apartarme de la influencia de los fueristas exaltados que ni siquiera respetaron mi dolor en aquellos críticos momentos en los que expiraba mi padre, pues mientras se encontraba postrado y agonizante en su lecho, aprovechaban para aturdirme la cabeza con ideas confusas y contradictorias. Pero mi presunción hizo que no les atendiera, eran tantos los cantos de sirena que surgían a mí alrededor persuadiéndome de que me amparaba la razón, que no comprendí lo estéril que resultaría la rebelión contra Felipe II.  Y de este modo, aquella libertad que se había querido defender con la fuerza de las armas, se quebró por las mismas ante el poderío real.  El Justicia siguió recordando el origen de los tristes sucesos que le habían colocado en aquella tesitura. El detonante de todo aquello había comenzado con la evasión de la cárcel de Madrid el 19 de julio de 1.590 de Antonio Pérez,  exsecretario de Felipe II, acusado del asesinato de Escobedo, secretario a su vez de don Juan de Austria. Pérez, huyendo de la sentencia de muerte que se había dictado contra él en el proceso criminal llevado a cabo, en su condición de supuesto aragonés —procedía de una familia de judíos conversos afincada en Monreal de Ariza—, se refugió en Zaragoza acogiéndose a los Fueros y con tal motivo fue encerrado en la cárcel de los Manifestados bajo la tutela del Justicia. No pudiendo el monarca obtener de esta forma su extradición y viendo burlada su autoridad real, a través de su confesor, el padre Chaves, lo mandó acusar de blasfemo y de conspirar con protestantes bearneses, consiguiendo de esta forma hacer entrar en escena al ser considerado un delito de herejía al Tribunal del Santo Oficio que, según la Corte, se encontraba por encima de cualquier instancia, afirmación a su vez desmentida por los foralistas que consideraban a la Inquisición ajena al ordenamiento del reino. Antonio Pérez por tal motivo, fue trasladado a la cárcel de la Aljaferia un viernes 24 de mayo de 1.591, poco antes del mediodía, que era la hora que con más sosiego se encontraba el pueblo. Al hacerse pública la noticia llegó la rebeldía de la plebe y al grito de ¡viva la libertad! ocasionaron un gran revuelo que dio lugar a la muerte del representante del rey don Iñigo Hurtado de la Cerda, marqués de Almenara, y más tarde, en el mes de septiembre, a la liberación de Antonio Pérez y de su criado con su posterior huida a Francia.   La represión de su majestad no se hizo esperar, y al mando de don Alonso de Vargas envió sus ejércitos para castigar la insolencia de Aragón.   Este hecho fue considerado por los aragoneses como contrafuero.   Y el joven e inexperto Justicia, que acababa de suplir a su fallecido padre como consecuencia de los graves desordenes que también acabaron con los días del marqués de Almenara, se convirtió en una marioneta en manos de una parte de la nobleza aragonesa.    Aranda, Villahermosa, y otros, pero, sobre todo, uno en especial, don Diego de Heredia, señor de Bárboles, y gran valedor de Antonio Pérez, le empujaron a un peligroso protagonismo y le exigieron guardar la inviolabilidad de los Fueros de Aragón, descargando en sus manos inexpertas y en el cargo que ostentaba, la responsabilidad en la formalización de la declaración de las infracciones a la Constitución Aragonesa.   Fue entonces el mismo quien expuso la necesidad de resistir con las armas en la mano al ejército castellano en defensa de los fueros, “aún en contra del mismo Rey si este los vulneraba”, recordando el tradicional juramento con el que eran recibidos por su pueblo los reyes aragoneses en la iglesia de los Predicadores de Zaragoza: “nos, que valemos tanto como vos, e todos juntos, más que vos, os hacemos Rey a condición de que guardéis nuestros fueros y libertades”.
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Apellido Infanzón
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desoído a mi hermano Pedro, que al igual que mi madre, trató de apartarme de la influencia de los fueristas exaltados que ni siquiera respetaron mi dolor en aquellos críticos momentos en los que expiraba mi padre, pues mientras se encontraba postrado y agonizante en su lecho, aprovechaban para aturdirme la cabeza con ideas confusas y contradictorias. Pero mi presunción hizo que no les atendiera, eran tantos los cantos de sirena que surgían a mí alrededor persuadiéndome de que me amparaba la razón, que no comprendí lo estéril que resultaría la rebelión contra Felipe II.  Y de este modo, aquella libertad que se había querido defender con la fuerza de las armas, se quebró por las mismas ante el poderío real.  El Justicia siguió recordando el origen de los tristes sucesos que le habían colocado en aquella tesitura. El detonante de todo aquello había comenzado con la evasión de la cárcel de Madrid el 19 de julio de 1.590 de Antonio Pérez,  exsecretario de Felipe II, acusado del asesinato de Escobedo, secretario a su vez de don Juan de Austria. Pérez, huyendo de la sentencia de muerte que se había dictado contra él en el proceso criminal llevado a cabo, en su condición de supuesto aragonés —procedía de una familia de judíos conversos afincada en Monreal de Ariza—, se refugió en Zaragoza acogiéndose a los Fueros y con tal motivo fue encerrado en la cárcel de los Manifestados bajo la tutela del Justicia. No pudiendo el monarca obtener de esta forma su extradición y viendo burlada su autoridad real, a través de su confesor, el padre Chaves, lo mandó acusar de blasfemo y de conspirar con protestantes bearneses, consiguiendo de esta forma hacer entrar en escena al ser considerado un delito de herejía al Tribunal del Santo Oficio que, según la Corte, se encontraba por encima de cualquier instancia, afirmación a su vez desmentida por los foralistas que consideraban a la Inquisición ajena al ordenamiento del reino. Antonio Pérez por tal motivo, fue trasladado a la cárcel de la Aljaferia un viernes 24 de mayo de 1.591, poco antes del mediodía, que era la hora que con más sosiego se encontraba el pueblo. Al hacerse pública la noticia llegó la rebeldía de la plebe y al grito de ¡viva la libertad! ocasionaron un gran revuelo que dio lugar a la muerte del representante del rey don Iñigo Hurtado de la Cerda, marqués de Almenara, y más tarde, en el mes de septiembre, a la liberación de Antonio Pérez y de su criado con su posterior huida a Francia.   La represión de su majestad no se hizo esperar, y al mando de don Alonso de Vargas envió sus ejércitos para castigar la insolencia de Aragón.   Este hecho fue considerado por los aragoneses como contrafuero.   Y el joven e inexperto Justicia, que acababa de suplir a su fallecido padre como consecuencia de los graves desordenes que también acabaron con los días del marqués de Almenara, se convirtió en una marioneta en manos de una parte de la nobleza aragonesa.    Aranda, Villahermosa, y otros, pero, sobre todo, uno en especial, don Diego de Heredia, señor de Bárboles, y gran valedor de Antonio Pérez, le empujaron a un peligroso protagonismo y le exigieron guardar la inviolabilidad de los Fueros de Aragón, descargando en sus manos inexpertas y en el cargo que ostentaba, la responsabilidad en la formalización de la declaración de las infracciones a la Constitución Aragonesa.   Fue entonces el mismo quien expuso la necesidad de resistir con las armas en la mano al ejército castellano en defensa de los fueros, “aún en contra del mismo Rey si este los vulneraba”, recordando el tradicional juramento con el que eran recibidos por su pueblo los reyes aragoneses en la iglesia de los Predicadores de Zaragoza: “nos, que valemos tanto
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