El último romántico
Se despierta el silencio. Lo rompe, las bandadas de aves que buscan en una loca huida refugio
en las copas más altas. Y el quejido ronco de un buey en un establo. Y un perro que ladra a lo lejos.
A continuación, un imperativo: «chucho, cállate de una vez»; y el golpetazo del postigo de una
ventana al cerrarse con violencia.
Después... enmudecen los sonidos.
Se impone la calma. Domina la nada. La sombra se funde con la tierra. Tan solo un reguero
rojo, que nace en su sien y recorre la pálida mejilla, rompe la monotonía tenebrosa del inexistente
color. Sus ojos siguen buscando la complicidad de la luna. Una luna que sonríe burlona, cuando las
apáticas nubes se lo permiten.
Soledad en Grisel.
Figura patética sobre la escarcha. Mientras, en la plaza, frente a la iglesia de Nuestra Señora
de la Asunción, alguien, de un leve suspiro, apaga la llama de una ventana.
Se extingue la luz, se extinguen los sentimientos, se extingue la vida. Tras un soplo de
despedida…
Languidece la muerte.
…/...
Y lo que el último romántico no llegó a saber, es que la imagen traicionada no era otra que la
figura del doctor, que no pudo salvar a su amada de las garras de la fiebre. Y que Isabel falleció por
la gripe aquella misma noche. Y casualmente, a la misma hora.
Ironías del destino.
Quizás, lo que no pudo conseguir en vida, permanecer junto a ella; lo pueda conseguir ahora en
el más allá, ya que el último romántico estaba convencido de que la muerte no detiene al amor, lo
único que hace, es demorarlo.
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