La Pandemia
¡Algo, alguien, ignorando con qué propósito, aunque yo parecía tenerlo muy claro, nos había
incomunicado trasladándonos a la época de las cavernas!
Aquella misma noche, como es natural sin poder conciliar el sueño, me bajé al sótano, puse en
funcionamiento el generador y con la ayuda de la radial, afilé y saqué punta a una espada: “La
Tizona”, una copia de la espada del Cid Campeador que había comprado en un viaje a Toledo. Luego
me agencié un bate de béisbol que se había dejado mi hija cuando se casó y marchó a su casa, y
una maza de encofrar. Decidí por si acaso, con la cabeza llena de imágenes de Series de este
calibre, armarme y hacer vida en la pérgola, donde tenía unas vistas amplias de mi calle, de principio
a final. Por supuesto, una vez atrancadas puertas y ventanas. No sé por qué adopte esas medidas,
pero insisto, la procesión iba por dentro, y así me sentía más seguro. Lo que no tenía claro, era si en
caso de necesidad, iba a ser capaz de usar mi singular armamento.
Y al tercer día de insomnio, mis sospechas se hicieron realidad.
Un tumulto de gente apareció por un extremo de mi calle. Se movían igual que en las películas,
saltando las vallas e intentando forzar las puertas de mis vecinos. En el jardín de mi vecina
Purificación, se estaban comiendo al gato. Bien, murmuré en un momento de euforia trastornada, ya
no se meará ni hará sus necesidades en la puerta de mi casa. Y al momento me arrepentí de tener
aquellos extraños pensamientos, pues Los Muertos Vivientes intentaban acabar con la humanidad.
Dios, voy a morir, fue mi comentario siguiente.
Y a continuación, un ruido a mis espaldas hizo que me girase. Había descuidado esa parte de
la calle, atento a lo que sucedía por el otro lado. Uno de aquellos seres, babeaba pegado al cristal
con ojos enrojecidos, y con un adoquín en la mano, se disponía a romperlo. Inspiré profundamente y
empuñé la espada. Los nudillos se blanquearon en mi puño.