La cristiana que se convirtió en nube
La increíble noticia cogió totalmente por sorpresa a María.
—Sí, bella cristiana, Almanzor está desposado con una hija del que fuera rey de los navarros,
Sancho Garcés Abarca, hermana a su vez del nuevo monarca, García Sánchez el Temblón. Ella se
llama Abda, pero todo el Islam la conoce con el nombre de la vascona. Es rubia como el trigo y sus
ojos son, puro mar. Fruto de ese amor es Abderramán, al que ella, en recuerdo de su padre, llama
cariñosamente Sanchuelo. Como puedes ver, el amor no entiende de fronteras. Entonces, dime,
¿qué clase de Dios es el tuyo que consiente en aniquilar a los de su propia raza? ¿Acaso no es
misericordioso como Alá?
—Yo...
—Alá es eterno, no hay más dios que él y Mahoma es su profeta —ante su manifiesto
desconcierto, Aiza prosiguió con sus alabanzas—. Es el creador del mundo árabe y juez supremo,
todopoderoso. Es único y jamás permitiría la destrucción de lo que ha creado. Yo nací en Córdoba,
pero desde muy joven me fue concedido el privilegiado don de poder visitar lugares tan
extraordinariamente hermosos, que todavía no han sido asimilados por mi retina. Entonces, de nuevo
te repito, ¿qué clase de Dios sería el tuyo si mandara destruir algo así? —María, ante el aluvión de
explicaciones permanecía callada, pues no acertaba a contradecirle en nada—. Nuestro dios es un
gran artista y los artistas jamás destruyen sus obras. Cómo destruir..., una puesta de sol, la
inmensidad del océano, la propia noche...
Aiza se levantó entonces arrastrando las pesadas cadenas.
—¡Oh, noche! —exclamó— Si me fueras puesta en venta y yo pudiera comprarte, pagaría por tu
precio los más cuantiosos tesoros. Por favor, bella cristiana —prosiguió poniéndose de rodillas y
tomándola por las manos—, consígueme esta noche para mí. Si lo haces, al igual que Almanzor,
prometo desposarme contigo y convertirte en la reina de los nenúfares. Tu belleza no tendrá
parangón, y únicamente rivalizará con los jardines y las fuentes que engalanan los soberbios patios
de mi palacio. Al igual que ellos, cubriré tu cuerpo con una túnica de flores multicolores y adornaré tu
cuello de cisne con un collar de perlas del rocío. Humildemente reconozco ante Alá que me has
hechizado. Cómprame esta noche. Cómpramela.
María, ante tan repentina declaración, quedó momentáneamente aturdida y al igual que el junco
se cimbrea a los dictados del inconstante viento, su frágil voluntad quedó a merced de la labia del
bello Aiza y al capricho de su irracional corazón.
—¿Qué... he de hacer? —acertó a balbucear sintiendo como el rostro le ardía.
—Consigue una cuerda —le contestó rápidamente—. Trae una cuerda oculta entre tu manto.
Con ella me deslizaré por la ventana fundiéndome en la oscuridad. Seré una sombra más al abrigo
del manto de las tinieblas. Previamente dejaré parte de mi vestimenta aquí. Cuando ices la soga,
sujétala a las cadenas y rellénala de paja. Actúa con naturalidad, para no despertar sospecha alguna,
y háblale al hueco de mi ausencia, pues mi corazón lo dejo entre tus manos.
—Y... ¿después?
—Transcurrida una puesta del astro, volveré a buscarte provisto de dos hermosos corceles. Sé
dónde conseguirlos. A lomos de ellos cabalgaremos nuestra pasión, invisible al ojo humano, pues la
pasión no tiene forma alguna. De este modo, nadie detectará nuestra huida. Únicamente seremos
dos partículas de polvo en la inmensidad de un gran desierto. ¿Harás todo eso por... mi amor?
—Sí, lo haré por nuestro amor.
Y cuando se rozaron sus labios, María tuvo la sensación de que cientos de hormigas corrían
bajo sus pies. Su interior era un cúmulo de sentimientos insondables y su mente pura fantasía. Por
un instante se sintió etérea. Tan etérea como las nubes que se paseaban indolentes por su bello cielo
azul pirenaico.
Y María le compró la noche.
María le consiguió la cuerda y las llaves de las cadenas, y juntos llevaron a cabo el plan urdido.
Al día siguiente, como siempre, le llevó la ración de pan y de agua, y como siempre la dejó
depositada en el frío suelo cuchicheándole a la inexpresiva figura las horas que le faltaban para que
adquiriese nuevamente su forma real. Y durante todo ese tiempo, en ningún momento se cuestionó la
palabra dada por Aiza ni consideró remotamente la posibilidad de que no regresase a por ella. No al
menos, de aquella manera.
Cuando lo vio aparecer se arrojó entre sus brazos, buscando refugio en su musculoso pecho.
—Ya estoy aquí —le dijo él.
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