Tradición sobre el inicio del Monasterio.
En una cueva de un monte llamado Oruel, que posteriormente
se convertiría en el monasterio de San Juan de la Peña, en la antigua
Cerretanía, y, según tradición, fue donde se empezaron a forjar las
libertades de Aragón.
Esta es su historia
Según tradición, los huidos de los árabes se refugiaron en un
pueblo, donde levantaron una fortaleza, allá por los años 716/717, y al
que le pusieron por nombre Pano. Entre los habitantes del nuevo
Pano, vivían los hermanos Voto y Félix. Pano fue literalmente
arrasada por una algarada de los moros.
“La Donación de Abetito”, que se escribió posiblemente en el
monasterio de San Juan de la Peña a mediados del siglo XIII, recoge
una serie de tradiciones aragonesas viejas, y señala que, cuando se
perdió España tras el reinado de Rodrigo, muchos cristianos se
trasladaron a un monte llamado Oroel, y viendo un espacioso sitio en
el lugar llamado Pano, comenzaron a fabricar unos muros, lo que fue
comunicado al rey de Córdoba Abd al-Rahmán ibn Moawiya.
«Entonces el rey, muy airado, mandó un fuerte ejército de
toda la tierra de España, llevando como jefe a Abd al-Malik ibn
Qatam; y le mandó que, recorriera toda la tierra aragonesa hasta
los montes Pirineos, en cualesquiera lugares donde pudiese
encontrar cristianos que se quisieren defender y no quisieren
servir al rey de Córdoba, los persiguiese hasta el exterminio, y
destruyese las fortificaciones y castillos o aquello en que pudiere
confiar. Cuando Abd al-Malik intentó llevar a la práctica esta
orden, y viniere al citado monte desde el lado llamado “Rubio”,
fijó sus campamentos en la planicie de Pano; y atacándolo,
destruyó los muros desde los fundamentos, llevándose a las
mujeres e hijos e hijas en cantidad. Tal lugar quedó inhabitable e
inaccesible, hasta que llegó el tiempo del beatísimo Voto»
Voto y Félix, que sobrevivieron a la matanza, se internaron en lo
profundo del monte, donde levantaron un cobertizo. Pasado un par de
años, allá por el 720, se encontraba Voto cruzando las montañas a
lomos de un caballo, cuando descubrió entre los matorrales a un ciervo.
Voto se dispuso a darle caza. El ciervo, atemorizado, huyó hasta que de
repente el suelo y el ciervo desaparecieron, precipitándose éste último
al abismo. Voto intentó parar su montura tirando de las riendas con
todas sus fuerzas, pero ya era demasiado tarde.
Y entonces cuenta la leyenda que Voto se encomendó a San
Juan Bautista y en segundos el caballo se quedó inmóvil en el aire.
Igual que si pisara tierra firme. Voto, miró hacia abajo y vio como de un
punto del mismo, surgía una leve luz. Lentamente hizo retroceder al
animal, hecho pie a tierra y empezó a bajar con sumo cuidado, hasta
descubrir una cueva donde se encontraba el cadáver de un cenobita,
cuya cabeza reposaba en paz sobre una piedra triangular, en la cual y
con caracteres latinos, había escrito unas breves palabras:
«Yo, Juan, eremita en este sitio, habiendo despreciado el
mundo fundé como pude, esta ermita en honor de San Juan
Bautista y aquí descanso en paz. Amén»
El ermitaño había construido en aquella cueva un altar en honor
de San Juan Bautista. Voto y su hermano Félix, comprendiendo que
aquello había sido una señal de Dios, procedieron a retirarse a aquella
cueva y a continuar con la obra iniciada por Juan de Atares. Al principio
se encontraron solos, pero no tardaron en unírseles Benedito, Marcelo y
otros más. Y un buen día llegó hasta la cueva, un joven malherido por lo
moros que les contó cómo, en los montes de Asturias, don Pelayo había
enarbolado el pendón de la Cruz y había derrotado a los moros en
Covadonga. Voto, al día siguiente, partió en busca de guerreros y los
citó a todos, en la cueva.
Y según relata fray Joaquín Aldea en su descripción del real
monasterio de San Juan de la Peña, desde este lugar partieron los
trescientos caballeros “salieron de esta cueva los trecientos
electores”, “en junta de los tresicentos”, “salieron de la cueva los
El Santo Cáliz a su paso por Aragón