La cristiana que se convirtió en nube
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
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—Siempre has estado aquí —le ratificó ella abrazándolo y temblando de felicidad. De repente, un siseo estremecedor despertó su curiosidad. Era un sonido similar al que emiten las serpientes antes de atacar. María se asomó por encima del hombro de su amado y se quedó atónita al comprobar, que aquel siseo era producido por unos largos mantos negros al contacto con el aire, que portaban unas siniestras figuras que, ocultas bajo turbantes y bufandas de lino del mismo color, tan sólo dejaban entrever sus ojos, repletos de odio, y el refulgir de sus amenazantes alfanjes desnudos de sus fundas. A María no le dio tiempo a emitir sonido alguno. La mano izquierda de Aiza le taponaba la boca mientras que la derecha la sujetaba fuertemente por la espalda. —Cristiana, si te mueves, será lo último que hagas —le susurró al oído. María no daba crédito a lo que estaba sucediendo. En el tiempo que dura un suspiro había pasado de ser la mujer más feliz del mundo a la más desdichada. Su estupor no tenía límites. Hasta un total de veintiún bereberes, llegados de la lejana región de Fez, vomitó el ventano. Los africanos de Almanzor se quedaron mirando fijamente a Aiza esperando su orden de ataque. Un simple movimiento de cabeza les bastó. En cuestión de segundos desaparecieron sigilosos del calabozo y en cuestión de segundos el silencio se convirtió en gritos y llantos de terror y dolor. Los seductores ojos verdes de María, límpidos como esmeraldas, se nublaron de lágrimas rojas de desesperación e impotencia, cuando comprendió el alcance que su irreflexivo acto pasional había provocado. —¿De verdad esperabas, cristiana, que te llevaría conmigo? —le dijo retirando la mano de su boca y besándola sin ser correspondido— ¿De verdad lo esperabas? —le repitió socarronamente. —¿De verdad... esperabas... esto? —le contestó ella con la voz entrecortada. Y en ese momento, el gesto burlón de Aiza desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron desorbitadamente y boqueó al igual que un pez fuera del agua, en busca de un aire que no le llegaba de los pulmones. Cuando sus brazos perdieron presión, María aprovechó para separarse de él y acuclillarse en un rincón del calabozo. Aiza, a continuación, se miró el costado de donde sobresalía el mango en plata de su daga forjada en Egipto, regalo del mismo Almanzor por el valor demostrado en las razzias llevadas a cabo en Santiago de Compostela, los monasterios leoneses de Sahagún y Eslonza, Coimbra y Barcelona. La funda que la cobijaba, adornada en rica pedrería, se encontraba vacía. La sangre brotó de su costado cuando la extrajo de su cuerpo con la ayuda de ambas manos. Manos temblorosas que extendió apuntando hacia ella. Durante unos instantes permaneció en dicha postura, sin articular palabra, balanceándose suavemente hasta que el afilado cuchillo resbaló de sus dedos rebotando en el suelo. Luego trastabilló un par de pasos y cayó de rodillas. —No, Alá, así... no —musitó tras darse de bruces contra el suelo. Aiza, antes de exhalar su último suspiro, se quedó mirando fijamente a una aterrada María que temblaba convulsivamente. —Pero... ¿por dónde han entrado? La quebrada voz proveniente del fondo de las escaleras la hizo reaccionar. Presa de los nervios apretó fuertemente los puños, cruzó rápidamente la habitación, y sin pensárselo dos veces se arrojó al vacío gritando: —¡Por mi corazón traicionado! Sus últimas palabras, al igual que el ruido sordo que produjo su cuerpo al golpearse contra las piedras, fueron amortiguadas por el griterío de las inocentes víctimas. …/... Al amanecer, cuando los musulmanes abandonaron el devastado monasterio, dejaron tras de sí las llamas del engaño que se fundían en el horizonte con los tonos ambarinos que anunciaban la llegada de un nuevo día. Y las cenizas que calcinaron el pequeño arrabal, sepultaron para siempre las huellas de un amor, que no pudo ser. Y cuentan las lenguas de los recuerdos, que, desde entonces, el espíritu de María preside el valle de Echo, transformado en una algodonosa nube coloreada de rojo por los tormentos del amor. Y las mismas lenguas aseguran que dicha nube, que permanece siempre estática sobre el monasterio de Siresa, tiene como única misión la de perpetuar el amor que un día, María, una bella cristiana, profesó entre sus paredes sin ser correspondida. …/... En el año 999, una razzia de Almanzor arrasó el monasterio de San Pedro de Siresa.
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© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F. La cristiana que se  convirtió en nube
—Siempre has estado aquí —le ratificó ella abrazándolo y temblando de felicidad. De repente, un siseo estremecedor despertó su curiosidad. Era un sonido similar al que emiten las serpientes antes de atacar. María se asomó por encima del hombro de su amado y se quedó atónita al comprobar, que aquel siseo era producido por unos largos mantos negros al contacto con el aire, que portaban unas siniestras figuras que, ocultas bajo turbantes y bufandas de lino del mismo color, tan sólo dejaban entrever sus ojos, repletos de odio, y el refulgir de sus amenazantes alfanjes desnudos de sus fundas. A María no le dio tiempo a emitir sonido alguno. La mano izquierda de Aiza le taponaba la boca mientras que la derecha la sujetaba fuertemente por la espalda. —Cristiana, si te mueves, será lo último que hagas —le susurró al oído. María no daba crédito a lo que estaba sucediendo. En el tiempo que dura un suspiro había pasado de ser la mujer más feliz del mundo a la más desdichada. Su estupor no tenía límites. Hasta un total de veintiún bereberes, llegados de la lejana región de Fez, vomitó el ventano. Los africanos de Almanzor se quedaron mirando fijamente a Aiza esperando su orden de ataque. Un simple movimiento de cabeza les bastó. En cuestión de segundos desaparecieron sigilosos del calabozo y en cuestión de segundos el silencio se convirtió en gritos y llantos de terror y dolor. Los seductores ojos verdes de María, límpidos como esmeraldas, se nublaron de lágrimas rojas de desesperación e impotencia, cuando comprendió el alcance que su irreflexivo acto pasional había provocado. —¿De verdad esperabas, cristiana, que te llevaría conmigo? —le dijo retirando la mano de su boca y besándola sin ser correspondido— ¿De verdad lo esperabas? —le repitió socarronamente. —¿De verdad... esperabas... esto? —le contestó ella con la voz entrecortada. Y en ese momento, el gesto burlón de Aiza desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron desorbitadamente y boqueó al igual que un pez fuera del agua, en busca de un aire que no le llegaba de los pulmones. Cuando sus brazos perdieron presión, María aprovechó para separarse de él y acuclillarse en un rincón del calabozo. Aiza, a continuación, se miró el costado de donde sobresalía el mango en plata de su daga forjada en Egipto, regalo del mismo Almanzor por el valor demostrado en las razzias llevadas a cabo en Santiago de Compostela, los monasterios leoneses de Sahagún y Eslonza, Coimbra y Barcelona. La funda que la cobijaba, adornada en rica pedrería, se encontraba vacía. La sangre brotó de su costado cuando la extrajo de su cuerpo con la ayuda de ambas manos. Manos temblorosas que extendió apuntando hacia ella. Durante unos instantes permaneció en dicha postura, sin articular palabra, balanceándose suavemente hasta que el afilado cuchillo resbaló de sus dedos rebotando en el suelo. Luego trastabilló un par de pasos y cayó de rodillas. —No, Alá, así... no —musitó tras darse de bruces contra el suelo. Aiza, antes de exhalar su último suspiro, se quedó mirando fijamente a una aterrada María que temblaba convulsivamente. —Pero... ¿por dónde han entrado? La quebrada voz proveniente del fondo de las escaleras la hizo reaccionar. Presa de los nervios apretó fuertemente los puños, cruzó rápidamente la habitación, y sin pensárselo dos veces se arrojó al vacío gritando: —¡Por mi corazón traicionado! Sus últimas palabras, al igual que el ruido sordo que produjo su cuerpo al golpearse contra las piedras, fueron amortiguadas por el griterío de las inocentes víctimas. …/... Al amanecer, cuando los musulmanes abandonaron el devastado monasterio, dejaron tras de sí las llamas del engaño que se fundían en el horizonte con los tonos ambarinos que anunciaban la llegada de un nuevo día. Y las cenizas que calcinaron el pequeño arrabal, sepultaron para siempre las huellas de un amor, que no pudo ser. Y cuentan las lenguas de los recuerdos, que, desde entonces, el espíritu de María preside el valle de Echo, transformado en una algodonosa nube coloreada de rojo por los tormentos del amor. Y las mismas lenguas aseguran que dicha nube, que permanece siempre estática sobre el monasterio de Siresa, tiene como única misión la de perpetuar el amor que un día, María, una bella cristiana, profesó entre sus paredes sin ser correspondida. …/... En el año 999, una razzia de Almanzor arrasó el monasterio de San Pedro de Siresa.
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