Ruidos
A partir de aquel momento, llegué a tener dificultades para diferenciar el bien del mal, por lo que
había hecho. La religión, la venganza, el dolor, las mentiras, los remordimientos, el insomnio... eran
satélites que giraban continuamente alrededor del cosmos de mi soledad. Consciente de que no
podía contárselo a nadie, sufría en silencio los continuos ataques de mi conciencia. Unas
espectaculares bolsas anidaron bajo mis ojos y mi genio se hizo insufrible. No soportaba a mi madre.
No aguantaba a mi mujer. A la mínima de cambio acabamos discutiendo. Hasta me fui distanciando
de mi hija, pues inconscientemente la hacía culpable de aquella situación. Y la convivencia en
nuestra célula familiar se resintió, como me supongo sucedería en la de Andrés Martínez. Una noche,
mientras cenábamos, Laura soltó a bocajarro:
—¿Sabéis? Han despedido a mi encargado.
—¿A tu acosador? —pregunto sin mirarla, tenedor en ristre.
—Sí. Al señor Martínez.
—¿Y eso? —se interesa mi mujer.
—Pues... no te creas, que no me encaja mucho por el físico que gasta, pero por lo visto debía
de tener un “rollete” con Mabel, la encargada de Miralbueno. Nos han llegado noticias de que su
mujer ha solicitado el divorcio. Se lo tiene bien merecido, por baboso.
El remordimiento es el único dolor del alma que el tiempo y la reflexión no logran calmar jamás.
Madame Stael
No estaba yo tan seguro de que se lo tuviese tan merecido. ¿Acaso fui el detonante?
¿Sospecharía su mujer algo antes de empezar mi particular cruzada? ¿Qué habrá pasado con sus
hijos tras la separación? ¿Este era el final que buscaba? ¿No era un tanto desproporcionado?
Demasiadas preguntas sin respuesta que me perseguirán durante toda la vida. La de veces que he
lamentado no seguir el consejo de Pepe: «Venga cuñado, pasa de historias. Pasa de historias y deja
las cosas como están. Si en todas partes va a ser igual», y más desde el día en que oí decir a mi hija
que casi añoraba al señor Martínez. El cuñado del jefe resultó ser mil veces peor.
Ahora los ruidos no me llegan del exterior, ahora los tengo dentro de mí.
¡Jamás podré quitármelos! ¿O sí?
Si haces lo que no debes, deberás sufrir lo que no mereces.
Benjamín Franklin
—Doña Lucia Benito.
—Sí.
—Buenos días, señora, ¿conoce a este hombre?
—Por supuesto agente, es mi marido. ¿Le ha pasado algo?
—Tranquila, no se alarme. No le ha sucedido nada. Como puede ver, está en buen estado, al
menos físicamente. Simplemente que lo hemos encontrado en la plaza de España, titubeando y
hablando solo. Al preguntarle si se encontraba bien, si le ocurría algo, nos ha contestado que estaba
buscando el mar, que no lo encontraba. Quería que le dijésemos porque calle se tenía que meter
para llegar al mar.
—¡Dios mío!
Pag.: