llegados, nombre que ha perdurado hasta nuestros días. Su claustro rectangular está formado por arcos de medio punto y columnas dobles con elaborados capiteles, que representan la vida de Jesús, así como otras escenas de carácter alegórico e histórico. Este claustro tiene varias capillas en desigual estado de conservación. En la Capilla de San Bartolomé o Panteón Real, se hallan los restos de los reyes de Aragón: Alfonso I el Batallador y su hermano y sucesor, Ramiro II el Monje, en un sarcófago romano del siglo II. Veamos ahora el siguiente enclave del Santo Cáliz, un enclave obligado por las circunstancias, dentro de una época de terror y desolación, provocada por las huestes musulmanas. Tras la conquista de Zaragoza en el año 714 y de Huesca en el 721, el valle del Ebro y las zonas de la cuenca quedaron bajo el influjo del dominio musulmán, que persiguieron a los cristianos huidos hasta las mismísimas montañas del macizo de los Pirineos. Los hispano- godos fugitivos de los árabes, dedicados a tareas agrícolas y pastoriles, al refugiarse en sus más recónditas asperezas se vieron libres de la tutela islámica. La existencia, pues, de los habitantes del primitivo reino aragonés, distaba mucho de ser tranquila. En cualquier momento, una algarada enemiga podía cruzar las sierras y penetrar en el territorio cristiano arrasando las cosechas, incendiando los pueblos y llevándose cautivos a todos los que caían en sus manos. La crónica mozárabe datada del año 754 explica que, más allá de Zaragoza «los árabes quemaron ciudades, crucificaron hombres y descuartizaron jóvenes y lactantes», y afirma que «sólo algunos grupos de personas vencidas huyeron a las montañas, en dónde hubieron de pasar enormes penalidades» Coinciden substancialmente con este testimonio, las Crónicas de San Juan de la Peña, según las cuales, los que «sobrevivieron a la conquista fueron en parte reducidos a esclavitud y otros huyeron a lugares inaccesibles de la montaña, con intención de continuar la resistencia»
Con este panorama es natural pensar que cuando los cristianos huyen buscando refugio en las agrestes montañas de los Pirineos, llevarían consigo los objetos de culto y las reliquias más preciosas. Así que los huidos, encabezados por el obispo Acisclo de Huesca, buscan refugio en las cuevas de Yebra de Basa. Cuevas en Yebra de Basa- Año 711 d.C. (883) Yebra de Basa está situada en la comarca del Alto Gállego, en la provincia de Huesca. Pues bien, en una de sus cuevas buscó refugio, el obispo Acisclo con los cristianos fugitivos, en un lugar que, casualmente, sería santificado años después, en el 1072 (cuando Sancho Ramírez estaba consolidando el Reino de Aragón), ya que en dicho lugar sufrió martirio y fue decapitada, en el año 870: Santa Orosia. La leyenda de Santa Orosia Cuenta la leyenda que Orosia era una princesa de Aquitania, que se dirigía a Toledo con un numeroso séquito para contraer matrimonio con un príncipe godo. La comitiva, al pasar por la localidad de Yebra, tuvo la mala suerte de toparse con una partida de musulmanes que les hicieron prisioneros. Aben Lupo, el cabecilla de los infieles, se enamoró de ella, pero ésta lo rechazó. El musulmán despechado, mandó degollar a todos y a ella la hizo decapitar, arrojando sus cuerpos a una cueva cercana. Pasó el tiempo y aquella matanza quedó en el olvido, hasta que un buen día un pastorcillo de Yebra, distinguió unas luces que salían de una covacha. El pastorcillo encontró los restos de los mártires y el
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
El Santo Cáliz a su paso por Aragón
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llegados, nombre que ha perdurado hasta nuestros días. Su claustro rectangular está formado por arcos de medio punto y columnas dobles con elaborados capiteles, que representan la vida de Jesús, así como otras escenas de carácter alegórico e histórico. Este claustro tiene varias capillas en desigual estado de conservación. En la Capilla de San Bartolomé o Panteón Real, se hallan los restos de los reyes de Aragón: Alfonso I el Batallador y su hermano y sucesor, Ramiro II el Monje, en un sarcófago romano del siglo II. Veamos ahora el siguiente enclave del Santo Cáliz, un enclave obligado por las circunstancias, dentro de una época de terror y desolación, provocada por las huestes musulmanas. Tras la conquista de Zaragoza en el año 714 y de Huesca en el 721, el valle del Ebro y las zonas de la cuenca quedaron bajo el influjo del dominio musulmán, que persiguieron a los cristianos huidos hasta las mismísimas montañas del macizo de los Pirineos. Los hispano- godos fugitivos de los árabes, dedicados a tareas agrícolas y pastoriles, al refugiarse en sus más recónditas asperezas se vieron libres de la tutela islámica. La existencia, pues, de los habitantes del primitivo reino aragonés, distaba mucho de ser tranquila. En cualquier momento, una algarada enemiga podía cruzar las sierras y penetrar en el territorio cristiano arrasando las cosechas, incendiando los pueblos y llevándose cautivos a todos los que caían en sus manos. La crónica mozárabe datada del año 754 explica que, más allá de Zaragoza «los árabes quemaron ciudades, crucificaron hombres y descuartizaron jóvenes y lactantes», y afirma que «sólo algunos grupos de personas vencidas huyeron a las montañas, en dónde hubieron de pasar enormes penalidades» Coinciden substancialmente con este testimonio, las Crónicas de San Juan de la Peña, según las cuales, los que «sobrevivieron a la conquista fueron en parte reducidos a esclavitud y otros huyeron a lugares inaccesibles de la montaña, con intención de continuar la resistencia» Con este panorama es natural pensar que cuando los cristianos huyen buscando refugio en las agrestes montañas de los Pirineos, llevarían consigo los objetos de culto y las reliquias más preciosas. Así que los huidos, encabezados por el obispo Acisclo de Huesca, buscan refugio en las cuevas de Yebra de Basa. Cuevas en Yebra de Basa-Año 711 d.C. (883) Yebra de Basa está situada en la comarca del Alto Gállego, en la provincia de Huesca. Pues bien, en una de sus cuevas buscó refugio, el obispo Acisclo con los cristianos fugitivos, en un lugar que, casualmente, sería santificado años después, en el 1072 (cuando Sancho Ramírez estaba consolidando el Reino de Aragón), ya que en dicho lugar sufrió martirio y fue decapitada, en el año 870: Santa Orosia. La leyenda de Santa Orosia Cuenta la leyenda que Orosia era una princesa de Aquitania, que se dirigía a Toledo con un numeroso séquito para contraer matrimonio con un príncipe godo. La comitiva, al pasar por la localidad de Yebra, tuvo la mala suerte de toparse con una partida de musulmanes que les hicieron prisioneros. Aben Lupo, el cabecilla de los infieles, se enamoró de ella, pero ésta lo rechazó. El musulmán despechado, mandó degollar a todos y a ella la hizo decapitar, arrojando sus cuerpos a una cueva cercana. Pasó el tiempo y aquella matanza quedó en el olvido, hasta que un buen día un pastorcillo de Yebra, distinguió unas luces que salían de una covacha. El pastorcillo encontró los restos de los mártires y el
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