Ruidos
Zaragoza 2001.
El techo.
El techo está ahí. Siempre está ahí. En lo más alto de la habitación. Sujetando la lámpara de la
luz. Una lámpara de luz de diseño. Una horrorosa lámpara de diseño a gusto de mi suegra, que me
observa. Estoy seguro de que me observa porque sabe que la odio. ¿Habrá vida en su interior?, me
pregunto mentalmente antes de retirar la mirada y posarla en los cuadros de la pared: dos láminas
independientes que se acoplan entre sí para unir sus cálidas aguas en la paradisíaca y solitaria playa
que representan. Siempre he soñado con tener un apartamento con vistas al mar. El mar es vida.
Limpia la retina. Serena el espíritu. Congela el tiempo. Cómo me gustaría en estos instantes poder
escuchar su murmullo desde el dormitorio, pero el único sonido que me llega es de ruidos. Ruidos
procedentes de la calle amortiguados en parte por los cristales de doble ventana. Ruidos de
vehículos parados ante el semáforo situado enfrente mismo de casa. Oigo rugir sus motores en
marcha, como si aquello fuese la parrilla de salida de una carrera de Formula 1: el ralentí de los de
gran tonelaje, el acelerador de los de potente cilindrada, el inconfundible tubo de escape de las
motocicletas...
Por asociación de ideas, me viene a la mente parte de la letra de una canción de Joaquín
Sabina: «(...) Y con tanto ruido, no se escuchó el ruido del mar —otra vez el mar—. Mucho, mucho
ruido. Ruido de tijeras. Ruido de escaleras, que se acaban por bajar. Tanto, tanto ruido. Mucho,
mucho ruido (...)»
Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae
agua limpia y fecundante.
Miguel de Unamuno
Sufro la enfermedad de moda: el Mobbing. La nueva forma de acoso psicológico en el trabajo.
La enfermedad que te destroza la autoestima convirtiéndote en una caricatura de ti mismo. La fusión
de mi Empresa con una Multinacional ha relegado el contenido de mi trabajo a la nada. Actualmente,
con mis cincuenta y cuatro años recién cumplidos, soy un ser marginado en la soledad de un
despacho vacío, sentado frente a una mesa sin contenido, observando fijamente la pantalla de un
ordenador apagado. En mi frente llevo grabada la palabra proscrito y los “Cortacabezas” de Recursos
Humanos me acosan sin tregua para que rinda el pellejo y abandone mis catorce metros cuadrados,
hasta ahora, de reducto inexpugnable. Ricardo Gutiérrez y compañía, quieren convertirme en un
nuevo trofeo de guerra, quieren hacer de mí una muesca más en el asa de sus maletines de lujo.
Y la terrible incertidumbre de mi lóbrego futuro, aletea funestamente sobre mi cabeza sin
dejarme descansar. Me acuesto por las noches y me vence el cansancio —el cansancio, ¿de qué?—,
pero sobre las tres de la mañana, en una rutina espantosa, me despierto con unos ojos tan redondos
como platos, resultándome imposible volver a conciliar el sueño. Y los fluorescentes números del
despertador se han convertido en inseparables compañeros de fatigas. Y así, un día tras otro, braceo
por sobrevivir en un océano de desesperación.
¡Si pudiera liberarme de toda esta presión, de todo este ruido!
…/...
Acabo de regresar de la playa, en compañía de Lucía, mi mujer, de quince e inolvidables días
de vacaciones, tras haber llegado con mi ex-empresa a un pacto de prejubilación después de
diecisiete meses y cuatro días de acoso laboral. El mar ha ejercido su balsámica terapia y bajo la
arena he dejado enterrados todos mis odios y malquerencias. Las largas caminatas, descalzos por la
orilla, han transportado mi alicaído ánimo a una anhelada y ansiada paz. Actualmente, cuando cierro
los ojos, únicamente distingo la oscuridad. Una penetrante y suave oscuridad que me envuelve y me
relaja... y relaja... y logro descansar.
Nada más dejar las maletas en el pasillo de casa, se nos echa al cuello, Laura, nuestra adorada
hija de dieciocho años. Laura es... una límpida y azulada mirada —de nuevo la presencia del mar— y
una permanente sonrisa de marcados hoyuelos.
—Sabéis, he encontrado trabajo —nos hace saber toda emocionada, cubriéndonos de besos—.
Es genial. ¿A qué sí? Estoy contentísima.
—¿Trabajo? ¿Trabajo, tú? —repito incrédulo—. ¿No quedamos en qué hablaríamos a la vuelta?
Entonces, los estudios, definitivamente... ¿Cómo no nos has dicho nada?
—Os quería dar una sorpresa. Además, esto no es para hablarlo por teléfono, papá —me
reprende.
El silencio es el ruido más fuerte
Miles Davis
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