La Pandemia
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
¡Algo, alguien, ignorando con qué propósito, aunque yo parecía tenerlo muy claro, nos había incomunicado trasladándonos a la época de las cavernas! Aquella misma noche, como es natural sin poder conciliar el sueño, me bajé al sótano, puse en funcionamiento el generador y con la ayuda de la radial, afilé y saqué punta a una espada: “La Tizona”, una copia de la espada del Cid Campeador que había comprado en un viaje a Toledo. Luego me agencié un bate de béisbol que se había dejado mi hija cuando se casó y marchó a su casa, y una maza de encofrar. Decidí por si acaso, con la cabeza llena de imágenes de Series de este calibre, armarme y hacer vida en la pérgola, donde tenía unas vistas amplias de mi calle, de principio a final. Por supuesto, una vez atrancadas puertas y ventanas. No sé por qué adopte esas medidas, pero insisto, la procesión iba por dentro, y así me sentía más seguro. Lo que no tenía claro, era si en caso de necesidad, iba a ser capaz de usar mi singular armamento. Y al tercer día de insomnio, mis sospechas se hicieron realidad. Un tumulto de gente apareció por un extremo de mi calle. Se movían igual que en las películas, saltando las vallas e intentando forzar las puertas de mis vecinos. En el jardín de mi vecina Purificación, se estaban comiendo al gato. Bien, murmuré en un momento de euforia trastornada, ya no se meará ni hará sus necesidades en la puerta de mi casa. Y al momento me arrepentí de tener aquellos extraños pensamientos, pues Los Muertos Vivientes intentaban acabar con la humanidad. Dios, voy a morir, fue mi comentario siguiente. Y a continuación, un ruido a mis espaldas hizo que me girase. Había descuidado esa parte de la calle, atento a lo que sucedía por el otro lado. Uno de aquellos seres, babeaba pegado al cristal con ojos enrojecidos, y con un adoquín en la mano, se disponía a romperlo. Inspiré profundamente y empuñé la espada. Los nudillos se blanquearon en mi puño.
Pag. anterior
La Pandemia
© Tomás Bernal Benito 2021 Web realizada P.L.C.F.
Pag. anterior
¡Algo, alguien, ignorando con qué propósito, aunque yo parecía tenerlo muy claro, nos había incomunicado trasladándonos a la época de las cavernas! Aquella misma noche, como es natural sin poder conciliar el sueño, me bajé al sótano, puse en funcionamiento el generador y con la ayuda de la radial, afilé y saqué punta a una espada: “La Tizona”, una copia de la espada del Cid Campeador que había comprado en un viaje a Toledo. Luego me agencié un bate de béisbol que se había dejado mi hija cuando se casó y marchó a su casa, y una maza de encofrar. Decidí por si acaso, con la cabeza llena de imágenes de Series de este calibre, armarme y hacer vida en la pérgola, donde tenía unas vistas amplias de mi calle, de principio a final. Por supuesto, una vez atrancadas puertas y ventanas. No sé por qué adopte esas medidas, pero insisto, la procesión iba por dentro, y así me sentía más seguro. Lo que no tenía claro, era si en caso de necesidad, iba a ser capaz de usar mi singular armamento. Y al tercer día de insomnio, mis sospechas se hicieron realidad. Un tumulto de gente apareció por un extremo de mi calle. Se movían igual que en las películas, saltando las vallas e intentando forzar las puertas de mis vecinos. En el jardín de mi vecina Purificación, se estaban comiendo al gato. Bien, murmuré en un momento de euforia trastornada, ya no se meará ni hará sus necesidades en la puerta de mi casa. Y al momento me arrepentí de tener aquellos extraños pensamientos, pues Los Muertos Vivientes intentaban acabar con la humanidad. Dios, voy a morir, fue mi comentario siguiente. Y a continuación, un ruido a mis espaldas hizo que me girase. Había descuidado esa parte de la calle, atento a lo que sucedía por el otro lado. Uno de aquellos seres, babeaba pegado al cristal con ojos enrojecidos, y con un adoquín en la mano, se disponía a romperlo. Inspiré profundamente y empuñé la espada. Los nudillos se blanquearon en mi puño