Ruidos
—Mamá... —me dirijo entonces a mi madre, que se acerca a nosotros con pasos vacilantes y
los ojos chispeantes de complicidad.
—Yo, hijo... —se encoge de hombros.
—Pero, Laura —interviene su madre—, ¿no has podido esperar a que regresáramos?
—Pues no, mamá. No había tiempo material, la cosa surgió así de rápida. Veréis, os cuento, leí
el anuncio el domingo pasado en el periódico y sin pensármelo dos veces llamé el lunes por la
mañana y me citaron para por la tarde. Allí me junté con unas... veinte o treinta chicas más, no os
vayáis a creer que lo he tenido fácil. Cuando me tocó el turno, me hicieron pasar a un despacho
donde mantuve una entrevista con un encargado que me preguntó que había hecho hasta ahora, los
estudios que tenía, mis aspiraciones en la vida, etc. etc. Temblaba como un flan, papá, estaba de
nerviosa. Total, que, al día siguiente, al mediodía, aproximadamente cuando nos íbamos a poner a
comer, ¿verdad abuela? —Laura se gira entonces mirando a mi madre—, me llaman diciéndome que
estaba seleccionada y que el miércoles me pasase por la gestoría a firmar el contrato. Me van a
pagar sobre los setecientos euros, papi.
—¿Y tú sola has firmado el contrato?
—Sí. Yo sola. Por seis meses. Sin ayuda de nadie. ¿Qué os parece?
…/...
La empresa en cuestión resultó ser una zapatería de supuesto renombre, con siete tiendas
repartidas por los distintos barrios de la plaza y que daba trabajo a un total de treinta y cuatro
personas, según rezaba el contrato. Laura había sido asignada, a una que se encontraba dentro de
una Gran Superficie, con horario de jornada continua. Por supuesto que aquel primer empleo, sin
desmerecerlo para nada, se alejaba bastante del modelo que tenía idealizado, pero después de
repetir curso y de hacer oídos sordos a mis repetitivos consejos sobre la importancia de una carrera,
tuve que rendirme a la evidencia. Estaba claro que era su futuro, no el mío, y acertada o no, había
tomado su decisión. Por otro lado, su extrovertida iniciativa me enorgullecía. No podía evitarlo. Pero
me reservaba decírselo. Ahora lo único que me quedaba, era apostar por ella. No obstante, aquella
épica felicidad, tampoco iba a durar mucho.
…/…
—¿Y qué culpa tienes tú?
—Eso le he dicho yo, papá. Si el error ha sido por la mañana y yo voy de tarde, ¿cómo puedo
ser la culpable? Por favor... Que está muy claro, que el ticket está marcado por la mañana —me
vuelve a recalcar mostrándomelo—, a las once horas veinte minutos. Pero a este tío no hay forma de
hacerle entender que yo entro a las dos de la tarde. Lo tengo a piñón fijo. Me ha repetido más de
veinte veces, que soy la responsable de esa caja y que por lo tanto lo tengo que solucionar yo, que él
por supuesto, no va a ir.
—Bueno, y tu compañera, la que ha metido mal el dedo, ¿qué dice?
—Nada —me contesta ayudándose de la mano—. Cómo es su protegida.
—Esto es increíble, pronto empezamos nena. ¿Y te manda a ti al banco?
—Sí. Y encima tengo que ir por la mañana, perdiendo parte de mi tiempo libre.
—Pero un banco como te va a facilitar esa información, si es confidencial. Lo normal es que
vaya un representante de la empresa con firma, acreditándose como tal.
—Eso creo yo.
—Chico, chico, vaya encargado de marras. Bienvenida al mundo laboral, hija.
…/...
El problema surgía de una compra efectuada con una tarjeta Visa. Por lo visto, al teclear su
importe, treinta y ocho euros, por error se había omitido la decena quedando reflejado únicamente en
el resguardo bancario la cantidad de ocho euros, resguardo que supuestamente había firmado el
cliente de buena fe. La misión de Laura consistía ahora en ir a la entidad bancaria, explicarles lo
sucedido, y lograr que le facilitasen teléfono y domicilio del cliente, para ponerse en contacto con él y
hacerle pasar a firmar la diferencia. Vi a mi hija tan agobiada, que opté por acompañarla.
Casualmente, una sucursal, quedaba cerca de nuestro domicilio. El interventor era conocido.
—Pero, Miguel, y esta gente, ¿cómo mandan a la chica? —nos dice tecleando en el ordenador
el NIF que aparece en el resguardo.
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