dueño de la cestería en 1969, en un reportaje del Heraldo de Aragón
de esa misma fecha, describía el sótano de su casa, que usaba de
almacén de escobas, diciendo que tenía unas verjas de hierro
extrañísimas y estaba hondo, muy hondo… y que tenía como una
especie de asientos anclados a las paredes. Parecía como una
cárcel, decía. Esto de alguna forma da la razón a los que opinan que
el convento del Temple llegaba hasta el Torreón de Fortea que vamos
a ver ahora.
Antes fijaros en esta casa del número 5, edificio restaurado no
hace muchos años, salió este ladrillo que estaba debajo del revoque
que cubría los muros.
Nos encontramos ahora en la Plaza de San Felipe.
Esta es la llamada Casa Fortea, antaño
propiedad de la familia Cerdán de
Escatrón, en la que se instaló en 1785 la
antigua “Pañería Fortea”, que
da nombre al edificio. Desde
1981 es propiedad del
Ayuntamiento. Aquí también
he bajado, pero hay poco que
ver porque el túnel está
cegado.
En la Casa Montal,
edificio de los siglos XV-XVI,
actualmente se ubica un
restaurante y una tienda
Gourmet de alimentación. En
el sótano podemos ver un
pequeño museo sobre la Torre
Nueva. Aquí me dijeron que en tiempos había un
pasadizo que llegaba hasta el mismo río Ebro, pero que
una noche tuvieron un disgusto porque les entraron a
robar, y lo mandaron cegar.
Y justo aquí estuvo edificada la Torre
Nueva. Está pintada en ese mural. La
escultura de Santiago Gimeno Llop,
realizada en 1991, nos muestra a un
niño mirando hacia donde se elevaba la
magnífica torre. La Torre Nueva se
edificó en tiempos de los Reyes
Católicos y fue la primera torre que tuvo
Zaragoza con
reloj. Desde su
atalaya, en la
guerra de la
Independencia, un
vigía, al toque de
campana, se
encargaba de avisar a los zaragozanos porqué
lugar atacaban los franceses. Cada
barrio tenía un número de
campanas. Esta magnífica Torre se
mandó derribar en el año 1892, a
instancias de una serie de
comerciantes de la zona que decían estorbaba para sus
negocios. La torre estaba inclinada porque parece ser
que parte de la cimentación, al darle la sombra, fraguó
antes que la parte que le daba el sol. No obstante,
tampoco debía de representar tanto peligro porque si no
el Ayuntamiento no hubiese permitido que todos los
zaragozanos se pudiesen despedir de ella, pagando una
perragorda, o sea diez céntimos. Y de perragorda en
perragorda, casi se sacó para las obras de derrumbe.
Como anécdota, deciros que el Alcalde que permitió y
firmó el Turricidio, como se le llamó en aquel tiempo, fue
don Alejandro Sala. Pues bien, años más tarde, su hija
Charla
peatonal Templaria
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