Alfonso I el Batallador y la Orden del Temple
Breves pinceladas del Origen del Reino de Aragón
Ramiro, hermano del fallecido, que había sido abad de Sahagún y
obispo electo de Burgos y de Pamplona, así como obispo de Roda,
y colocó sobre sus sienes la huérfana corona proclamándolo rey. Y
el que no pudo imaginar ni por un instante que llegaría a ser rey, fue
Ramiro. Tuvo que ser muy duro para él, enterrar a sus tres
hermanos mayores: Pedro, Fernando y Alfonso, y más en su
calidad de eclesiástico. La Chronica Adefonsi Imperatoris narró la
elección del modo siguiente: «Nobles e innobles, caballeros de
toda la tierra de Aragón, tanto obispos como abades y todo el
pueblo; todos conjuntamente fueron reunidos en Jaca, ciudad
regia, y eligieron como rey a un cierto monje, hermano del rey
Alfonso, llamado Ramiro.»
Subió pues al trono Ramiro (Ramiro II “el Monje”, 1134-1137)
con las debidas licencias papales —en su persona se juntaron los
estados de monje, sacerdote, obispo, esposo y rey—, y con el
descontento de la mayoría de la burguesía, especialmente de los
Templarios, que mantenían un público desacuerdo con su gobierno
ya que, el nuevo rey, contravenía la voluntad expresada por Alfonso
en su testamento, y les perjudicaba como miembros de una de las
órdenes que deberían de haber heredado el reino.
Y surgieron alrededor del nuevo monarca las intrigas
palatinas de aquellos que reclamaban por soberano al castellano.
De aquellos que suspiraban y añoraban un rey fuerte y
enérgico, un guerrero conquistador y victorioso que les guiase de
nuevo a lomos de sus briosos corceles con sus capas al viento y
sus bruñidas armaduras reflejándose el sol, envueltos entre el polvo
del camino y la sangre de sus enemigos a forjar grandes gestas
heroicas.
Todos ellos despreciaban al monje que sólo sabía rezar y
había hasta quienes, incluso llegando más lejos, se burlaban y
mofaban de su leve cojera.
«Fue Ramiro un buen rey y franco y generosos con sus
nobles... pero estos le despreciaron y entablaron guerras entre
sí, matando y robando a las gentes del reino», dejó escrita la
Crónica de San Juan de la Peña.
Ramiro II, viéndose incapaz de dominar a aquella parte de la
nobleza, aun a pesar de intentar atraerla con dádivas y privilegios
nacidos de su propia impotencia, solicitó a través de un emisario el
consejo del abad del Midi, Frotardo de Saint Pons de Thomiéres,
que había sido su maestro espiritual. Éste, no fiándose de dejar su
respuesta a las contingencias de la pluma, condujo al emisario al
huerto monacal y con la ayuda de un cuchillo cortó de cuajo todos
los vástagos y pimpollos que sobresalían entre los demás. Después
se volvió hacia él y con el semblante visiblemente turbado le dijo:
“Ahora vete y dile a mi señor el rey lo que has visto, que no te
doy otra respuesta”.
El rey aragonés dedujo, entonces, que debía eliminar a todos
los nobles que despuntaban por su postura rebelde y
antimonárquica.
Y así, con el pretexto de fundir una gran campana que
pudiese ser oída por todo el reino, convocó en el año 1136 cortes
en Huesca y citó a los ricoshombres y caballeros mesnaderos, y a