Ruidos
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
—¡Qué sabrás tú como estoy yo! Yo soy un padre amargado, ¿te enteras? Eso es lo que soy, un padre amargado preocupado por su hija. —Que ya lo sé... Que también es mi sobrina... Pero, joder cuñado, ahora que puedes disfrutar de la vida... Confucio dijo que un hombre furioso esta siempre lleno de veneno. Y creo que fue también él mismo, el que dijo algo parecido a... que te sientas agraviado, no es nada a menos que continúes recordándolo. —No sabía yo que eras un seguidor del chino ese. —Venga, cuñado, pasa de historias. Pasa de historias y deja las cosas como están. Si en todas partes va a ser igual... …/… Pero no le hice caso. Y no pasé. Una llamada telefónica de aviso podría servir, pero Martínez hay muchos en la guía y sin conocer el segundo apellido ni la dirección, me fue materialmente imposible localizar su teléfono, así que opté por seguirle. Estacioné mi coche en doble fila, enfrente del Centro Comercial, y esperé a que saliese un tipo más bien pequeño, con espeso bigote y bien trajeado, descripción que me había facilitado mi hija y que yo había corroborado a través de las amplias cristaleras del escaparate. Laura salió de las últimas, con dos compañeras. El susodicho unos minutos más tarde. Grande fue mi sorpresa cuando comprobé que no llevaba vehículo y que tras cruzar el paso de peatones se apostaba en la fila de la parada del autobús. Cuando llegó éste, nada más verle subir, giré la llave de contacto. La infinidad de obras inacabadas que tuve que sortear en tan particular persecución y sobre todo el final de la línea, fueron testigo de mis juramentos cuando una vez en la misma comprobé que no se encontraba en ella. En algún lugar del recorrido se había bajado y no me había dado cuenta. Al día siguiente lo esperé bajo la marquesina de la parada. Total, no me conocía de nada. Parapetado tras un grupo de mochileros estudiantiles, subí tras él. Cuando se apeó, lo hice también, y sacándome la cartera en medio de la acera, disimulé haciendo como que buscaba algo observándole de reojo. Tras perderse en una esquina aceleré el paso, justo para ver cómo se introducía en el portal de su casa. Titubeando, piqué varios timbres al azar. Sonaron varias voces. Propaganda, dije. No eran horas, pero alguien me abrió. En el buzón de correos rezaban los siguientes nombres: Andrés Martínez Jáuregui, Yolanda Esparza Blesa, Ricardo Martínez Esparza y Miriam Martínez Esparza. Piso, 3º B. Ya tenía lo que necesitaba. No obstante, con la mano apoyada en el pomo de la puerta de la calle, me detuve. La rabia encorajinada que llevaba por dentro y el deseo de venganza me introdujeron en el ascensor. En su misma puerta y con un rotulador rojo escribí con grandes letras en la pared: «Andrés, moroso, paga o morirás». Creí que me iba a dar algo cuando conseguí introducir, tras varios intentos, la llave en el contacto del coche. Sumamente nervioso metí la primera y salí derrapando. Necesitaba abandonar cuanto antes el dichoso lugar. Aquella noche, la adrenalina, no me dejó dormir. ¡Lo qué hubiese dado por verle la cara! ¡Y la de los vecinos del rellano! Envalentonado por mi hazaña, decidí dar un nuevo paso. Conociendo el segundo apellido no tuve ninguna dificultad en hacerme con su número de teléfono. Y cosa curiosa, al encontrarme según los dictados de mi conciencia al margen de la ley, comencé a pensar como lo haría un delincuente. ¿Y si tenía un teléfono de ésos en los que quedaba reflejada la llamada? Estaba claro que no podía arriesgarme a usar ni el de casa, ni el móvil. Lo haría desde una cabina telefónica. Creo que hasta el perro se extrañó cuando cogí el collar y la correa del mueble de la terraza para bajarlo a la calle. «¡Miguel!; ¡Pero, papá!; ¡Hijo!; ¿Estás enfermo?; ¿Te pasa algo?» Me diagnosticaron todas las mujeres de la casa. Una vez en la calle volví a recapacitar. Si la cosa iba a más, la policía podría investigar a los empleados y por cercanías podría salir a relucir el domicilio más cercano. No me lo pensé dos veces, me metí en el garaje, saqué el coche y me fui a la otra punta de la ciudad, bajo la atenta y sorprendida mirada del perro, que con las orejas levantadas no cesó de mover el rabo durante todo el trayecto. …/... —¿Quién es? —el soniquete inconfundible de una niña me desconcierta momentáneamente. Debe de tratarse de Miriam. Estoy a punto de colgar porque pienso qué culpa tiene su hija, pero reacciono inmediatamente respondiéndome a mí mismo, que qué culpa tiene la mía. —¡Diga! ¡Hay alguien! —el nuevo tono de voz no requiere, impone. Y me abandonan los miedos. —¿Yolanda Esparza? —pregunto gravemente. —Sí. ¿Quién es? —Un marido despechado que le va a cortar los huevos al tuyo. Adviértele que como se vuelva a acercar a mi mujer, lo va a pagar muy caro. ¿Lo has entendido?... Tenéis una hija, ¿no? Y colgué. La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena. Refrán español
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—¡Qué sabrás tú como estoy yo! Yo soy un padre amargado, ¿te enteras? Eso es lo que soy, un padre amargado preocupado por su hija. —Que ya lo sé... Que también es mi sobrina... Pero, joder cuñado, ahora que puedes disfrutar de la vida... Confucio dijo que un hombre furioso esta siempre lleno de veneno. Y creo que fue también él mismo, el que dijo algo parecido a... que te sientas agraviado, no es nada a menos que continúes recordándolo. —No sabía yo que eras un seguidor del chino ese. —Venga, cuñado, pasa de historias. Pasa de historias y deja las cosas como están. Si en todas partes va a ser igual... …/… Pero no le hice caso. Y no pasé. Una llamada telefónica de aviso podría servir, pero Martínez hay muchos en la guía y sin conocer el segundo apellido ni la dirección, me fue materialmente imposible localizar su teléfono, así que opté por seguirle. Estacioné mi coche en doble fila, enfrente del Centro Comercial, y esperé a que saliese un tipo más bien pequeño, con espeso bigote y bien trajeado, descripción que me había facilitado mi hija y que yo había corroborado a través de las amplias cristaleras del escaparate. Laura salió de las últimas, con dos compañeras. El susodicho unos minutos más tarde. Grande fue mi sorpresa cuando comprobé que no llevaba vehículo y que tras cruzar el paso de peatones se apostaba en la fila de la parada del autobús. Cuando llegó éste, nada más verle subir, giré la llave de contacto. La infinidad de obras inacabadas que tuve que sortear en tan particular persecución y sobre todo el final de la línea, fueron testigo de mis juramentos cuando una vez en la misma comprobé que no se encontraba en ella. En algún lugar del recorrido se había bajado y no me había dado cuenta. Al día siguiente lo esperé bajo la marquesina de la parada. Total, no me conocía de nada. Parapetado tras un grupo de mochileros estudiantiles, subí tras él. Cuando se apeó, lo hice también, y sacándome la cartera en medio de la acera, disimulé haciendo como que buscaba algo observándole de reojo. Tras perderse en una esquina aceleré el paso, justo para ver cómo se introducía en el portal de su casa. Titubeando, piqué varios timbres al azar. Sonaron varias voces. Propaganda, dije. No eran horas, pero alguien me abrió. En el buzón de correos rezaban los siguientes nombres: Andrés Martínez Jáuregui, Yolanda Esparza Blesa, Ricardo Martínez Esparza y Miriam Martínez Esparza. Piso, 3º B. Ya tenía lo que necesitaba. No obstante, con la mano apoyada en el pomo de la puerta de la calle, me detuve. La rabia encorajinada que llevaba por dentro y el deseo de venganza me introdujeron en el ascensor. En su misma puerta y con un rotulador rojo escribí con grandes letras en la pared: «Andrés, moroso, paga o morirás». Creí que me iba a dar algo cuando conseguí introducir, tras varios intentos, la llave en el contacto del coche. Sumamente nervioso metí la primera y salí derrapando. Necesitaba abandonar cuanto antes el dichoso lugar. Aquella noche, la adrenalina, no me dejó dormir. ¡Lo qué hubiese dado por verle la cara! ¡Y la de los vecinos del rellano! Envalentonado por mi hazaña, decidí dar un nuevo paso. Conociendo el segundo apellido no tuve ninguna dificultad en hacerme con su número de teléfono. Y cosa curiosa, al encontrarme según los dictados de mi conciencia al margen de la ley, comencé a pensar como lo haría un delincuente. ¿Y si tenía un teléfono de ésos en los que quedaba reflejada la llamada? Estaba claro que no podía arriesgarme a usar ni el de casa, ni el móvil. Lo haría desde una cabina telefónica. Creo que hasta el perro se extrañó cuando cogí el collar y la correa del mueble de la terraza para bajarlo a la calle. «¡Miguel!; ¡Pero, papá!; ¡Hijo!; ¿Estás enfermo?; ¿Te pasa algo?» Me diagnosticaron todas las mujeres de la casa. Una vez en la calle volví a recapacitar. Si la cosa iba a más, la policía podría investigar a los empleados y por cercanías podría salir a relucir el domicilio más cercano. No me lo pensé dos veces, me metí en el garaje, saqué el coche y me fui a la otra punta de la ciudad, bajo la atenta y sorprendida mirada del perro, que con las orejas levantadas no cesó de mover el rabo durante todo el trayecto. …/... —¿Quién es? —el soniquete inconfundible de una niña me desconcierta momentáneamente. Debe de tratarse de Miriam. Estoy a punto de colgar porque pienso qué culpa tiene su hija, pero reacciono inmediatamente respondiéndome a mí mismo, que qué culpa tiene la mía. —¡Diga! ¡Hay alguien! —el nuevo tono de voz no requiere, impone. Y me abandonan los miedos. —¿Yolanda Esparza? —pregunto gravemente. —Sí. ¿Quién es? —Un marido despechado que le va a cortar los huevos al tuyo. Adviértele que como se vuelva a acercar a mi mujer, lo va a pagar muy caro. ¿Lo has entendido?... Tenéis una hija, ¿no? Y colgué. La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena. Refrán español
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