El carromato se puso en marcha perezosamente haciendo chirriar sus ruedas en el asfalto, escoltado a su paso por el ejército que hacía guardia a ambos lados de la vía protegiendo las salidas del Callizo Ancho y la calleja del Burdel Viejo, como temeroso de que pudiera producirse algún conato de resistencia ante la inminente ejecución.  Tras dejar el callejón del Arpa, salieron a la plaza del Mercado por enfrente del Arco de Toledo, continuando dirección hacia el Coso de los Sogueros, hasta llegar al cadalso situado en el punto exacto denominado de las “Tres Botigas” por ser el espacio triangular que formaban la intersección de las salidas de las calles Albardería y Cedacería, la calle Torrenueva y la de San Blas. La llamada plaza del Ahorcado.  Durante el corto recorrido, el joven Justicia volvió a requerir sobre la causa de su muerte, pues interiormente seguía considerando que nada malo había hecho, por lo que Fray Jerónimo, harto de su terca actitud, le reprendió de muy malos modos volviéndole a decir que moría por sus pecados, a lo cual le replicó el Justicia:  —No lo digo sino por si puedo disculpar a alguien. 	 Y de esta guisa llegaron arropados bajo la protección de la soldadesca. El Justicia bajó del carro y muy despacio, subió los crujientes peldaños de madera que lo separaban del verdugo Juan de Miguel, el cual se encontraba en el centro del patíbulo sujetando con ambas manos el mango de una enorme hacha cuyo filo descansaba sobre la tarima, junto a sus pies.   El Justicia miró a sus inexpresivos ojos antes de volverse hacia la plaza buscando en los balcones de su casa, la bendición de su madre doña Catalina de Urrea, así como la figura de su hermano Pedro, para poder despedirse de ellos, aunque solamente fuese con una breve mirada en el último suspiro.  Pero no le fue posible, pues todos ellos permanecían vacíos y cerrados a cal y canto, al igual que las casas del pueblo zaragozano que circunscribían la plaza, pues hacia todas ellas apuntaba inquietantemente la artillería colocada estratégicamente en el cadalso como señal de poderío y advertencia.  Y su triste figura, porque aparte de su apacible presencia vestía con el luto que llevaba en memoria de su padre y sin cuello en la camisa,  enterneció a todo el ejército que lo miraba con ojos expectantes, ya que de la ciudad no asistió gente
© Tomás Bernal Benito 2023 Web realizada P.L.C.F.
Puerta de Toledo (1867), donde se encontraba la cárcel de los Manifestados. La puerta de Toledo se decía que era la más bonita de todas las que tenía Zaragoza.
Don Juan de Lanuza subiendo al cadalso. A la derecha se puede apreciar la puerta de Toledo con sus dos torreones y al fondo el de la Zuda.
los tres religiosos.   El carromato se puso en marcha perezosamente haciendo chirriar sus ruedas en el asfalto, escoltado a su paso por el ejército que hacía guardia a ambos lados de la vía protegiendo las salidas del Callizo Ancho y la calleja del Burdel Viejo, como temeroso de que pudiera producirse algún conato de resistencia ante la inminente ejecución.  Tras dejar el callejón del Arpa, salieron a la plaza del Mercado por enfrente del Arco de Toledo, continuando dirección hacia el Coso de los Sogueros, hasta llegar al cadalso situado en el punto exacto denominado de las “Tres Botigas” por ser el espacio triangular que formaban la intersección de las salidas de las calles Albardería y Cedacería, la calle Torrenueva y la de San Blas. La llamada plaza del Ahorcado.  Durante el corto recorrido, el joven Justicia volvió a requerir sobre la causa de su muerte, pues interiormente seguía considerando que nada malo había hecho, por lo que Fray Jerónimo, harto de su terca actitud, le reprendió de muy malos modos volviéndole a decir que moría por sus pecados, a lo cual le replicó el Justicia:  —No lo digo sino por si puedo disculpar a alguien. 	 Y de esta guisa llegaron arropados bajo la protección de la soldadesca. El Justicia bajó del carro y muy despacio, subió los crujientes peldaños de madera que lo separaban del verdugo Juan de Miguel, el cual se encontraba en el centro del patíbulo sujetando con ambas manos el mango de una enorme hacha cuyo filo descansaba sobre la tarima, junto a sus pies.   El Justicia miró a sus inexpresivos ojos antes de volverse hacia la plaza buscando en los balcones de su casa, la bendición de su madre doña Catalina de Urrea, así como la figura de su hermano Pedro, para poder despedirse de ellos, aunque solamente fuese con una breve mirada en el último suspiro.  Pero no le fue posible, pues todos ellos permanecían vacíos y cerrados a cal y canto, al igual que las casas del pueblo zaragozano que circunscribían la plaza, pues hacia todas ellas apuntaba inquietantemente la artillería colocada estratégicamente en el cadalso como señal de poderío y advertencia.  Y su triste figura, porque aparte de su apacible presencia vestía con el luto que llevaba en memoria de su padre y sin cuello en la camisa,  enterneció a todo el ejército que lo miraba con ojos expectantes, ya que de la ciudad no asistió gente alguna a tan lamentable y bochornoso espectáculo.  Y el joven Lanuza se sintió terriblemente sólo en medio de
Puerta de Toledo (1867), donde se encontraba la cárcel de los Manifestados. La puerta de Toledo se decía que era la más bonita de todas las que tenía Zaragoza.
Don Juan de Lanuza subiendo al cadalso. A la derecha se puede apreciar la puerta de Toledo con sus dos torreones y al fondo el de la Zuda.
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