La cristiana que se convirtió en nube
—Siempre has estado aquí —le ratificó ella abrazándolo y temblando de felicidad.
De repente, un siseo estremecedor despertó su curiosidad. Era un sonido similar al que emiten las
serpientes antes de atacar. María se asomó por encima del hombro de su amado y se quedó atónita
al comprobar, que aquel siseo era producido por unos largos mantos negros al contacto con el aire,
que portaban unas siniestras figuras que, ocultas bajo turbantes y bufandas de lino del mismo color,
tan sólo dejaban entrever sus ojos, repletos de odio, y el refulgir de sus amenazantes alfanjes
desnudos de sus fundas.
A María no le dio tiempo a emitir sonido alguno. La mano izquierda de Aiza le taponaba la boca
mientras que la derecha la sujetaba fuertemente por la espalda.
—Cristiana, si te mueves, será lo último que hagas —le susurró al oído.
María no daba crédito a lo que estaba sucediendo. En el tiempo que dura un suspiro había pasado
de ser la mujer más feliz del mundo a la más desdichada. Su estupor no tenía límites.
Hasta un total de veintiún bereberes, llegados de la lejana región de Fez, vomitó el ventano. Los
africanos de Almanzor se quedaron mirando fijamente a Aiza esperando su orden de ataque. Un
simple movimiento de cabeza les bastó. En cuestión de segundos desaparecieron sigilosos del
calabozo y en cuestión de segundos el silencio se convirtió en gritos y llantos de terror y dolor.
Los seductores ojos verdes de María, límpidos como esmeraldas, se nublaron de lágrimas rojas
de desesperación e impotencia, cuando comprendió el alcance que su irreflexivo acto pasional había
provocado.
—¿De verdad esperabas, cristiana, que te llevaría conmigo? —le dijo retirando la mano de su
boca y besándola sin ser correspondido— ¿De verdad lo esperabas? —le repitió socarronamente.
—¿De verdad... esperabas... esto? —le contestó ella con la voz entrecortada.
Y en ese momento, el gesto burlón de Aiza desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron
desorbitadamente y boqueó al igual que un pez fuera del agua, en busca de un aire que no le llegaba
de los pulmones. Cuando sus brazos perdieron presión, María aprovechó para separarse de él y
acuclillarse en un rincón del calabozo. Aiza, a continuación, se miró el costado de donde sobresalía el
mango en plata de su daga forjada en Egipto, regalo del mismo Almanzor por el valor demostrado en
las razzias llevadas a cabo en Santiago de Compostela, los monasterios leoneses de Sahagún y
Eslonza, Coimbra y Barcelona. La funda que la cobijaba, adornada en rica pedrería, se encontraba
vacía. La sangre brotó de su costado cuando la extrajo de su cuerpo con la ayuda de ambas manos.
Manos temblorosas que extendió apuntando hacia ella. Durante unos instantes permaneció en dicha
postura, sin articular palabra, balanceándose suavemente hasta que el afilado cuchillo resbaló de sus
dedos rebotando en el suelo. Luego trastabilló un par de pasos y cayó de rodillas.
—No, Alá, así... no —musitó tras darse de bruces contra el suelo.
Aiza, antes de exhalar su último suspiro, se quedó mirando fijamente a una aterrada María que
temblaba convulsivamente.
—Pero... ¿por dónde han entrado?
La quebrada voz proveniente del fondo de las escaleras la hizo reaccionar. Presa de los nervios
apretó fuertemente los puños, cruzó rápidamente la habitación, y sin pensárselo dos veces se arrojó
al vacío gritando:
—¡Por mi corazón traicionado!
Sus últimas palabras, al igual que el ruido sordo que produjo su cuerpo al golpearse contra las
piedras, fueron amortiguadas por el griterío de las inocentes víctimas.
…/...
Al amanecer, cuando los musulmanes abandonaron el devastado monasterio, dejaron tras de sí
las llamas del engaño que se fundían en el horizonte con los tonos ambarinos que anunciaban la
llegada de un nuevo día. Y las cenizas que calcinaron el pequeño arrabal, sepultaron para siempre
las huellas de un amor, que no pudo ser.
Y cuentan las lenguas de los recuerdos, que, desde entonces, el espíritu de María preside el
valle de Echo, transformado en una algodonosa nube coloreada de rojo por los tormentos del amor. Y
las mismas lenguas aseguran que dicha nube, que permanece siempre estática sobre el monasterio
de Siresa, tiene como única misión la de perpetuar el amor que un día, María, una bella cristiana,
profesó entre sus paredes sin ser correspondida.
…/...
En el año 999, una razzia de Almanzor arrasó el monasterio de San Pedro de Siresa.
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