El despertar de un padre
Me despierto de madrugada.
Mi hija, de diecisiete años, se ha ido de fin de semana con un compañero, novio, amigo… lo que
sea.
Tres días a la playa. Dos noches.
Siento como si me hubiesen robado la virginidad, la inocencia o yo qué sé.
Hasta ahora había permanecido con los ojos cerrados, me aterraba la realidad, sabía que
estaba ahí, pero tenía un acuerdo tácito con mis pensamientos: «no os metáis en mi vida privada y
yo no me meteré en la vuestra». Pero ese contrato se ha roto en el instante que he firmado mi
conformidad para, obviamente, dejarla marchar.
Hoy es un día clave por la simbología que representa.
Sé que a partir de ahora habrá un antes y un después.
Muchas cosas van a cambiar. Por ejemplo: las vacaciones. Ya no voy a poder contar con ella, si
no es compartiéndola. Condición sin ecuánime será que venga también él. Y otra cosa que también
va a cambiar, va a ser mi forma de mirarla.
Se me ha ido mi princesa.
Me debo de estar haciendo mayor, y sensiblero, porque no sé en qué momento una inhóspita
lágrima ha recorrido mi mejilla.
Sí que sé en qué instante, ha llegado a la almohada.
Cuando me he levantado me he quedado en el marco de la puerta de su habitación, absorto,
contemplando su cama vacía.
A mi mente acudía una y otra vez la canción: «mi pequeña», de Serrat.