El último Templario de Zaragoza
Bernat subió a la carreta y se tumbó sobre las tablas. Le costó acomodarse porque debajo de
su túnica blanca que lucía la cruz roja sobre el hombro izquierdo (el blanco como emblema de la
inocencia y el rojo por el martirio), llevaba su armadura de escamas y calzas del mismo material.
Bernat no estaba dispuesto a entregarse de ninguna de las maneras. Bernat estaba dispuesto a
morir matando. Simón colocó cachivaches alrededor de él y terminó de ocultarlo con telas de saco y
sogas. El carretero se volvió a subir al pescante, aunque el Templario ya no lo vio, pero sí lo sintió,
pues la carreta se quejó como si fuera a partirse en dos. A una interjección suya las bestias se
pusieron en marcha. Simón las condujo por callejuelas y plazoletas interiores, evitando el Cardus
Romano. Así, callejeando, dejaron a la izquierda la iglesia y el barrio de Santa María la Mayor,
dirección Puente de Piedra. Al internarse por él, cambió el traqueteo de las ruedas. Cuando llegaron
a la altura de la garita de la guardia y escuchó la voz de Simón y el murmullo de la guardia, por puro
instinto se llevó la mano a la empuñadura de su espada, recta y de doble filo.
—¿Qué hace aquí tanta gente, cuñado?
—Órdenes. Parece ser que hay problemas con los Templarios y hay que estar alerta. ¿Y tú?
—De recoger estos zarrios que llevo detrás. Los tengo que dejar en casa de la señora…
—Tú, quita las manazas de ahí, ¿no ves que es mi cuñado? «¡Desustanciao!» ¡Qué esperas
encontrar en el carro de mi cuñado! Venga, apartaros de ahí y dejadlo pasar, que está trabajando
—el soldado de la guardia, a regañadientes, se hizo a un lado.
—Hasta más tarde y que vaya todo bien.
La nueva interjección de Simón para que las bestias se pusieran en marcha coincidió con la
despedida del cuñado:
—Eso espero.
La carreta, al cruzar el puente, dejó dos enormes edificios a ambos lados del mismo: a la
derecha el hospital de leprosos, bajo la advocación de San Lázaro, y a la izquierda el de San
Bartolomé, junto al convento de monjas. Luego enfiló por el camino de Juslibol. Conforme avanzaba,
a Bernat le llegaban los sonidos del Arrabal, un barrio a extramuros dividido por la acequia del Rabal,
pero en crecimiento, ya que contaba con molinos harineros y aceiteros, y aunque la mayoría de sus
vecinos se dedicaba al sector agrícola, en el camino de Juslibol ya se empezaban a asentar diversos
oficios como el de los tintes, pelaires, o alpargateros.
De repente, a una orden de Simón, el carromato se detuvo. Bernat sintió como éste bajaba y a
continuación un portón que se abría. El carromato se puso brevemente en movimiento. Entraba en el
recinto. De nuevo el portón cerrándose.
—Ya podéis salir, su señoría.
—Simón, te repito que no me llames así —le dijo Bernat, al tiempo que saltaba al suelo y
estiraba los músculos.
—Mirad señor, con la bolsa que me disteis esto es lo mejor que he podido conseguir.
El caballo pareció entender que hablaban de él, pues tras cabecear un par de veces, se quedó
mirando a ambos.
El Templario se acercó y le dio un par de palmadas sobre el cuello.
—Está bien, Simón, está muy bien —dijo montándolo—. Por favor, tengo prisa, ábreme el
portón y despídeme de tu mujer.
—Así lo haré señor. Mucha suerte.
—Gracias. La necesito.
El Templario, una vez fuera, enfiló hacia el este, dirección Monzón. Cuando llevaba avanzados
unos cientos de metros, se paró y colocando su mano derecha sobre la grupa de su montura,
mientras que con la izquierda sujetaba las riendas, se giró para despedirse en silencio de las
murallas de Zaragoza. Luego, dudó un instante, el tiempo suficiente para exclamar:
—¡Soy un Templario!
Y a continuación se quitó el capisayo, que arrojó contra unos arbustos.
Thomas Bernat se agachó y le habló al animal. Éste soltó un bufido y tras sentir como le
clavaba las espuelas partió a galope tendido.
Y como antaño, jinete y montura se ensamblaron en una única figura, en un cántico a la
libertad, en un homenaje a la más ancestral de las danzas.
Y como antaño, jinete y montura se perdieron en el horizonte, envueltos en un celaje de polvo.
Pag.: