, cuando las apáticas nubes se lo permiten. Soledad en Grisel. Figura patética sobre la escarcha. Mientras, en la plaza, frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, alguien, de un leve suspiro, apaga la llama de una ventana. Se extingue la luz, se extinguen los sentimientos, se extingue la vida. Tras un soplo de despedida… Languidece la muerte. …/... Y lo que el último romántico no llegó a saber, es que la imagen traicionada no era otra que la figura del doctor, que no pudo salvar a su amada de las garras de la fiebre. Y que Isabel falleció por la gripe aquella misma noche. Y casualmente, a la misma hora. Ironías del destino. Quizás, lo que no pudo conseguir en vida, permanecer junto a ella; lo pueda conseguir ahora en el más allá, ya que el último romántico estaba convencido de que la muerte no detiene al amor, lo único que hace, es demorarlo.
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El último romántico
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Se despierta el silencio. Lo rompe, las bandadas de aves que buscan en una loca huida refugio en las copas más altas. Y el quejido ronco de un buey en un establo. Y un perro que ladra a lo lejos. A continuación, un imperativo: «chucho, cállate de una vez»; y el golpetazo del postigo de una ventana al cerrarse con violencia. Después... enmudecen los sonidos. Se impone la calma. Domina la nada. La sombra se funde con la tierra. Tan solo un reguero rojo, que nace en su sien y recorre la pálida mejilla, rompe la monotonía tenebrosa del inexistente color. Sus ojos siguen buscando la complicidad de la luna. Una luna que sonríe burlona, cuando las apáticas nubes se lo permiten. Soledad en Grisel. Figura patética sobre la escarcha. Mientras, en la plaza, frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, alguien, de un leve suspiro, apaga la llama de una ventana. Se extingue la luz, se extinguen los sentimientos, se extingue la vida. Tras un soplo de despedida… Languidece la muerte. …/... Y lo que el último romántico no llegó a saber, es que la imagen traicionada no era otra que la figura del doctor, que no pudo salvar a su amada de las garras de la fiebre. Y que Isabel falleció por la gripe aquella misma noche. Y casualmente, a la misma hora. Ironías del destino. Quizás, lo que no pudo conseguir en vida, permanecer junto a ella; lo pueda conseguir ahora en el más allá, ya que el último romántico estaba convencido de que la muerte no detiene al amor, lo único que hace, es demorarlo.
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