Ruidos
—Ya ves, Antonio —le digo con gesto resignado—. Pues porque el encargadillo este debe de
tener menos luces que un candil. Se debe de pensar que por estar al frente de cuatro crías sin
experiencia, es el rey de... en fin, para que seguir, si el mismo se pone en evidencia. Aparte de que
mi hija no tiene ninguna culpa, que el error parte de una compañera.
—Esa es otra. Mira, aquí está el cargo, ocho euros. Pues es buen cliente. No creo que os ponga
ningún problema. Tómate nota, anda. Ahí tienes un bolígrafo. Que te conste una cosa —me advierte
con una media sonrisa—, que esto lo hago porque eres tú, ¿eh?
…/...
Y efectivamente, tenía razón Antonio. Cuando haciéndome pasar por administrativo de la
empresa contacté telefónicamente con Rafael Sádaba y le expliqué lo ocurrido, inmediatamente pasó
a subsanar el desaguisado. Buena persona el tal Rafa. Laura me dijo que hasta le había pedido
perdón, por no haberse dado cuenta de lo que firmaba. Pero aquel incidente, dio paso a otros. El
acoso contra mi hija no había hecho más que empezar. La tachaba de irresponsable, de no saberse
organizar... Por alguna extraña razón que ignorábamos, siempre aparecía como culpable de todo.
Incluso me llegó a decir que se escondía tras las columnas, espiándola. ¡Patético! Como
consecuencia de aquella extraña situación por la que estaba atravesando, se apagó su sonrisa y
desapareció la chispa de su mirada. Y a mí comenzaron a enarcárseme las cejas y las arrugas
volvieron a tomar posesión en mi frente. Y antiguos fantasmas volvieron a visitarme, la noche en que
llegó a casa llorando porque habían faltado cincuenta euros en la caja y había sospechado de ella.
¡Dios! ¡Mi hija humillada delante de todo el mundo!, exclamé en silencio a las tres de la mañana
cuando me desperté con los ojos tan redondos como platos. Y para mi pavor me di cuenta de que
había regresado al temido y odiado pasado. Y que de nuevo volvía la horrible lámpara de diseño del
techo para atormentarme. Y los números fluorescentes del despertador. Y las láminas de la pared. Y
los ruidos...
¡Si pudiera liberarme de toda esta presión, de todo este ruido!
Y entonces supe, que tenía que hacer algo.
Quien estudia la venganza mantiene abiertas sus propias heridas.
Francis Bacon (1561-1626) Filosofo y estadista británico.
—Miguel, lamentablemente las cosas hoy en día son así —me dice Pepe, mi cuñado, tras
echarse un trago de cerveza directamente de la lata—. Antiguamente entrabas a trabajar de aprendiz
en una empresa y te jubilabas en ella. Era para toda la vida. Recuerda aquellos relojes y placas que
les daban a nuestros padres por cumplir los veinticinco y cincuenta años en la misma empresa. Eran
premios a la constancia y fidelidad en el trabajo. Ahora eso ha desaparecido víctima de los contratos
basura y toda esa parafernalia. Al final acabaremos todos dando servicios y el que posea una nómina
será un viejo dinosaurio. Acepta las cosas como son, cuñado. La prueba evidente la tienes bien cerca
—me dice señalándome—... Mira cómo te han tratado, después de haberte dejado la piel.
—Sí, pero no es lo mismo. No es lo mismo que seas tú el ofendido, que ofendan a un ser
querido. La sangre hierve de otra manera.
—¡Tampoco te pases! ¿Y qué quieres? ¿Darle una paliza al renacuajo ése? Por esa misma
regla de tres, ¿a cuantos jefecillos alpargateros, encargadillos lameculos, etc. etc., nos habríamos
cargado a lo largo de nuestra vida laboral? Necesitaríamos un cementerio aparte.
—Pues, aun así, no me convences. Yo sé qué tengo que hacer algo.
—¿Y en qué estás pensado? —me pregunta mirándome de reojo.
—No sé... quizás... presentarme en la tienda y amenazarle con una demanda en el juzgado por
acoso laboral. Aunque luego no lo haga. Mi única pretensión es no dejarle dormir por la noche. Eso
es lo que quiero, que no duerma. Estoy más que harto de todos los Ricardos Gutiérrez de este
mundo. Ese tipejo necesita un escarmiento. Mi hija... una irresponsable. Será imbécil. Por su culpa se
está quedando más mustia que una pasa.
—¡Pues qué lo deje! ¿O es que ya no hay más trabajos en Zaragoza?
—Claro. Elegimos el camino más fácil, ¿eh? Abandonar. La solución de los cobardes.
—La solución de los cobardes —repite meneando la cabeza—... A veces no te entiendo cuñado.
¿Qué pasa? ¿Qué de repente te has convertido en Charles Bronson? Mírate, estás nervioso,
obsesionado... Al final vas a caer enfermo.
—No, si ahora la culpa la tendré yo.
—No desvaríes, que yo no he dicho eso —me apunta con el dedo—. A mí lo que me sabe malo,
es oírte decir todas esas cosas, porque sé que ni las piensas. La verdad es que no te reconozco.
Estás...
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