Ruidos
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
—Ya ves, Antonio —le digo con gesto resignado—. Pues porque el encargadillo este debe de tener menos luces que un candil. Se debe de pensar que por estar al frente de cuatro crías sin experiencia, es el rey de... en fin, para que seguir, si el mismo se pone en evidencia. Aparte de que mi hija no tiene ninguna culpa, que el error parte de una compañera. —Esa es otra. Mira, aquí está el cargo, ocho euros. Pues es buen cliente. No creo que os ponga ningún problema. Tómate nota, anda. Ahí tienes un bolígrafo. Que te conste una cosa —me advierte con una media sonrisa—, que esto lo hago porque eres tú, ¿eh? …/... Y efectivamente, tenía razón Antonio. Cuando haciéndome pasar por administrativo de la empresa contacté telefónicamente con Rafael Sádaba y le expliqué lo ocurrido, inmediatamente pasó a subsanar el desaguisado. Buena persona el tal Rafa. Laura me dijo que hasta le había pedido perdón, por no haberse dado cuenta de lo que firmaba. Pero aquel incidente, dio paso a otros. El acoso contra mi hija no había hecho más que empezar. La tachaba de irresponsable, de no saberse organizar... Por alguna extraña razón que ignorábamos, siempre aparecía como culpable de todo. Incluso me llegó a decir que se escondía tras las columnas, espiándola. ¡Patético! Como consecuencia de aquella extraña situación por la que estaba atravesando, se apagó su sonrisa y desapareció la chispa de su mirada. Y a mí comenzaron a enarcárseme las cejas y las arrugas volvieron a tomar posesión en mi frente. Y antiguos fantasmas volvieron a visitarme, la noche en que llegó a casa llorando porque habían faltado cincuenta euros en la caja y había sospechado de ella. ¡Dios! ¡Mi hija humillada delante de todo el mundo!, exclamé en silencio a las tres de la mañana cuando me desperté con los ojos tan redondos como platos. Y para mi pavor me di cuenta de que había regresado al temido y odiado pasado. Y que de nuevo volvía la horrible lámpara de diseño del techo para atormentarme. Y los números fluorescentes del despertador. Y las láminas de la pared. Y los ruidos... ¡Si pudiera liberarme de toda esta presión, de todo este ruido! Y entonces supe, que tenía que hacer algo. Quien estudia la venganza mantiene abiertas sus propias heridas. Francis Bacon (1561-1626) Filosofo y estadista británico. —Miguel, lamentablemente las cosas hoy en día son así —me dice Pepe, mi cuñado, tras echarse un trago de cerveza directamente de la lata—. Antiguamente entrabas a trabajar de aprendiz en una empresa y te jubilabas en ella. Era para toda la vida. Recuerda aquellos relojes y placas que les daban a nuestros padres por cumplir los veinticinco y cincuenta años en la misma empresa. Eran premios a la constancia y fidelidad en el trabajo. Ahora eso ha desaparecido víctima de los contratos basura y toda esa parafernalia. Al final acabaremos todos dando servicios y el que posea una nómina será un viejo dinosaurio. Acepta las cosas como son, cuñado. La prueba evidente la tienes bien cerca —me dice señalándome—... Mira cómo te han tratado, después de haberte dejado la piel. —Sí, pero no es lo mismo. No es lo mismo que seas tú el ofendido, que ofendan a un ser querido. La sangre hierve de otra manera. —¡Tampoco te pases! ¿Y qué quieres? ¿Darle una paliza al renacuajo ése? Por esa misma regla de tres, ¿a cuantos jefecillos alpargateros, encargadillos lameculos, etc. etc., nos habríamos cargado a lo largo de nuestra vida laboral? Necesitaríamos un cementerio aparte. —Pues, aun así, no me convences. Yo sé qué tengo que hacer algo. —¿Y en qué estás pensado? —me pregunta mirándome de reojo. —No sé... quizás... presentarme en la tienda y amenazarle con una demanda en el juzgado por acoso laboral. Aunque luego no lo haga. Mi única pretensión es no dejarle dormir por la noche. Eso es lo que quiero, que no duerma. Estoy más que harto de todos los Ricardos Gutiérrez de este mundo. Ese tipejo necesita un escarmiento. Mi hija... una irresponsable. Será imbécil. Por su culpa se está quedando más mustia que una pasa. —¡Pues qué lo deje! ¿O es que ya no hay más trabajos en Zaragoza? —Claro. Elegimos el camino más fácil, ¿eh? Abandonar. La solución de los cobardes. —La solución de los cobardes —repite meneando la cabeza—... A veces no te entiendo cuñado. ¿Qué pasa? ¿Qué de repente te has convertido en Charles Bronson? Mírate, estás nervioso, obsesionado... Al final vas a caer enfermo. —No, si ahora la culpa la tendré yo. —No desvaríes, que yo no he dicho eso —me apunta con el dedo—. A mí lo que me sabe malo, es oírte decir todas esas cosas, porque sé que ni las piensas. La verdad es que no te reconozco. Estás...
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—Ya ves, Antonio —le digo con gesto resignado—. Pues porque el encargadillo este debe de tener menos luces que un candil. Se debe de pensar que por estar al frente de cuatro crías sin experiencia, es el rey de... en fin, para que seguir, si el mismo se pone en evidencia. Aparte de que mi hija no tiene ninguna culpa, que el error parte de una compañera. —Esa es otra. Mira, aquí está el cargo, ocho euros. Pues es buen cliente. No creo que os ponga ningún problema. Tómate nota, anda. Ahí tienes un bolígrafo. Que te conste una cosa —me advierte con una media sonrisa—, que esto lo hago porque eres tú, ¿eh? …/... Y efectivamente, tenía razón Antonio. Cuando haciéndome pasar por administrativo de la empresa contacté telefónicamente con Rafael Sádaba y le expliqué lo ocurrido, inmediatamente pasó a subsanar el desaguisado. Buena persona el tal Rafa. Laura me dijo que hasta le había pedido perdón, por no haberse dado cuenta de lo que firmaba. Pero aquel incidente, dio paso a otros. El acoso contra mi hija no había hecho más que empezar. La tachaba de irresponsable, de no saberse organizar... Por alguna extraña razón que ignorábamos, siempre aparecía como culpable de todo. Incluso me llegó a decir que se escondía tras las columnas, espiándola. ¡Patético! Como consecuencia de aquella extraña situación por la que estaba atravesando, se apagó su sonrisa y desapareció la chispa de su mirada. Y a mí comenzaron a enarcárseme las cejas y las arrugas volvieron a tomar posesión en mi frente. Y antiguos fantasmas volvieron a visitarme, la noche en que llegó a casa llorando porque habían faltado cincuenta euros en la caja y había sospechado de ella. ¡Dios! ¡Mi hija humillada delante de todo el mundo!, exclamé en silencio a las tres de la mañana cuando me desperté con los ojos tan redondos como platos. Y para mi pavor me di cuenta de que había regresado al temido y odiado pasado. Y que de nuevo volvía la horrible lámpara de diseño del techo para atormentarme. Y los números fluorescentes del despertador. Y las láminas de la pared. Y los ruidos... ¡Si pudiera liberarme de toda esta presión, de todo este ruido! Y entonces supe, que tenía que hacer algo. Quien estudia la venganza mantiene abiertas sus propias heridas. Francis Bacon (1561-1626) Filosofo y estadista británico. —Miguel, lamentablemente las cosas hoy en día son así —me dice Pepe, mi cuñado, tras echarse un trago de cerveza directamente de la lata—. Antiguamente entrabas a trabajar de aprendiz en una empresa y te jubilabas en ella. Era para toda la vida. Recuerda aquellos relojes y placas que les daban a nuestros padres por cumplir los veinticinco y cincuenta años en la misma empresa. Eran premios a la constancia y fidelidad en el trabajo. Ahora eso ha desaparecido víctima de los contratos basura y toda esa parafernalia. Al final acabaremos todos dando servicios y el que posea una nómina será un viejo dinosaurio. Acepta las cosas como son, cuñado. La prueba evidente la tienes bien cerca —me dice señalándome—... Mira cómo te han tratado, después de haberte dejado la piel. —Sí, pero no es lo mismo. No es lo mismo que seas tú el ofendido, que ofendan a un ser querido. La sangre hierve de otra manera. —¡Tampoco te pases! ¿Y qué quieres? ¿Darle una paliza al renacuajo ése? Por esa misma regla de tres, ¿a cuantos jefecillos alpargateros, encargadillos lameculos, etc. etc., nos habríamos cargado a lo largo de nuestra vida laboral? Necesitaríamos un cementerio aparte. —Pues, aun así, no me convences. Yo sé qué tengo que hacer algo. —¿Y en qué estás pensado? —me pregunta mirándome de reojo. —No sé... quizás... presentarme en la tienda y amenazarle con una demanda en el juzgado por acoso laboral. Aunque luego no lo haga. Mi única pretensión es no dejarle dormir por la noche. Eso es lo que quiero, que no duerma. Estoy más que harto de todos los Ricardos Gutiérrez de este mundo. Ese tipejo necesita un escarmiento. Mi hija... una irresponsable. Será imbécil. Por su culpa se está quedando más mustia que una pasa. —¡Pues qué lo deje! ¿O es que ya no hay más trabajos en Zaragoza? —Claro. Elegimos el camino más fácil, ¿eh? Abandonar. La solución de los cobardes. —La solución de los cobardes —repite meneando la cabeza—... A veces no te entiendo cuñado. ¿Qué pasa? ¿Qué de repente te has convertido en Charles Bronson? Mírate, estás nervioso, obsesionado... Al final vas a caer enfermo. —No, si ahora la culpa la tendré yo. —No desvaríes, que yo no he dicho eso —me apunta con el dedo—. A mí lo que me sabe malo, es oírte decir todas esas cosas, porque sé que ni las piensas. La verdad es que no te reconozco. Estás...
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