La cristiana que se convirtió en nube
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Veo que el naranjo nos muestra sus frutos que parecen lágrimas coloreadas de rojo por los tormentos del amor”. A Ibn Sära (m. 517/1123)
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—El alba ya nos trae su blanco alcanfor, cuando la noche relega de nosotros su negro ámbar. Bella cristiana, aunque suene a contrasentido, es la hora del retiro. —No, por favor —le suplicó ella—. Déjame un poco más. —Si de mí dependiera... —Termina lo que me estabas contando y te prometo que me iré. Aiza apoyó la espalda contra la pared, rodeó sus piernas con sus antebrazos, y tras un prolongado suspiro prosiguió con su narración. —Como te decía, Córdoba es la capital de al-Ándalus, y ninguna otra ciudad del mundo, ni Bagdad, ni tan siquiera Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, la superan en belleza y encanto. Si supieras como añoro sus atardeceres —le dijo depositando su mirada en el recortado cielo que les mostraba el abocinado hueco abierto en el muro—. Son únicos. Irrepetibles. Todavía tengo en mi retina la luz rojiza que transmiten, en su último suspiro, los decadentes rayos solares que se filtran a través de los silencios repletos de aromas de flores, antes de perderse para siempre tras la fina línea del horizonte. Y mientras él le narraba los encantos de su lejana ciudad, ella le miraba embelesada, con los ojos preñados de admiración, esforzándose lo indecible por intentar descifrar el significado de todas aquellas cadenciosas frases que se le antojaban maravillosas. María se había criado en el corazón del valle pirenaico de Echo, entre abruptas gargantas, amplios campos generosos en cosechas, y montes poblados de bosques salvajes repletos de abetos, pinos y hayas. Jamás, en sus dieciséis años de existencia, se había desplazado más allá que no fueran tres leguas de su villorrio natal, por lo tanto, le era extremadamente difícil asimilar que hubiese lugares tan dispares como le relataba Aiza. Aiza era lo más bello que había contemplado en su vida. Su cabello, largo y negro, como los tizones de las fogatas, le caía en rizos desordenados por encima de sus fornidos hombros aportándole una apariencia seductora y viril. De tez cobriza, su nariz era recta y fina, y tenía los ojos del color de la almendra. El mentón, aunque prominente, era ligeramente redondeado, y sus labios los recortaba una fina perilla. Y, María, cautivada por el tono grave y templado de su voz, se dejaba llevar por su embrujo y a través de ella viajaba a lomos de una algodonosa nube que, espoleada por una ligera brisa del norte, la transportaba al mundo mágico y desconocido de su interlocutor. —¡Ah, mi Córdoba natal! Como muy bien cantó en su día el poeta —continuó tras un ligero carraspeo—, Córdoba aventaja en cuatro cosas al resto de las ciudades. ¿Y sabes cuáles son esas cuatro diferencias, cristiana? María negó con la cabeza. —Pues una de ellas es su maravilloso puente sobre el río Guadalquivir; otra su gran mezquita, de magníficas cúpulas, embellecidas con hermosos mármoles y yeserías; el palacio de Madinar al- Zahrâ; y su ciencia. Sí, su ciencia bella cristiana, no me mires así. Los estudios talmúdicos, gramaticales y literarios de los judíos cordobeses, pueden perfectamente parangonarse con los de los orientales. Sus muros acogen cientos de bibliotecas y escuelas donde imparten su saber científicos y letrados, matemáticos y astrónomos, historiadores y filósofos... Palacios nobles, hospitales, mezquitas, baños, salpican sus calles… ¿Y sus zocos? Sus zocos transmiten vida y color. En ellos puedes encontrar, sedas traídas de la lejana Persia, gasas de Damasco, algodón de Esmirna, exóticos inciensos y sándalo de Arabia... Aiza reparó entonces, que María tenía una brizna de paja en su cabello. Cuando pretendió hacerse con ella, el grillete se lo impidió. Sus dedos quedaron a centímetros escasos. —Acércate un poco más —le rogó. María así lo hizo, y cuando notó como sus dedos le rozaban el lóbulo de la oreja, su cuerpo entero vibró. Todo el vello de su piel se erizó ante tan agradable y desconocida sensación. —Tenías una paja —le mostró—. La guardaré en mi puño y cuando lo abra, pensaré en ti. Tienes que marcharte ya, o notarán tu ausencia. María, a regañadientes, recogió la escudilla de madera para el pan y la jarra de barro para el agua, y se levantó del suelo. Con gesto resignado se dirigió hacia la salida. El reflejo de la luna, que a través de la ventana iluminaba parte de la estancia, clareó su figura al pasar. Aiza se la quedó mirando desde su rincón de sombras.
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La cristiana que se  convirtió en nube
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
—El alba ya nos trae su blanco alcanfor, cuando la noche relega de nosotros su negro ámbar. Bella cristiana, aunque suene a contrasentido, es la hora del retiro. —No, por favor —le suplicó ella—. Déjame un poco más. —Si de mí dependiera... —Termina lo que me estabas contando y te prometo que me iré. Aiza apoyó la espalda contra la pared, rodeó sus piernas con sus antebrazos, y tras un prolongado suspiro prosiguió con su narración. —Como te decía, Córdoba es la capital de al-Ándalus, y ninguna otra ciudad del mundo, ni Bagdad, ni tan siquiera Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, la superan en belleza y encanto. Si supieras como añoro sus atardeceres —le dijo depositando su mirada en el recortado cielo que les mostraba el abocinado hueco abierto en el muro—. Son únicos. Irrepetibles. Todavía tengo en mi retina la luz rojiza que transmiten, en su último suspiro, los decadentes rayos solares que se filtran a través de los silencios repletos de aromas de flores, antes de perderse para siempre tras la fina línea del horizonte. Y mientras él le narraba los encantos de su lejana ciudad, ella le miraba embelesada, con los ojos preñados de admiración, esforzándose lo indecible por intentar descifrar el significado de todas aquellas cadenciosas frases que se le antojaban maravillosas. María se había criado en el corazón del valle pirenaico de Echo, entre abruptas gargantas, amplios campos generosos en cosechas, y montes poblados de bosques salvajes repletos de abetos, pinos y hayas. Jamás, en sus dieciséis años de existencia, se había desplazado más allá que no fueran tres leguas de su villorrio natal, por lo tanto, le era extremadamente difícil asimilar que hubiese lugares tan dispares como le relataba Aiza. Aiza era lo más bello que había contemplado en su vida. Su cabello, largo y negro, como los tizones de las fogatas, le caía en rizos desordenados por encima de sus fornidos hombros aportándole una apariencia seductora y viril. De tez cobriza, su nariz era recta y fina, y tenía los ojos del color de la almendra. El mentón, aunque prominente, era ligeramente redondeado, y sus labios los recortaba una fina perilla. Y, María, cautivada por el tono grave y templado de su voz, se dejaba llevar por su embrujo y a través de ella viajaba a lomos de una algodonosa nube que, espoleada por una ligera brisa del norte, la transportaba al mundo mágico y desconocido de su interlocutor. —¡Ah, mi Córdoba natal! Como muy bien cantó en su día el poeta —continuó tras un ligero carraspeo—, Córdoba aventaja en cuatro cosas al resto de las ciudades. ¿Y sabes cuáles son esas cuatro diferencias, cristiana? María negó con la cabeza. —Pues una de ellas es su maravilloso puente sobre el río Guadalquivir; otra su gran mezquita, de magníficas cúpulas, embellecidas con hermosos mármoles y yeserías; el palacio de Madinar al-Zahrâ; y su ciencia. Sí, su ciencia bella cristiana, no me mires así. Los estudios talmúdicos, gramaticales y literarios de los judíos cordobeses, pueden perfectamente parangonarse con los de los orientales. Sus muros acogen cientos de bibliotecas y escuelas donde imparten su saber científicos y letrados, matemáticos y astrónomos, historiadores y filósofos... Palacios nobles, hospitales, mezquitas, baños, salpican sus calles… ¿Y sus zocos? Sus zocos transmiten vida y color. En ellos puedes encontrar, sedas traídas de la lejana Persia, gasas de Damasco, algodón de Esmirna, exóticos inciensos y sándalo de Arabia... Aiza reparó entonces, que María tenía una brizna de paja en su cabello. Cuando pretendió hacerse con ella, el grillete se lo impidió. Sus dedos quedaron a centímetros escasos. —Acércate un poco más —le rogó. María así lo hizo, y cuando notó como sus dedos le rozaban el lóbulo de la oreja, su cuerpo entero vibró. Todo el vello de su piel se erizó ante tan agradable y desconocida sensación. —Tenías una paja —le mostró—. La guardaré en mi puño y cuando lo abra, pensaré en ti. Tienes que marcharte ya, o notarán tu ausencia. María, a regañadientes, recogió la escudilla de madera para el pan y la jarra de barro para el agua, y se levantó del suelo. Con gesto resignado se dirigió hacia la salida. El reflejo de la luna, que a través de la ventana iluminaba parte de la estancia, clareó su figura al pasar. Aiza se la quedó mirando desde su rincón de sombras.
Veo que el naranjo nos muestra sus frutos que parecen lágrimas coloreadas de rojo por los tormentos del amor”. A Ibn Sära (m. 517/1123)
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