El último Templario de Zaragoza
Y de nuevo se hizo un incómodo silencio. Bernat meditaba su respuesta.
—Así es… —le aclaró al final.
Fray Ramón Oliver apreció como las palabras quedaban en suspenso.
—Acaso… Acaso, ¿ya no confiáis en mí? —se atrevió a preguntar.
—No puedo olvidar que os he tenido un gran aprecio y que habéis sido como un padre para mí,
pero esto… pero esto… mantenerme en la ignorancia…
—Lo siento mucho —se disculpó el atribulado fraile—, pero si habéis leído todo el cartulario
sabréis que al principio nuestro queridísimo Rey Jaime II se opuso al monarca francés, y yo siempre
he tenido la esperanza de que esta orden no traspasaría fronteras. Lo siento de verdad.
La confesión del monje le pareció tan sincera, que no pudo por menos que aclararle:
—¿Recordáis a Simón de Setiembre?
—Sí, claro —contestó—, y a su hermano Pedro, y a Marcos Segura. ¿No fueron éstos a los que
se les concedió un campo en el Arrabal que colindaba con los campos de San Salvador hará como
un par de años?
—Efectivamente.
—Y que, por cierto—prosiguió—, se les donó con la condición de que levantasen un muro de
separación entre ambos.
—Así es. Pues bien, Simón me debe un par de favores y me va a llevar a su casa del Arrabal
oculto en su carromato. Me está esperando fuera, junto a la casa del horno.
—¿Y cómo vais a sortear la guardia de la Puerta del Puente?
—-Creo que sin problemas. Su cuñado está hoy en la garita.
—Entiendo. ¿Queréis confesaros antes de partir?
—No —contestó tajante.
En ese momento se oyeron pasos metálicos a la carrera y voces provenientes del empedrado
de la calle.
—Vamos rápido, ya están aquí. Seguid con vuestros planes y que tengáis mucha suerte. Yo los
entretendré todo lo que pueda. ¿Tenéis decidido adónde ir?
—Probablemente me dirija a Monzón.
—Pues poneros bajo el tutelaje de Fray Bartolomé de Belbis.
—Así lo haré… O pensándolo bien, quizás cruce los mares y me dirija a Inglaterra. He leído una
carta de los templarios ingleses dirigida a los templarios aragoneses instándoles a defenderse
vigorosamente de las calumnias de que somos objeto. No sé… Quizás vaya a ninguna parte.
El Templario se puso un capisayo parduzco que ocultó su identidad, levantó una trampilla del
suelo y desapareció de la vista del fraile. Ante sí tenía una treintena de carcomidas escaleras. Se
desprendió del guantelete de su mano derecha y, cogiendo un hacha de luz engastada en el muro,
comenzó a bajar despacio, ayudándose de su mano izquierda que en ningún momento se separó de
la pared. Cuando llegó abajo, continuó avanzando por un pasadizo abovedado que confluía en un
descansillo, en el que había un banco de madera. A partir de aquí, el pasadizo se bifurcaba en dos
direcciones: sur y este. La del sur, continuación de lo andado, le llevaba hacía la parroquia de San
Felipe, y la del este, que discurría paralelo y por debajo de la calle, al convento de los frailes del
Temple. Tomó pues el de la izquierda y enfiló por él, desembocando en otro tramo de escaleras por
las que subió y que daban a una estancia del citado convento. Antes de salir, dejó el hacha de luz en
un saliente de la pared. Luego abrió, en este caso, una puerta, con suma precaución y los sentidos
en alerta. Ni el menor sonido. No había nadie. El Templario se dirigió al fondo de la habitación y a
través de otra puerta, que abrió igualmente con sigilo, salió a la huerta del convento, que se
encontraba circundada por un tapial de ladrillo. En dos zancadas llegó al muro y, ayudándose de sus
poderosos brazos, de un salto se presentó en la calle. Un agradable olor a pan recién orneado le
llegó a su pituitaria. Enfrente del horno, tal y como habían quedado, se encontraba Simón, sentado
en el pescante de una carreta tirada por un par de viejos mulos. Nada más verlo, con una ligereza
impropia del contorno de su barriga, dio un blinco y se dirigió hacia el Templario, apremiándolo:
—Deprisa, su señoría, acaban de pasar soldados de su majestad.
—Lo sé, y no me llames así.
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