La cristiana que se convirtió en nube
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
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—Cristiana —la llamó. —¿Sí? —Creo que me estoy... —¿El qué? —se revolvió ansiosa. —Creo... nada, no es nada. Vuelve cuando antes, por favor. María, cabizbaja, abrió la reja y la cerró con una vuelta de llave. Desde allí fuera, lo único que apreciaba de Aiza era su penetrante mirada. Una mirada que sentía como traspasaba su manto, desnudándole hasta la mismísima alma. —Adiós —se despidió de él en un suspiro casi imperceptible. María caminó a tentón, palpando con el exterior de su mano abierta los ásperos muros del torreón central, ubicado en la fachada occidental del monasterio carolingio de San Pedro de Siresa. La centenaria abadía, obra humana de labra austera —ordenada levantar por el conde Galindo Aznárez—, se hallaba enclavada dentro de un paisaje de singular belleza y elementos arquitectónicos imperecederos, llevados a cabo por los más artesanos orfebres de antaño: el viento, el agua y el tiempo. Cuando dio con el hueco de las escaleras, con tiento bajó de la tribuna de la segunda planta al atrio de la primera, y desde allí, tras cruzar una puerta adornada con tres arcos de medio punto, los siete peldaños que la separaban de la nave central. Una vez en ella enfiló por el claustro, dejando en su recorrido las alcobas de los monjes y el coro, de donde le llegó, en murmullo apagado: «Señor, ábreme tus labios y tu boca anunciará tus alabanzas». María dedujo por el tipo de oración, que era la hora octava de la noche y aligeró el paso. El reflejo de un cielo tachonado de brillantes estrellas, alargó su ya por si estilizada silueta, hasta las enmohecidas piedras del pozo del agua, rematado en su abertura por una repujada rejería de perfiles salomónicos que sustentaba en su punto más alto una carrucha y el pozal. Expiraba el estío del novecientos noventa y nueve, despidiéndose del valle con sus atardeceres cortos, veladas largas y descenso de temperaturas. María sintió un escalofrío antes de entrar, tan silenciosa como la incipiente llama que se extingue del candil al quedarse sin gota de aceite, en el refectorio habilitado tras los últimos e insistentes rumores de un probable ataque de los musulmanes, a dormitorio provisional de caballerías, cabezas de ganado, y de los siervos que trabajaban las tierras de reserva de la Abadía, más sus propios “mansos”, y que componían los «fuegos» grises y dispersos del burgo situado al exterior. Labor aquella que compartían con los propios frailes que se regían por la orden de San Crodegando de Metz, un arzobispo de la iglesia franca que había tomado como base la Regla de San Benito, “ora et labora”: «son verdaderos monjes cuando viven del trabajo de sus manos»; y de las Consuetudines Carolingias. María evitó las regordetas piernas de Juan “el Cabrero” que ronroneaba en un beneplácito sueño, y tras sortear al herrero, el único artesano que se ganaba la vida holgadamente calzando a las bestias y reparando utensilios y aperos de labranza, se acurrucó sobre la paja, seca y maloliente, cubriendo su cuerpo con una piel de cordero. En la soledad de sus pensamientos, y con la imagen de Aiza grabada en su mente, evocó el primer día que lo conoció, el día que lo trajeron prisionero. Fue precisamente “el Cabrero” quien lo encontró, tumbado en la antigua calzada romana que atravesaba los montes nevados por el puerto del Palo, enlazando Saraqusta con el Benearnum francés. Aiza se encontraba al lado de su caballo, que sufría una luxación en su pata derecha delantera. La torcedura de su alazán fue la causa de que, al caer, se golpease contra las rocas perdiendo el conocimiento. Juan lo traía fuertemente maniatado a un palo que sobresalía por su espalda a través de sus brazos. Los niños de la aldea, curiosos, comenzaron a rodearle, y los más atrevidos le arrojaron barro y boñigas de caballería, riéndose a carcajadas cuando acertaban. A la espera de recibir órdenes de los soldados de su majestad, los monjes, muy a su pesar, lo encadenaron en una de las dependencias que hacía las veces de calabozo para los díscolos frailes. A ella, en un principio, le había tocado la desagradable labor de alimentarlo y darle de beber. María recordaba lo cohibida que se sintió ante su presencia la primera vez que lo vio, y como tuvo que agachar la vista al no soportar el cruce de tan altiva mirada. Sin embargo, después de seis intensivos días de convivencia, aquel temor que sintiera en un principio había dado paso a una serie de sentimientos hasta aquel instante desconocidos para ella. A media tarde, volvió a aparecer de nuevo con la ración de comida y agua. —Bella cristiana —la saludó—, tu presencia da alegría a mi entristecido corazón. —Perdóname, pero no he podido venir antes —se excusó. —¿Qué yo te perdone? ¿Quién soy yo para perdonar a quién da luz a mis ojos y ganas de vivir a mi cansado cuerpo? —a continuación, con la mano derecha, la citó junto a él—. Por favor... —le dijo simplemente.
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—Cristiana —la llamó. —¿Sí? —Creo que me estoy... —¿El qué? —se revolvió ansiosa. —Creo... nada, no es nada. Vuelve cuando antes, por favor. María, cabizbaja, abrió la reja y la cerró con una vuelta de llave. Desde allí fuera, lo único que apreciaba de Aiza era su penetrante mirada. Una mirada que sentía como traspasaba su manto, desnudándole hasta la mismísima alma. —Adiós —se despidió de él en un suspiro casi imperceptible. María caminó a tentón, palpando con el exterior de su mano abierta los ásperos muros del torreón central, ubicado en la fachada occidental del monasterio carolingio de San Pedro de Siresa. La centenaria abadía, obra humana de labra austera —ordenada levantar por el conde Galindo Aznárez—, se hallaba enclavada dentro de un paisaje de singular belleza y elementos arquitectónicos imperecederos, llevados a cabo por los más artesanos orfebres de antaño: el viento, el agua y el tiempo. Cuando dio con el hueco de las escaleras, con tiento bajó de la tribuna de la segunda planta al atrio de la primera, y desde allí, tras cruzar una puerta adornada con tres arcos de medio punto, los siete peldaños que la separaban de la nave central. Una vez en ella enfiló por el claustro, dejando en su recorrido las alcobas de los monjes y el coro, de donde le llegó, en murmullo apagado: «Señor, ábreme tus labios y tu boca anunciará tus alabanzas». María dedujo por el tipo de oración, que era la hora octava de la noche y aligeró el paso. El reflejo de un cielo tachonado de brillantes estrellas, alargó su ya por si estilizada silueta, hasta las enmohecidas piedras del pozo del agua, rematado en su abertura por una repujada rejería de perfiles salomónicos que sustentaba en su punto más alto una carrucha y el pozal. Expiraba el estío del novecientos noventa y nueve, despidiéndose del valle con sus atardeceres cortos, veladas largas y descenso de temperaturas. María sintió un escalofrío antes de entrar, tan silenciosa como la incipiente llama que se extingue del candil al quedarse sin gota de aceite, en el refectorio habilitado tras los últimos e insistentes rumores de un probable ataque de los musulmanes, a dormitorio provisional de caballerías, cabezas de ganado, y de los siervos que trabajaban las tierras de reserva de la Abadía, más sus propios “mansos”, y que componían los «fuegos» grises y dispersos del burgo situado al exterior. Labor aquella que compartían con los propios frailes que se regían por la orden de San Crodegando de Metz, un arzobispo de la iglesia franca que había tomado como base la Regla de San Benito, “ora et labora”: «son verdaderos monjes cuando viven del trabajo de sus manos»; y de las Consuetudines Carolingias. María evitó las regordetas piernas de Juan “el Cabrero” que ronroneaba en un beneplácito sueño, y tras sortear al herrero, el único artesano que se ganaba la vida holgadamente calzando a las bestias y reparando utensilios y aperos de labranza, se acurrucó sobre la paja, seca y maloliente, cubriendo su cuerpo con una piel de cordero. En la soledad de sus pensamientos, y con la imagen de Aiza grabada en su mente, evocó el primer día que lo conoció, el día que lo trajeron prisionero. Fue precisamente “el Cabrero” quien lo encontró, tumbado en la antigua calzada romana que atravesaba los montes nevados por el puerto del Palo, enlazando Saraqusta con el Benearnum francés. Aiza se encontraba al lado de su caballo, que sufría una luxación en su pata derecha delantera. La torcedura de su alazán fue la causa de que, al caer, se golpease contra las rocas perdiendo el conocimiento. Juan lo traía fuertemente maniatado a un palo que sobresalía por su espalda a través de sus brazos. Los niños de la aldea, curiosos, comenzaron a rodearle, y los más atrevidos le arrojaron barro y boñigas de caballería, riéndose a carcajadas cuando acertaban. A la espera de recibir órdenes de los soldados de su majestad, los monjes, muy a su pesar, lo encadenaron en una de las dependencias que hacía las veces de calabozo para los díscolos frailes. A ella, en un principio, le había tocado la desagradable labor de alimentarlo y darle de beber. María recordaba lo cohibida que se sintió ante su presencia la primera vez que lo vio, y como tuvo que agachar la vista al no soportar el cruce de tan altiva mirada. Sin embargo, después de seis intensivos días de convivencia, aquel temor que sintiera en un principio había dado paso a una serie de sentimientos hasta aquel instante desconocidos para ella. A media tarde, volvió a aparecer de nuevo con la ración de comida y agua. —Bella cristiana —la saludó—, tu presencia da alegría a mi entristecido corazón. —Perdóname, pero no he podido venir antes —se excusó. —¿Qué yo te perdone? ¿Quién soy yo para perdonar a quién da luz a mis ojos y ganas de vivir a mi cansado cuerpo? —a continuación, con la mano derecha, la citó junto a él—. Por favor... —le dijo simplemente.
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