¡Antes que Reyes, fueron leyes!  Y la conjura se llevó a cabo.  Y el 31 de octubre, el Tribunal del Justiciazgo, asistido por el Justicia y todos sus subordinados, proclamó contrafuero el hecho de la invasión del territorio aforado por el ejército castellano, y una vez hecha semejante declaración Lanuza se convirtió en el responsable de capitanear las tropas que debían de resistir al ejército del rey.    Y así fue como, un ingenuo, impaciente, adulado e inconsciente Justicia,  enarbolando el pendón de san Jorge se colocó al frente del ejército aragonés y de la cólera de Felipe II.   	A media tarde recibió la visita del gobernador de la ciudad Cerdán de Escatrón, y el legado del Rey, el caballero Velázquez. notificándole la sentencia de muerte. Este, parco en palabras, después de saludarle le entregó la carta del Monarca donde escuetamente se decía:   “En leer esta orden prenderéis a don Juan de Lanuza, Justicia de Aragón y presto sepa yo, de su prisión y muerte.   Hareisle luego cortar la cabeza y diga el pregón así: esta es la Justicia que manda hacer el Rey nuestro Señor a este caballero por traidor y convocador del Reino, y por haber levantado estandarte contra su Rey, mando que le sea cortada la cabeza y confiscados todos sus bienes y derribados sus castillos y casas.   Quien tal hizo, que la pague”  Más tarde se abrió la puerta de nuevo y entraron el padre Ibáñez de la compañía de Jesús, el padre maestro Fray Jerónimo Aldovera y el padre Fray Leonardo de Argensola de la orden de san Agustín, con la intención de ayudarle a bien morir, según le dijeron, y para acompañarle hasta el lugar del suplicio.   El Justicia, aunque se encontraba conforme con la voluntad de Dios, preguntó varias veces a sus confesores por la causa de su muerte y la respuesta de aquellos era siempre la misma: que moría por sus pecados. Y él seguía lamentándose por su final tan joven, porque siempre había vivido conforme a su edad y bajo el temor de Dios e ignoraba la causa de su condena, pues en el fondo y aún a pesar de todo lo sucedido, se seguía considerando inocente. Y aquellos le acusaron de blasfemo y volvieron a insistirle que, puesto que el Rey y Dios lo condenaban, no tratase de justificarse sino de arrepentirse.  Y en aquella tesitura pasó la noche, mientras fuera preparaban el cadalso.   20 de diciembre de 1.591  El 20 de diciembre de 1591, Zaragoza, amaneció bajo el frío cortante del viento que sopló durante toda la noche y empapada por el agua que una fina lluvia había dejado caer intermitente.  Casi de madrugada, la guardia sacó a Juan de Lanuza engrilletado de las muñecas y los tobillos por la puerta principal de acceso al palacio que daba a la calle de Predicadores, y fue montado en un carro tirado por dos mulas subiéndose al mismo los tres religiosos.
© Tomás Bernal Benito 2023 Web realizada P.L.C.F.
Palacio de los Duques de Villahermosa, en la calle Predicadores, actual.
como vos, e todos juntos, más que vos, os hacemos Rey a condición de que guardéis nuestros fueros y libertades”. ¡Antes que Reyes, fueron leyes!  Y la conjura se llevó a cabo.  Y el 31 de octubre, el Tribunal del Justiciazgo, asistido por el Justicia y todos sus subordinados, proclamó contrafuero el hecho de la invasión del territorio aforado por el ejército castellano, y una vez hecha semejante declaración Lanuza se convirtió en el responsable de capitanear las tropas que debían de resistir al ejército del rey.    Y así fue como, un ingenuo, impaciente, adulado e inconsciente Justicia,  enarbolando el pendón de san Jorge se colocó al frente del ejército aragonés y de la cólera de Felipe II.   	A media tarde recibió la visita del gobernador de la ciudad Cerdán de Escatrón, y el legado del Rey, el caballero Velázquez. notificándole la sentencia de muerte. Este, parco en palabras, después de saludarle le entregó la carta del Monarca donde escuetamente se decía:   “En leer esta orden prenderéis a don Juan de Lanuza, Justicia de Aragón y presto sepa yo, de su prisión y muerte.   Hareisle luego cortar la cabeza y diga el pregón así: esta es la Justicia que manda hacer el Rey nuestro Señor a este caballero por traidor y convocador del Reino, y por haber levantado estandarte contra su Rey, mando que le sea cortada la cabeza y confiscados todos sus bienes y derribados sus castillos y casas.   Quien tal hizo, que la pague”  Más tarde se abrió la puerta de nuevo y entraron el padre Ibáñez de la compañía de Jesús, el padre maestro Fray Jerónimo Aldovera y el padre Fray Leonardo de Argensola de la orden de san Agustín, con la intención de ayudarle a bien morir, según le dijeron, y para acompañarle hasta el lugar del suplicio.   El Justicia, aunque se encontraba conforme con la voluntad de Dios, preguntó varias veces a sus confesores por la causa de su muerte y la respuesta de aquellos era siempre la misma: que moría por sus pecados. Y él seguía lamentándose por su final tan joven, porque siempre había vivido conforme a su edad y bajo el temor de Dios e ignoraba la causa de su condena, pues en el fondo y aún a pesar de todo lo sucedido, se seguía considerando inocente. Y aquellos le acusaron de blasfemo y volvieron a insistirle que, puesto que el Rey y Dios lo condenaban, no tratase de justificarse sino de arrepentirse.  Y en aquella tesitura pasó la noche, mientras fuera preparaban el cadalso.   20 de diciembre de 1.591  El 20 de diciembre de 1591, Zaragoza, amaneció bajo el frío cortante del viento que sopló durante toda la noche y empapada por el agua que una fina lluvia había dejado caer intermitente.  Casi de madrugada, la guardia sacó a Juan de Lanuza engrilletado de las muñecas y los tobillos por la puerta principal de acceso al palacio que daba a la calle de Predicadores, y fue montado en un carro tirado por dos mulas subiéndose al mismo
Palacio de los Duques de Villahermosa, en la calle Predicadores, actual.
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