—¿Acaso el rey puede detenerme? Puesto que, con arreglo a los fueros, nadie está autorizado para arrestarme, como no sea el mismo rey con las cortes.  Alguien, amparado en el anonimato de la comitiva, le replicó en voz alta: 	 —¡El rey todo lo puede!  El Justicia, en ese instante de zozobra, miró a sus lugartenientes buscando en sus boquiabiertos semblantes si aprobaban o no sus palabras, pero lo único que encontró en la palidez de sus rostros era un silencio que indicaba bien a las claras, que tenían tanta necesidad como él de consejo y falta de fuerzas.  Don Juan de Velasco, se volvió a dirigir de nuevo a él, conminándole: 	 —¡Entregadme la espada don Juan!   Y el acero del Justicia, desenvainado lentamente, vio la luz de aquel fatídico día cuando le fue entregado a Velasco, quien muy reverentemente lo tomó por la empuñadura y procedió a guardarlo bajo el brazo. Luego, cabizbajo, como no estando muy seguro de hacer lo correcto, pero obedeciendo como buen soldado la orden dada expresamente por don Alonso de Vargas de prender al Justicia y llevarlo ante su presencia: “y que, a tal efecto, llevase dicha misión con mucho disimulo, que apercibiese a la compañía de soldados que tenía cuerpo de guardia fronterizo a la Puerta del Ángel y que tuviesen sus arcabuces preparados”, comenzó a caminar pausadamente dirigiéndose hacia la puerta del Angel. Don Juan, tocado ligeramente en la espalda con la culata de un arcabuz,  procedió a seguir sus pasos. Tras salir por dicha puerta, la comitiva enfiló por el paseo del Ebro hacia el torreón de la Zuda, lugar donde se encontraba alojado don Alonso de Vargas.   La entrevista fue breve.    De aquí fue llevado a la casa de don Francisco Bobadilla, maestre de campo general, donde lo introdujeron por una puerta orientada al rio.  En un frio y sombrío salón, lo encerraron bajo la supervisión de los soldados de la guardia.   Y allí, el joven Justicia, vio transcurrir sus últimas horas.  	—Siempre tuve un mal presentimiento —musitó—. El mal augurio que vaticinó el gigantesco espectro cuando se me apareció en la plaza de La Seo, hace de esto unas cuantas noches, prediciendo funestas consecuencias por los tristes sucesos que nos han traído hoy hasta aquí, se ha hecho realidad.  Sin embargo, ¿no logro entender cuál ha sido mi yerro? Simplemente me le limitado a defender, aquello que me fue encomendado. Pero, no obstante, no tenía que haber desoído a mi hermano Pedro, que al igual que mi madre, trató de
© Tomás Bernal Benito 2023 Web realizada P.L.C.F.
Don Juan, desde a prisión porque el rey lo manda
Torreón de la Zuda, actual
—¿Acaso el rey puede detenerme? Puesto que, con arreglo a los fueros, nadie está autorizado para arrestarme, como no sea el mismo rey con las cortes.  Alguien, amparado en el anonimato de la comitiva, le replicó en voz alta: 	 —¡El rey todo lo puede!  El Justicia, en ese instante de zozobra, miró a sus lugartenientes buscando en sus boquiabiertos semblantes si aprobaban o no sus palabras, pero lo único que encontró en la palidez de sus rostros era un silencio que indicaba bien a las claras, que tenían tanta necesidad como él de consejo y falta de fuerzas.  Don Juan de Velasco, se volvió a dirigir de nuevo a él, conminándole: 	 —¡Entregadme la espada don Juan!   Y el acero del Justicia, desenvainado lentamente, vio la luz de aquel fatídico día cuando le fue entregado a Velasco, quien muy reverentemente lo tomó por la empuñadura y procedió a guardarlo bajo el brazo. Luego, cabizbajo, como no estando muy seguro de hacer lo correcto, pero obedeciendo como buen soldado la orden dada expresamente por don Alonso de Vargas de prender al Justicia y llevarlo ante su presencia: “y que, a tal efecto, llevase dicha misión con mucho disimulo, que apercibiese a la compañía de soldados que tenía cuerpo de guardia fronterizo a la Puerta del Ángel y que tuviesen sus arcabuces preparados”, comenzó a caminar pausadamente dirigiéndose hacia la puerta del Angel. Don Juan, tocado ligeramente en la espalda con la culata de un arcabuz,  procedió a seguir sus pasos. Tras salir por dicha puerta, la comitiva enfiló por el paseo del Ebro hacia el torreón de la Zuda, lugar donde se encontraba alojado don Alonso de Vargas.   La entrevista fue breve.    De aquí fue llevado a la casa de don Francisco Bobadilla, maestre de campo general, donde lo introdujeron por una puerta orientada al rio.  En un frio y sombrío salón, lo encerraron bajo la supervisión de los soldados de la guardia.   Y allí, el joven Justicia, vio transcurrir sus últimas horas.  	—Siempre tuve un mal presentimiento —musitó—. El mal augurio que vaticinó el gigantesco espectro cuando se me apareció en la plaza de La Seo, hace de esto unas cuantas noches, prediciendo funestas consecuencias por los tristes sucesos que nos han traído hoy hasta aquí, se ha hecho realidad.  Sin embargo, ¿no logro entender cuál ha sido mi yerro? Simplemente me le limitado a defender, aquello que me fue encomendado. Pero, no obstante, no tenía que haber
Don Juan, desde a prisión porque el rey lo manda
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