El último Templario de Zaragoza
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
«¿Buscas la compañía de la Orden del Temple y quieres participar en sus obras espirituales y temporales?» Ceremonia de ingreso en la Orden del Temple.
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Zaragoza, 5 de enero 1308 Al abrirse la puerta de golpe, una ráfaga de aire frío esparció el legajo por el irregular embaldosado. —¿Qué hacéis aquí? —Esperaros. —¿Y esto? —Vos sabréis. El Comendador de la Orden del Temple de Zaragoza, Fr. Ramón Oliver, se agachó y recogió del suelo un documento fechado el 16 de octubre de 1307 en el cual, el Rey de Francia, Felipe IV, se dirigía a Jaime II, rey de Aragón, para que procediera contra los Templarios acusándolos, entre otras cosas, de sacrílegos y de perpetrar prácticas satánicas, y le exhortaba a que aprisionase a todos los Templarios de sus dominios como él lo había ejecutado en su reino, después de haber tratado este negocio con el Papa. —¿De dónde lo habéis sacado? ¿cómo ha llegado a vuestro poder? —sondeó intrigado. —¿Cuándo pensabais decírmelo? —¿Que cuándo pensaba decíroslo? Pues, aunque no os lo creáis, ahora. —¿Ahora? —el Templario, Thomas Bernat, de rodillas ante el altar de San Jorge, retiró sus manos de su rapada cabeza, se santiguó y se puso en pie. A continuación, achicó los ojos y le taladró con una mirada hostil—. ¿Ahora? ¿De verdad pensabais decirme esto… ahora? —repitió mientras que con el pie separaba la documentación hasta encontrar la carta que buscaba. Luego, tras señalarla con su dedo índice, la leyó en voz alta—: Poitiers, 22 de novembre de 1307. Carta del Papa Clemente V, al Rey de Aragón… El Papa ha mandado a prisión a todos los Templarios de Francia en un mismo día por orden del rey de Francia y le da noticias de los delitos que el Gran Maestre y otros principales miembros de la Orden del Temple han confesado abiertamente, por lo tanto, su Santidad exhorta al Rey para que con todo sigilo proceda a la captura de todos los Templarios existentes en sus dominios y los ejecute en un mismo día, así como que proceda al secuestro de todos sus bienes—. ¿Esto es lo que pensabais decirme ahora? —le dijo tras pisotear la misiva con la punta del pie, para finalizar con un exabrupto—: ¡«Dita» sea la sangre de este Papa! —Por favor, Bernat, no blasfeméis y menos en un recinto sagrado. Su Santidad es el legado de Dios misericordioso en la tierra —le rogó el fraile estrujándose las manos. —¿Este es un Dios misericordioso? —breve silencio—… ¿¡Este es un Dios misericordioso!? —prosiguió—: Yo, Thomas Bernat, desde mi entrada en la Orden, he cumplido con rigor los preceptos marcados por el Temple. He rezado a diario los oficios divinos y me he preparado militarmente. He hecho los votos que se me pidieron. Yo he cumplido los mandamientos todos los días de mi vida. Yo… ¡Yo he luchado en las cruzadas! Y ahora resulta que… este Papa, me injuria y quiere acabar con mi vida. Es terrible. Jamás pude imaginar que el final de mi existencia llegaría, no por los infieles de Alá, no, sino por monarcas cristianos y la propia iglesia —Bernat se tomó su tiempo para repetir—: ¿Este es un Dios misericordioso? Fr. Ramón Oliver se giró sobre sí mismo, y con la cabeza gacha y los dedos entrelazados, se situó frente al altar de Nuestra Señora. Ambos se encontraban dentro de la iglesia de Santa María del Temple, de traza circular, situada en la carrera pública de Zaragoza. —Perdónale Madre Santa, está muy enfadado. No tengas en cuenta sus palabras que brotan de su boca sin raciocinio alguno, perdónale, perdónale te lo suplico —y ante la atenta mirada del Templario, el Comendador de la Orden rezó tres avemarías encadenadas. Cuando terminó se persignó, y a continuación se volvió hacia él señalando el suelo—: ¿habéis leído todo? —el Templario, que había asistido al rezo taciturno e indiferente, asintió con la cabeza—. Pues ya sabéis lo que hay. Ahora lo que tenéis que hacer es huir, porque en cualquier momento se pueden presentar los soldados de su majestad a por vos… y a por mí. Pero ojo, tened mucho cuidado pues me acaban de comunicar esta mañana que han doblado la guardia en las puertas de la ciudad. —Sí, yo también lo sé… Y ya tengo preparada mi huida. —¿Contáis con ayuda exterior?
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El último Templario de Zaragoza
«¿Buscas la compañía de la Orden del Temple y quieres participar en sus obras espirituales y temporales?» Ceremonia de ingreso en la Orden del Temple.
Zaragoza, 5 de enero 1308 Al abrirse la puerta de golpe, una ráfaga de aire frío esparció el legajo por el irregular embaldosado. —¿Qué hacéis aquí? —Esperaros. —¿Y esto? —Vos sabréis. El Comendador de la Orden del Temple de Zaragoza, Fr. Ramón Oliver, se agachó y recogió del suelo un documento fechado el 16 de octubre de 1307 en el cual, el Rey de Francia, Felipe IV, se dirigía a Jaime II, rey de Aragón, para que procediera contra los Templarios acusándolos, entre otras cosas, de sacrílegos y de perpetrar prácticas satánicas, y le exhortaba a que aprisionase a todos los Templarios de sus dominios como él lo había ejecutado en su reino, después de haber tratado este negocio con el Papa. —¿De dónde lo habéis sacado? ¿cómo ha llegado a vuestro poder? —sondeó intrigado. —¿Cuándo pensabais decírmelo? —¿Que cuándo pensaba decíroslo? Pues, aunque no os lo creáis, ahora. —¿Ahora? —el Templario, Thomas Bernat, de rodillas ante el altar de San Jorge, retiró sus manos de su rapada cabeza, se santiguó y se puso en pie. A continuación, achicó los ojos y le taladró con una mirada hostil—. ¿Ahora? ¿De verdad pensabais decirme esto… ahora? —repitió mientras que con el pie separaba la documentación hasta encontrar la carta que buscaba. Luego, tras señalarla con su dedo índice, la leyó en voz alta—: Poitiers, 22 de novembre de 1307. Carta del Papa Clemente V, al Rey de Aragón… El Papa ha mandado a prisión a todos los Templarios de Francia en un mismo día por orden del rey de Francia y le da noticias de los delitos que el Gran Maestre y otros principales miembros de la Orden del Temple han confesado abiertamente, por lo tanto, su Santidad exhorta al Rey para que con todo sigilo proceda a la captura de todos los Templarios existentes en sus dominios y los ejecute en un mismo día, así como que proceda al secuestro de todos sus bienes—. ¿Esto es lo que pensabais decirme ahora? —le dijo tras pisotear la misiva con la punta del pie, para finalizar con un exabrupto—: ¡«Dita» sea la sangre de este Papa! —Por favor, Bernat, no blasfeméis y menos en un recinto sagrado. Su Santidad es el legado de Dios misericordioso en la tierra —le rogó el fraile estrujándose las manos. —¿Este es un Dios misericordioso? —breve silencio—… ¿¡Este es un Dios misericordioso!? —prosiguió—: Yo, Thomas Bernat, desde mi entrada en la Orden, he cumplido con rigor los preceptos marcados por el Temple. He rezado a diario los oficios divinos y me he preparado militarmente. He hecho los votos que se me pidieron. Yo he cumplido los mandamientos todos los días de mi vida. Yo… ¡Yo he luchado en las cruzadas! Y ahora resulta que… este Papa, me injuria y quiere acabar con mi vida. Es terrible. Jamás pude imaginar que el final de mi existencia llegaría, no por los infieles de Alá, no, sino por monarcas cristianos y la propia iglesia —Bernat se tomó su tiempo para repetir—: ¿Este es un Dios misericordioso? Fr. Ramón Oliver se giró sobre sí mismo, y con la cabeza gacha y los dedos entrelazados, se situó frente al altar de Nuestra Señora. Ambos se encontraban dentro de la iglesia de Santa María del Temple, de traza circular, situada en la carrera pública de Zaragoza. —Perdónale Madre Santa, está muy enfadado. No tengas en cuenta sus palabras que brotan de su boca sin raciocinio alguno, perdónale, perdónale te lo suplico —y ante la atenta mirada del Templario, el Comendador de la Orden rezó tres avemarías encadenadas. Cuando terminó se persignó, y a continuación se volvió hacia él señalando el suelo—: ¿habéis leído todo? —el Templario, que había asistido al rezo taciturno e indiferente, asintió con la cabeza—. Pues ya sabéis lo que hay. Ahora lo que tenéis que hacer es huir, porque en cualquier momento se pueden presentar los soldados de su majestad a por vos… y a por mí. Pero ojo, tened mucho cuidado pues me acaban de comunicar esta mañana que han doblado la guardia en las puertas de la ciudad. —Sí, yo también lo sé… Y ya tengo preparada mi huida. —¿Contáis con ayuda exterior?
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