Ébano misteriosa
Caminaba disfrutando de lo bueno del día, cuando la vi.
Estaba sentada en un banco. Junto a ella, un cochecito de bebé. Desde la distancia me llamó la
atención su belleza, pues tenía unos rasgos muy definidos. Pero, sin embargo, conforme me
acercaba, sus arrebatadores ojos negros me trasmitieron una profunda tristeza. Me paré al llegar a
su lado y saqué el móvil, haciendo cómo que lo maniobraba. Le calculé veintitantos años.
¿Veintitantos años de sufrimiento?… Ese es el gran inconveniente del dolor, que no se puede
ocultar, en cambio, la alegría, suele ser banal cuando no falsa. ¿Qué te ocurre, belleza de
ébano?¿Qué es lo que tanto te aflige? Le pregunté mentalmente. Y cómo si me hubiera escuchado
me miró. Pero yo llevaba gafas de sol oscuras que salvaguardaban mi identidad.
Entonces cambió el curso de su mirada. La seguí, y cuando salió de la tienda del supermercado,
supe lo que hacía allí. Estaba esperándole a él. Él llevaba un pack de cervezas en la mano. Él
cumplía con todos los estereotipos que estamos acostumbrados a ver en las noticias de cualquier
telediario sobre violencia de género. Edad incierta tirando a mayor, desgreñado, mal afeitado,
camiseta que incluía la panza correspondiente, y vaquero por debajo del pompis, mostrando cinco
dedos de calzoncillo rojo y dos de su anatomía peluda y repulsiva.
Con un movimiento de cabeza, mientras abría una lata, le indicó que la siguiese, y ella,
dócilmente, así lo hizo.
Los vi alejarse calle arriba pensando, sin conocerla de nada, que ella se merecía algo mejor, y
que ojalá no abriesen nunca un telediario con la noticia de su bellezón de ébano maltrecho.