La Pandemia
Por primera vez, el discurso del presidente del gobierno de mi país me pareció creíble. Con el
semblante serio, y mirando a cámara, eligió las palabras adecuadas para comunicarnos a todos
españoles que pasábamos a estar en un Estado de Alarma. El objetivo del mismo era intentar
ralentizar, para finalmente paralizar y acabar, con un extraño virus que se había originado en Asia, y
que en cuestión de días se había extendido por todo el mundo ocasionando miles de muertos.
El mensaje fue claro y contundente: ¡Para evitar la Pandemia, había que confinarse en casa!
Una cuarentena brutal, nos exigía una vida similar a la de los antiguos anacoretas. El aislamiento,
para no contagiarnos, nos arrastraba a una triste soledad. Teníamos que olvidarnos de la vida social,
de viajar, de ver a nuestros padres, hijos, nietos, familia en general, amigos... Y las calles, a través de
las distintas cadenas de televisión, empezaron a mostrase semi desérticas. Tan sólo algún coche de
policía se veía circular para hacer cumplir la ley a rajatabla.
El eslogan: ¡Yo me quedo en casa! Nos lo repetían hasta la saciedad.
La situación por la que estábamos pasando, me parecía totalmente irreal. Me recordaba
aquellas películas catastróficas de los años 60-70, que las tildaban de serie “B”, con extraños virus
mutantes y los animales prehistóricos que renacían de protagonistas, y cuya misión era provocar el
fin de la humanidad.
Godzilla; Hormigas y Arañas Gigantes por Culpa de la Radiación; Muertos Vivientes; Enigmas
Provenientes de Otro Mundo; Invasiones de Ladrones de Cuerpos; Hombres que Menguaban, o que
se Hacían Invisibles; Viaje al Centro de la Tierra, a través de un Volcán Inactivo; Un Científico que
Experimentaba con el Teletransporte y acababa con su cuerpo mezclado con una Mosca; Naves
Extraterrestres que llegaban a la Tierra para darle un Ultimátum...
Pero aquella ficción, hoy, en el 2020, tenía visos de convertirse en realidad. Hay
superpoblación, recuerdo haber mal pensado, y las Altas Esferas se habían propuesto paliar aquella
situación, eliminando a un número determinado de seres humanos. Luego, cual Ave Fénix, los
supervivientes emergerían de la bestial catástrofe.
Desde siempre, mi teoría era que desde que el mundo es mundo, el mejor sistema para
controlar la natalidad había sido una declaración de Guerra. Y en España, desde la Guerra Civil
Española, no había habido ninguna. Mi generación, la generación de la posguerra, era la única que
no había necesitado coger un arma para defenderse. Repasé los libros de historia, y efectivamente,
todas las generaciones habían tenido su guerra menos la mía: La Guerra Civil Española; Tercera
Guerra Carlista; Reinado de Isabel II, la Revolución del 68 y La Segunda Guerra Carlista; Primera
Guerra Carlista bajo el lema “Dios, Patria y Rey”, Retorno del Absolutismo con Fernando VII; La
Guerra de la Independencia, y así hasta la época de los Romanos. Si a todo esto le añadíamos la
longevidad actual, nadie quiere morirse, pues eso, sumas dos y dos, y te da lo que hay...
¡Superpoblación Mundial!
En fin, para paliar mi angustiosa monotonía, me enfrasqué en remodelar mi pequeño jardín,
leer, escribir, ver la televisión, y mantenerme vivo con el exterior a través del móvil y del WhatsApp.
Pero lo dicho, lo peor estaba por llegar.
Empezaron a llegarme correos y WhatsApp, en los que decían que unos iluminados
aseguraban que en los países situados más al Este, los miles de muertos por el extraño y letal virus
estaban recobrando la vida. Estos no muertos, atacaban a los vivos, infectándolos. Más o menos el
argumento de la película “La Noche de los Muertos Vivientes”
Aquellas noticias, que se transmitían más rápidas que el propio virus, y que al principio resté
importancia, empezaron a preocuparme cuando nos quedamos sin luz ni línea telefónica. De repente
se hizo la obscuridad y dejó de funcionar la televisión, radio, telefonía en general, Internet...